Pero no hay señales de una reprimenda a Putin como la que el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, tuvo que soportar en la Oficina Oval hace 15 días.
Las versiones de ambos países sugieren que nada ha cambiado.
Rusia reitera que quiere la paz. Pero, en lugar de detener sus drones y silenciar sus armas, está objetando sobre pequeñeces en torno a cómo un cese el fuego inexistente podría ser monitoreado.
Entretanto, está añadiendo más condiciones con miras a incapacitar la resistencia de Kyiv.
Una de sus demandas es que el flujo tanto de armas como de inteligencia a Ucrania de parte de sus aliados debe terminar.
Para los ucranianos, el único rayo de luz es que EE.UU. no ha aceptado nada de esto; hasta ahora.
También resaltan que la llamada es una prueba más de que Rusia no tiene interés alguno en poner fin a su invasión.
Pero todo ese discurso le representará a Ucrania un mínimo alivio de su sufrimiento.
Para la diplomacia de EE.UU., también ha resultado decepcionante.
Pero para el Kremlin se sentirá como un día bastante bueno, algo inimaginable antes de que Donald Trump regresara a la Casa Blanca.