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OPINIÓN/ Dajla, el cielo; Tinduf, el infierno

Escribe:  Ricardo Sánchez Serra

La ONU tiene ante sí una oportunidad histórica: dejar de ser testigo de un conflicto interminable y contribuir a una solución política realista y duradera.

Hay momentos en que las Naciones Unidas deben decidir si quieren ser protagonistas de la historia o simples testigos de su prolongación. Momentos en que la diplomacia debe demostrar que no consiste únicamente en celebrar reuniones, redactar resoluciones y pronunciar discursos, sino también en asumir responsabilidades y contribuir a resolver los problemas que afectan a millones de personas.

La cuestión del Sáhara Occidental es uno de esos momentos.

Después de más de cinco décadas, el conflicto continúa hipotecando las relaciones entre los países del Magreb, obstaculizando la integración regional y prolongando la incertidumbre de miles de personas. ¿Cuántas generaciones más deberán esperar para conocer un futuro distinto? ¿Cuánto tiempo puede la comunidad internacional administrar un problema sin conseguir resolverlo?

La historia juzgará a las instituciones no por el número de reuniones que celebren, sino por su capacidad para transformar sus decisiones en resultados concretos.

Tres iniciativas legislativas que merecen atención

Una señal de la creciente preocupación internacional por la seguridad en el norte de África y el Sahel procede de Estados Unidos. En el Congreso estadounidense se han presentado tres iniciativas legislativas relacionadas con posibles sanciones y con la designación del Frente Polisario como organización terrorista. Entre ellas figuran la H.R. 4119, de 2025; la S. 4063, de marzo de 2026, y la H.R. 9982, de julio de 2026.

Es importante precisar que se trata de proyectos legislativos que declaran terrorista al Polisario y que determinan la existencia de cooperación con organizaciones terroristas vinculadas a Irán. Es decir, su conexión entre actores armados, redes extremistas y dinámicas de desestabilización regional.

El Sahel atraviesa graves problemas de inseguridad, expansión de grupos extremistas y debilitamiento de las instituciones en diversos países. En ese contexto, la comunidad internacional tiene la obligación de prevenir que las rivalidades regionales alimenten nuevas amenazas.

El futuro del Magreb no puede construirse sobre la confrontación permanente.
Tinduf y Dajla: dos realidades que conocí personalmente

No hablo únicamente desde la lectura de documentos diplomáticos o informes internacionales. He tenido la oportunidad de visitar los campamentos de Tinduf, en territorio argelino, y también Dajla, en las provincias meridionales de Marruecos.

Y esa experiencia marcó mi percepción del conflicto.

En Tinduf vi angustia y desesperanza. Escuché testimonios y denuncias sobre abusos, represión y restricciones a la libertad de expresión. Conocí una realidad humana que, a mi juicio, obliga a preguntarnos por qué tantas personas continúan atrapadas en una situación que se prolonga de generación en generación.

Sostengo que hay que conocer el terreno y es indispensable para comprender una realidad que con demasiada frecuencia se discute a miles de kilómetros de distancia.

También visité Dajla.

Allí encontré inversiones, infraestructuras, actividad económica y expectativas de desarrollo. Conversé con hombres y mujeres que expresaban su deseo de prosperidad, reconciliación y reunificación familiar.

Vi una realidad diferente, marcada por proyectos de futuro y por una dinámica de transformación que merece ser conocida y evaluada sobre el terreno.

Por eso, mi impresión personal es inequívoca: Dajla representa para mí el cielo de la esperanza y el desarrollo; Tinduf, el infierno de una incertidumbre humana que no podemos resignarnos a perpetuar, una cárcel abierta que nadie condena.

Esta comparación expresa mi valoración personal, nacida de lo que vi y escuché. Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿cómo se puede hablar con autoridad de la realidad de los saharauis en las provincias meridionales de Marruecos sin conocer directamente lo que ocurre allí? Es increíble que haya tantas personitas enviadas por Argelia y el Polisario a la IV Comisión que hablan sin saber y repiten como loros los cuentos que les dictan. Además, hablan de referendo cuando ni Argelia ni su títere el

Polisario quieren que hay un censo.

Los integrantes de la Cuarta Comisión deberían visitar la región, escuchar a sus habitantes y comprobar sobre el terreno las transformaciones económicas, sociales y culturales. También deberían conocer las condiciones de los campamentos y escuchar a quienes denuncian restricciones y vulneraciones de derechos.

La verdad no se construye seleccionando únicamente los testimonios que confirman nuestras posiciones. Se construye examinando los hechos, contrastando las fuentes y escuchando a las personas.

La dignidad humana no puede quedar secuestrada por la política

Los campamentos de Tinduf constituyen una de las situaciones de desplazamiento o mejor dicho, de rehenes más prolongadas del mundo. La dependencia de la asistencia humanitaria, las limitadas oportunidades económicas y la incertidumbre sobre el futuro ni progreso, solo esclavitud, plantean interrogantes que requieren respuestas urgentes. Así los quiere Argelia, que ni les da agua ni luz, ni su potencial de infraestructura. Es que los quiere de carne de cañón para un eventual conflicto con Marruecos.

Las personas no son instrumentos de negociación. Los niños no pueden crecer indefinidamente en la incertidumbre. Las familias no deberían tener que resignarse a que la división sea su destino.

La comunidad internacional debe preguntarse si está haciendo todo lo necesario para que estas personas puedan construir un futuro digno.

La Resolución 2797: una oportunidad que no debe desperdiciarse

La aprobación de la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad, el 31 de octubre de 2025, abrió una nueva etapa diplomática. El texto respaldó los esfuerzos del secretario general y de su enviado personal para impulsar el proceso político y señaló que una autonomía genuina bajo soberanía marroquí constituye la solución más viable para el Sáhara Occidental. Asimismo, reafirmó el objetivo de alcanzar una solución política justa, duradera y mutuamente aceptable, compatible con los principios de la Carta de las Naciones Unidas,

Esta precisión es fundamental. Su importancia radica en que proporciona un marco renovado para impulsar las negociaciones.

Considero que la propuesta marroquí de autonomía merece ser examinada seriamente como una vía pragmática para superar décadas de enfrentamiento. Una solución de esta naturaleza tendría que traducirse en garantías políticas e institucionales concretas, participación efectiva y protección de los derechos de la población, dentro del marco acordado mediante el proceso político de las Naciones Unidas. Hay que recordar además, que las provincias del sur de Marruecos son parte de su integridad territorial, consagrada histórica y jurídicamente.

El desafío consiste en transformar las declaraciones diplomáticas en una negociación capaz de producir resultados.

Argelia, Marruecos, el Frente Polisario, Mauritania y los demás actores concernidos deben contribuir, de buena fe, a ese esfuerzo. La rivalidad entre Estados no puede prevalecer indefinidamente sobre la posibilidad de alcanzar una salida negociada.

Un Magreb más integrado, estable y próspero beneficiaría a sus pueblos y ampliaría las oportunidades de cooperación entre África, Europa y América Latina.

La historia no recordará nuestros discursos

En las Naciones Unidas se pronuncian discursos importantes. Se aprueban resoluciones, se establecen mandatos y se formulan compromisos. Todo ello es necesario, pero insuficiente si no se traduce en avances concretos.

Durante mi intervención ante la Cuarta Comisión planteé que había llegado el momento de decidir si este organismo sería protagonista de la historia o un simple testigo de su prolongación.

Lo reitero: las futuras generaciones no recordarán cuántos discursos pronunciamos. Recordarán si tuvimos el valor de actuar.

La ONU debe utilizar la oportunidad diplomática abierta por la Resolución 2797 para favorecer negociaciones serias, impulsar una solución política y contribuir a que la población afectada pueda mirar al futuro con esperanza.

No se trata de perpetuar antagonismos ni de sustituir un relato por otro. Se trata de reconocer que medio siglo de conflicto constituye demasiado tiempo, que la dignidad humana no admite aplazamientos indefinidos y que la paz exige decisiones, voluntad política y responsabilidad.

La Cuarta Comisión tiene la oportunidad de contribuir a un cambio histórico. Que no la desperdicie. Que no sea un comité de paso más.


Este artículo se basa en mi intervención como peticionario ante la Cuarta Comisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas (IV Comité), en Nueva York, sobre la cuestión del Sáhara Occidental (Western Sahara), durante las audiencias celebradas del 6 al 8 de octubre de 2026.


 

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