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OPINIÓN/ Israel, Líbano y Hezbollah (2): de la advertencia a una guerra abierta

Escribe: Ernesto Bustamante*

Ernesto Bustamante - Wikipedia, la enciclopedia libre

El artículo de enero preguntaba implícitamente si el Estado libanés sería capaz de recuperar su soberanía antes de que Israel decidiera hacerlo por la fuerza. La respuesta provisional es dolorosa: no ocurrió a tiempo.

En enero de 2026 escribí (https://guik.pe/opinion-israel-libano-y-hezbollah-listo-a-estallar/) que la situación entre Israel, Líbano y Hezbollah estaba “lista a estallar”. La tesis central era que el desarme de Hezbollah se había convertido en un punto crítico para el Estado libanés y que, ante la negativa de Hezbollah a entregar sus armas y la preocupación israelí por su frontera norte, era previsible una escalada militar israelí contra el grupo en territorio libanés. Era de esperar, entonces, como consecuencia inminente que Israel tomara fuertes acciones militares contra Hezbollah en un territorio ampliado del Líbano para desarmar y abatir a sus enemigos.

Ocho meses después, aquella advertencia dejó de ser una posibilidad y seconvirtió en realidad. El conflicto escaló hasta una nueva guerra, con miles de muertos, desplazamientos masivos, la ocupación israelí de cerca del 6% del territorio libanés -unos 650 km 2 en el sur- y una negociación internacional centrada precisamente en el problema que entonces parecía irresoluble: quién tendrá finalmente el monopolio de las armas en el Líbano.

A comienzos de año, el gobierno de Beirut intentaba afirmar que el Estado debía recuperar el control efectivo del sur. El 8 de enero, el ejército libanés anunció que había establecido de forma “efectiva y tangible” el monopolio estatal de las armas en buena parte del territorio al sur del río Litani. Israel respondió que aquello era insuficiente mientras Hezbollah conservara su arsenal y su capacidad militar.

El problema era evidente: Hezbollah seguía siendo simultáneamente partido político, organización social y fuerza armada autónoma. Para el Estado libanés, tolerar indefinidamente esa situación significaba aceptar una soberanía incompleta. Para Israel, significaba mantener en su frontera norte una organización apoyada por Irán, equipada con misiles y drones y capaz de abrir un frente de guerra por decisión propia.

En febrero, esa contradicción se hizo explícita. Hezbollah rechazó el plan del gobierno libanés que daba cuatro meses al ejército para avanzar en el desarme de las organizaciones armadas. El movimiento argumentó que entregar sus armas mientras Israel mantuviera posiciones en territorio libanés equivaldría a desarmarse frente a un enemigo todavía presente.

La secuencia posterior confirmó el riesgo.

En marzo, Hezbollah abrió fuego contra Israel en solidaridad con Irán durante la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. Israel respondió con una ofensiva aérea y terrestre de gran escala en el Líbano. Para junio, más de 4000 personas habían muerto en territorio libanés y cientos de miles habían sido desplazadas.

Así se produjo exactamente el escenario que el artículo de enero advertía: Hezbollah volvió a utilizar territorio libanés para entrar en una guerra regional y, al hacerlo, expuso nuevamente al Líbano a una devastadora respuesta israelí. El resultado militar debilitó todavía más a Hezbollah, pero no resolvió el
problema político.

Durante abril, mayo y junio se sucedieron varios intentos de alto el fuego. Israel mantuvo posiciones dentro del sur del Líbano, mientras continuaba atacando objetivos que atribuía a Hezbollah. El grupo, por su parte, siguió rechazando cualquier fórmula que exigiera entregar las armas antes de una retirada israelí completa.

El 19 de junio se anunció otro alto el fuego entre Israel y Hezbollah. Una semana después, Estados Unidos consiguió que los gobiernos de Israel y Líbano firmaran un marco más amplio. El acuerdo del 26 de junio vinculó dos procesos: retirada gradual israelí y desarme verificable de todas las organizaciones armadas no estatales; es decir, fundamentalmente Hezbollah.

Esa fórmula contiene, sin embargo, una contradicción difícil de resolver.

Israel afirma: primero Hezbollah debe desarmarse; después nos retiraremos. Hezbollah responde: primero Israel debe retirarse; solo entonces discutiremos nuestras armas.

El gobierno libanés queda atrapado entre ambos.

En julio comenzó a implementarse un mecanismo de “zonas piloto”. El ejército libanés entraría progresivamente en determinadas localidades del sur, verificaría la ausencia de armas y combatientes de Hezbollah y permitiría posteriormente la retirada israelí.

El primer ensayo, en Zawtar al-Gharbiyeh, reveló las enormes dificultades prácticas: semanas de negociaciones para una sola localidad, destrucción generalizada, población desplazada y presencia militar israelí cercana.

La dimensión diplomática también cambió significativamente.

El presidente libanés Joseph Aoun viajó a Washington en julio y se reunió con Donald Trump. El centro de la conversación fue precisamente el desarme de Hezbollah y la retirada israelí. Aoun presentó una propuesta escrita para desmontar progresivamente el arsenal de la organización.

Esto representa un cambio político profundo para el Líbano. Durante décadas, la fórmula oficial había sido ambigua respecto de las armas de Hezbollah. Ahora el presidente libanés discute abiertamente con Washington cómo eliminarlas.

Pero Hezbollah sigue negándose.

Las negociaciones de agosto en Roma no resolvieron la disputa. Israel mantuvo su exigencia de desarme verificable; Líbano insistió en obtener garantías de retirada; y las conversaciones terminaron sin avances
sustanciales.

El 13 de agosto, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, fue explícito: Israel no abandonará el sur del Líbano mientras Hezbollah no sea desarmado. Washington criticó cualquier insinuación de ocupación permanente, recordando que el acuerdo contempla una retirada vinculada al desarme y al despliegue del ejército libanés.

Mientras tanto, la discusión sobre quién verificará ese desarme continúa abierta. Se ha considerado la posible participación de terceros países, pero Beirut negó que ya exista un acuerdo definitivo sobre quiénes integrarían ese mecanismo.

Y la tregua continúa siendo extremadamente frágil.

El 15 de agosto, ataques israelíes en el sur del Líbano dejaron al menos once muertos, incluidos civiles, en réplica a un ataque de Hezbollah que había herido a soldados israelíes. Fue una de las escaladas más graves desde el alto el fuego de junio.

La conclusión a agosto de 2026 es, por tanto, paradójica.

Hezbollah está militarmente más debilitado que hace algunos años. Irán también ha sufrido golpes importantes. El ejército libanés tiene una presencia mucho mayor en el sur. Por primera vez existe un gobierno libanés que habla abiertamente del monopolio estatal de las armas y negocia internacionalmente el desmantelamiento del arsenal de Hezbollah.

Sin embargo, el problema esencial permanece sin resolver.

Hezbollah todavía conserva armas y rechaza entregarlas mientras Israel permanezca en territorio libanés. Israel mantiene fuerzas en el sur precisamente porque Hezbollah continúa armado. Cada parte utiliza la conducta de la otra para justificar su propia posición.

Se ha formado así un círculo estratégico perfecto. Romperlo exigirá algo que ninguna de las partes puede garantizar por sí sola: un mecanismo internacional creíble que permita simultáneamente verificar el desarme de Hezbollah, desplegar plenamente al ejército libanés y asegurar una retirada israelí progresiva.

El artículo de enero preguntaba implícitamente si el Estado libanés sería capaz de recuperar su soberanía antes de que Israel decidiera hacerlo por la fuerza. La respuesta provisional es dolorosa: no ocurrió a tiempo.

Israel intervino militarmente; Hezbollah volvió a arrastrar al Líbano a una guerra regional; y el país pagó nuevamente un precio enorme.

Pero existe una diferencia importante respecto del pasado. Hoy la cuestión ya no es si Hezbollah debe conservar indefinidamente un ejército paralelo. La discusión internacional y, cada vez más, la discusión interna libanesa gira alrededor de cómo y cuándo desarmarlo.

Ese cambio puede ser histórico.

Si el gobierno libanés logra finalmente imponer el principio elemental de que solo el Estado puede disponer de fuerzas armadas, el Líbano podría comenzar a salir de décadas de soberanía fragmentada.

Si fracasa, la tregua actual será solamente una pausa.

Y entonces, otra vez, todo quedará listo para estallar.



(*) Biólogo molecular y excongresista de la República del Perú



 

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