Davos no es un escenario decorativo: es, precisamente, donde se negocian las condiciones bajo las cuales el capital global decide confiar en un país. Y ante esa mesa, el Perú no puede permitirse llegar tarde, ni sentarse en silencio
Cada enero, el Foro Económico Mundial (WEF por sus siglas en inglés) reúne en Davos a jefes de Estado, banqueros centrales, directivos de las mayores corporaciones del planeta y representantes de los principales fondos de inversión que definen buena parte de la agenda económica global. Para el Perú, esa cita trasciende lo protocolar: es uno de los pocos espacios donde un país de tamaño mediano puede sentarse, en igualdad de condiciones de acceso, y hablar directamente con quienes deciden hacia dónde se mueve el capital mundial. No participar no es una opción neutra; es ceder ese asiento a competidores que sí lo ocuparán.
La razón del interés radica en que, el mundo atraviesa una recomposición geopolítica que hace de estos foros algo más urgente que en décadas pasadas. Las tensiones entre grandes potencias, la reconfiguración de cadenas de suministro y la búsqueda de nuevos socios para minerales críticos, energía y alimentos han convertido a América Latina en un tablero geopoliticamente disputado. En ese contexto, el Perú compite directamente con México, Chile, Colombia y Brasil por la misma atención de gobiernos e inversionistas que buscan diversificar riesgos fuera de Asia.
Las cifras muestran que el país ya lleva ventaja en esa disputa: según la CEPAL, el Perú lideró en 2024 el crecimiento de la inversión extranjera directa en América Latina, con un salto de 56,7% hasta los US$ 6,799 millones, mientras Colombia y Chile registraron caídas superiores al 15% y 30% respectivamente. Quien no participa en la conversación, simplemente no entra en el mapa de opciones cuando se reparten decisiones de esa magnitud.
Davos funciona, en el fondo, como un ejercicio de diplomacia económica. Las grandes empresas y los gobiernos no solo buscan rentabilidad: buscan previsibilidad, aliados confiables e interlocutores capaces de sostener compromisos en el tiempo. El Perú llega a esa mesa con argumentos concretos: ProInversión promueve actualmente una cartera de 87 proyectos de Asociaciones Público-Privadas por cerca de US$ 41,000 millones, mientras que PromPerú cerró 2025 con compromisos de inversión extranjera por US$ 2,489 millones en doce proyectos, más del cuádruple de lo logrado un año antes. Son montos que solo se activan si el país logra transmitir, además de esas cifras, la solidez institucional necesaria para sostener acuerdos de largo plazo.
Julio Velarde, presidente del Banco Central de Reserva del Perú -ratificado por el Congreso-, ha desempeñado ese rol con notable eficacia: su presencia en Davos ha ofrecido a la comunidad internacional una lectura técnica y creíble de la economía peruana, capaz de trascender los vaivenes del poder político. Hoy, además, el Perú cuenta con una nueva gestión de gobierno con horizonte de cinco años, lo que refuerza esa continuidad institucional. Y esa continuidad es, en sí misma, un activo geopolítico: en un mundo donde los inversionistas huyen de la incertidumbre, disponer de una voz estable en medio de un entorno políticamente convulso constituye un diferencial que pocos países de la región pueden ofrecer con la misma consistencia.
La conclusión es clara. El Perú necesita dialogar directamente con las corporaciones más grandes del mundo y con los gobiernos que trazan las rutas del comercio y la inversión global, porque los US$ 41,000 millones en cartera y los miles de millones ya comprometidos solo se convierten en carreteras, puertos, hospitales y empleo si el país sostiene esa conversación cara a cara.
Davos no es un escenario decorativo: es, precisamente, donde se negocian las condiciones bajo las cuales el capital global decide confiar en un país. Y ante esa mesa, el Perú no puede permitirse llegar tarde, ni sentarse en silencio: tiene que llegar con voz propia, con la confianza de quien sabe lo que tiene para ofrecer, y con la firmeza de quien no negocia su futuro, sino que lo construye.