Keiko no parece ser extraordinaria por ningún lado, pero ganó y tiene derecho a gobernar. No me gusta su alineamiento internacional, ni su discurso ideológico, pero nadie puede decir que no lo sabía. Fue muy explícita al respecto. Había que elegir entre Keiko y el Sombrero
Con las disculpas del caso, he birlado el título de la más célebre y sustancial obra de René Descartes y lo he hecho intencionalmente. Primero, porque desde 2020 se ha consolidado una técnica, que tiene pasos definidos, para derribar un gobierno legítimo y porque es bueno ponerla en evidencia. Segundo, porque una cita cartesiana viene a cuento para desmontar, ojalá que definitivamente, esa técnica antidemocrática: “La verdad no está en la multitud de opiniones sino en la evidencia.”
Hablaremos de los caviares nativos y de sus prácticas, que dicen mucho más que lo que sus palabras pretenden expresar. Y diremos, con vocación de cronista, aquello que esa misma práctica ha traído consigo.
El prólogo del método caviar
Salvo de casualidad, los caviares en el Perú jamás han llegado al poder por vía electoral. En consecuencia, necesitaban encontrar una forma indirecta de llegar a él. Al principio intentaron formar un cuerpo intelectual dispuesto a servir a gobiernos que consideraban afines, comenzando por el de Velasco Alvarado (por entonces la expresión “caviar” casi no se usaba pero la conducta ya existía). Otros, de la misma raigambre pero más radicalizados, optaron curiosamente por el antivelasquismo.
Luego del gobierno militar se fueron reconociendo y articulando alrededor de vinos, jamones y gustos culturales similares (total, eran de los mismos barrios, iban a los mismos colegios, acudían a las mismas fiestas, sólo tenían que recordarlo). Eso, más remuneraciones crecientes y ciertas devociones tardías como la que adoptaron por el Gramsci caricaturizado de las universidades norteamericanas, los hizo nuevamente amigos. ¿Alguien se acuerda de los Wisconsin Boys?
No tuvieron sitio con el segundo Belaúnde y algunos intentaron arrimarse al primer García, pero sesenta años de hambre, martirio y sacrificio de los apristas no dejaban demasiado espacio para advenedizos y cuando el entusiasmo inicial se fue diluyendo en el fiasco, se alejaron haciendo gestos de repugnancia. Mientras tanto, el terrorismo de Sendero Luminoso crecía al amparo de la irresponsabilidad de los gobiernos de turno y de la oposición tolerante con el crimen sanguinario.
Posteriormente se sumaron al temprano Fujimori hasta que fueron desechados, uno a uno o por docenas (no más, porque no son tantos). Poco después descubrieron que el tema de los derechos humanos era un buen discurso con financiamiento disponible y no tuvieron empacho, como hasta hoy, en ser permisivos con los senderistas asesinos. Total, ellos no eran potenciales víctimas, sólo los verdaderos dirigentes populares y ciertos políticos, decentes en su mayoría, lo eran. Mientras tanto, el país clamaba que se derrotara a Sendero y que se parara la hiperinflación y Fujimori consiguió ambas cosas a costa del quiebre la institucionalidad democrática, del desvío de los recursos fiscales y de la guerra sucia a la oposición.
Cayó Fujimori a punta de escándalos y no como resultado de la movilización popular (eso es sólo una leyenda bien contada). Fugó, renunció y lo botaron. Los caviares (vía los amigos de Ugaz) se quedaron con cerros de vladivideos y los administraron con parcialidad. Usaron a algunos miembros de la Procuraduría y del Poder Judicial para el efecto. La Fiscalía tenía que esperar. Los tiempos de Blanca Nélida habían culminado.
Luego vino la primera candidatura de Humala y los caviares dudaron y buena parte se abstuvo. Madre Mía fue el agujero negro en 2006 y Humala cabía en él a la perfección. Ganó Alan García redivivo. El segundo García conformó un gabinete digno y giró el timón claramente hacia el mercado. El saldo fue azul, pero allí no había lugar para los caviares, que aún no se animaban a declararse promercado. Y aunque el Perú creció a tasas imponentes y apenas sufrió la crisis financiera mundial de 2007-2008, la imagen de corrupción de García (otra fábula bien contada que ignora el derecho fundamental a la inocencia presunta) se mantuvo durante su gobierno, en la campaña presidencial de 2011 y aun después.
En el medio apareció la casualidad de 2010. Susana Villarán (típica caviar) ganó la Alcaldía de Lima. El candidato favorito, Alex Kouri, había sido inhabilitado y quedaron, a solas, Lourdes Flores y Susana. Lourdes nunca ganó una elección a nada y aquella vez tampoco. Los caviares tuvieron su oportunidad y la desperdiciaron miserablemente. Nada que mostrar salvo corrupción desvergonzada, que se evidenció tenuemente a partir 2014 y brutalmente desde 2019. Murió políticamente Susana pero los caviares, aún no. Ellos se auto persuaden de que tienen un halo de santidad y se halagan uno al otro… hasta que descubren (“ampayan”) a uno, al que abandonan a su suerte apenas hace falta. Piensen en José Miguel Castro por un rato.
Pero ahora era 2011 y las luces estaban concentradas en la contienda entre Humala y Keiko. Los caviares se alinearon con Humala, que ya no era el mismo de 2006 (¡qué importaba Madre Mía!). Ya no usaba el short caqui con el respectivo polo blanco, corría de impecable Nike azul acero y usaba reloj de oro Tag Heuer. Varios de los cuadros que lo habían acompañado hacía un lustro, se habían ido. Circulaba mucha plata detrás del comandante de Locumba pero ningún caviar se hizo abiertamente la pregunta: ¿De dónde peccata mea?
En 2016 fue Kuczinsky, el banquero internacional, contra Keiko. Ganó PPK con el apoyo entusiasta de los caviares, que agregaron un corsé financiero anglosajón a su discurso. La historia se repetía: Cualquiera (aunque sea banquero, aunque sea ladrón) antes que Keiko. Kuczinsky fue un episodio vergonzoso para el país y terminó renunciando antes de cumplir dos años en el gobierno. Entonces apareció (a) Lagarto, el vicepresidente que le había jurado pública lealtad pero que desconocía el significado tanto de juramento como de lealtad. Descubriríamos después que el Lagarto, un probable sociópata, también desconocía otros significados: probidad, honestidad y verdad, por ejemplo.
¿Cómo funciona el método caviar?
El primer paso es fujimorismo puro y duro. Atacar ferozmente al Congreso, al Poder Judicial y al Ministerio Público para ponerlos contra la pared. Vizcarra, que había sido llevado por la mayoría congresal fujimorista al gobierno, muy pronto se enfrentó al Congreso y eso le dio gran popularidad (Fujimori lo había descubierto el 5 de abril de 1992). También se enfrentó al Ministerio Público, lo necesitaba dócil.
Entonces, vino el segundo paso, típicamente fujimorista también: Disolver el Congreso como en 1992. En teoría no podía, pero para los espíritus abyectos no hay imposibles legales sólo hay estorbos a eludir. Entonces se inventó una cuestión de confianza inexistente y se fabricó la llamada “denegación fáctica”. Al ser la segunda denegación de confianza a un gabinete (la primera había sido con PPK), según su invento fáctico, procedió a deshacerse del Parlamento y convocar a elecciones complementarias para un nuevo Legislativo.
El Congreso intentó reaccionar: destituyó a Vizcarra y trató de restaurar el orden constitucional pero ya era tarde. El respaldo social al golpe era contundente y unos grupetes de caviares fueron suficientes para amedrentar al Congreso. El pronunciamiento de los Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas y Policiales a favor de (a) Lagarto cerró el círculo.
Vizcarra contó con el favor popular y lo aprovechó mientras pudo. Vino la pandemia y robó y mintió a granel (él y/o los suyos, da lo mismo). Su popularidad fue cayendo, tras descubrirse su vacunación a escondidas mientras los peruanos morían de Covid, y luego fue vacado por el nuevo Congreso, que antes lo había sostenido.
Ante la vacancia, sus aliados incondicionales (los caviares) respondieron por él y se encontraron con el tercer paso del método. Movilizarse con la pusilanimidad de costumbre y encontrarse con aliados inesperados: un poco de lumpen y mucho de Movadef (o sea Sendero Luminoso). Los tomaron como propios y fraguaron una unidad que perdura hasta hoy y durará mientras convenga a las partes. Así cayó Manuel Merino y el joven Carlos Ezeta, que propinó un puñetazo artero y a mansalva al congresista Ricardo Burga, se volvió símbolo de una nueva conducta política, caracterizada por la falta de respeto y de argumentos. ¡El golpe manda y se aplaude!, dijeron los caviares.
El antecedente era el cono de tránsito lanzado al congresista Carlos Tubino y el consecuente, la masacre a puntapiés del ya anciano líder aprista, Luis Alva Castro. De allí en adelante la diferencia entre caviares y barras bravas desapareció. Ése fue el tercer paso del método: vender la idea de que es heroico derribar un gobierno fuera de los marcos constitucionales y más heroico si contiene agresión física contra el adversario. Del trabajo sucio en el centro de Lima se encargaba Sendero. Los caviares ponían las zapatillas de marca, en Barranco para los previos y en Miraflores para la bulla de las tamboras (y un poco, a veces, entre el Campo de Marte y la Plaza San Martín).
Así fue que llegó Sagasti y su gobierno anodino, repleto de caviares inútiles como él. Su única misión era que no ganara Keiko y la cumplió con dedicación digna de mejor causa. No importaba que, en la otra orilla, estuviera el Movadef y su adhesión al Pensamiento Gonzalo. Sólo importaba que los caviares estuvieran listos para la siguiente elección, con él a la cabeza. Sueños de opio, diría Pinglo.
El cuarto paso, el último, fue negociar cómo colarse en la mesa de las decisiones de gobierno. Para ello debían alinearse con cualquier posible ganador y nada importaba mientras no fuera Keiko. Así se alquilaron a Castillo, que carecía de equipo ministerial. Los caviares se sienten muy inteligentes (unos pocos lo son), así que ellos solicitaron y obtuvieron fajines como nunca. Se olvidaron de que Castillo era el Movadef y de que tenía familia y amigos angurrientos. Hasta que los despertaron y después defenestraron porque no son tan inteligentes como creen que son y porque sólo quieren que Keiko no gobierne.
Cada paso tenía el mismo soporte transversal: una manada, una multitud de comunicadores e influencers con un mensaje común: Keiko no va. Lograron imponer su ¿mensaje entre 2011 y 2021. Ayudó por cierto (a) Lagarto, que asaltó la Fiscalía y la sometió a sus intereses nefandos. Recordemos: la verdad no está en la multitud de opiniones sino en la evidencia. Quienes se olvidan de la evidencia o la toman sólo según les conviene, jamás se aproximarán a la verdad, aunque junten un millón de voces que los respalden.
Pero hasta allí llegaron con su método porque en 2026, ahorita no más, ganó Keiko y ahora están tratando de encontrar el quinto paso, que no saben cuál es. Están en el Congreso y controlan la Cámara de Diputados con sus aliados utilitarios. Saben que tienen diferencias pero no saben cómo administrarlas. En esa escena, los radicales ganarán y pronto les darán una patada en las cuatro letras.
Keiko no parece ser extraordinaria por ningún lado, pero ganó y tiene derecho a gobernar. No me gusta su alineamiento internacional, ni su discurso ideológico, pero nadie puede decir que no lo sabía. Fue muy explícita al respecto. Había que elegir entre Keiko y el Sombrero (Sánchez no existe, Castillo está detrás pero está preso, Abimael es el verdadero fantasma). Todos votamos y debemos respetar las reglas establecidas. El último intento de golpe, típicamente fujimorista también, lo hizo Castillo y ya ven cómo le fue.