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OPINIÓN/ El metal que creíamos eterno

Escribe: Alberto Carpio

Las certezas tecnológicas tienen una particularidad que la historia suele recordar demasiado tarde: parecen eternas hasta el día en que dejan de serlo

Durante más de un siglo nadie tuvo demasiadas razones para preguntarse qué ocurriría si el mundo dejara de necesitar cobre. La pregunta habría parecido absurda, casi tan absurda como preguntarse qué ocurriría si las ciudades dejaran de necesitar agua o si los aviones descubrieran que podían volar sin aire. El cobre estaba allí, escondido detrás de los interruptores, enterrado debajo de las calles, enrollado dentro de los motores, cruzando océanos en cables submarinos, multiplicándose silenciosamente dentro de automóviles, fábricas, centrales eléctricas, computadoras y teléfonos. No se veía, pero estaba en todas partes. Y mientras la humanidad avanzaba hacia un mundo cada vez más eléctrico, parecía razonable imaginar que aquella dependencia no haría sino crecer.

Para el Perú esa certeza adquirió con el tiempo la forma confortable de una promesa nacional. Bajo las montañas permanecían millones de toneladas de un metal que el mundo necesitaría durante generaciones. China podía crecer, Europa electrificarse, los automóviles abandonar la gasolina, las ciudades llenarse de centros de datos y la inteligencia artificial consumir cantidades crecientes de electricidad: en casi todos esos futuros había cobre. Y allí, inevitablemente, aparecía el Perú.

Pero las certezas tecnológicas tienen una particularidad que la historia suele recordar demasiado tarde: parecen eternas hasta el día en que dejan de serlo.

En julio de 2026, investigadores de la Universidad de Cornell anunciaron algo que habría parecido paradójico para generaciones de ingenieros. Habían fabricado nanocables monocristalinos de arseniuro de niobio —NbAs— cuyo comportamiento eléctrico mejoraba a medida que disminuía su tamaño. En los conductores metálicos tradicionales ocurre exactamente lo contrario.

Cuando el cobre alcanza dimensiones nanométricas, los electrones encuentran cada vez más obstáculos en superficies, interfaces y límites de grano; aumenta la resistencia y comienza a perder parte de la ventaja que durante décadas lo convirtió en el material dominante de las interconexiones electrónicas. El arseniuro de niobio mostró un comportamiento diferente: cuanto más delgado se hacía el conductor, mejor parecía desempeñarse. (1)

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No significaba que alguien estuviera a punto de tender líneas eléctricas de arseniuro de niobio entre Lima y Arequipa. El descubrimiento pertenecía a otro mundo, al de los cables microscópicos que conectan los miles de millones de transistores existentes dentro de los chips. Pero precisamente allí se encontraba su importancia. El cobre no estaba siendo desafiado donde siempre había sido fuerte. Estaba siendo atacado en uno de los territorios donde parecía indispensable.

Algo semejante ocurrió casi simultáneamente con el calor. Durante décadas, el cobre no solo había transportado electricidad sino que había servido también para extraer el calor de sistemas electrónicos, motores y equipos industriales. Su conductividad térmica, alrededor de 400 vatios por metro-kelvin a temperatura ambiente, lo convertía en referencia habitual de ingeniería. Sin embargo, investigadores estadounidenses reportaron en 2026 una conductividad térmica de aproximadamente 1.100 W/m·K en una fase monocristalina de nitruro de tantalio, θ-TaN: casi tres veces la del cobre. (2)

Era necesario entender correctamente aquella noticia. El nitruro de tantalio no se había convertido súbitamente en un cable eléctrico tres veces mejor que el cobre. Conductividad térmica y conductividad eléctrica son propiedades diferentes. Pero en centros de datos y procesadores para inteligencia artificial, donde una de las restricciones fundamentales ya no es únicamente hacer circular electrones sino retirar enormes cantidades de calor de espacios minúsculos, esa diferencia podía adquirir consecuencias industriales considerables.

Mientras tanto, otra revolución estaba ocurriendo a una escala mucho mayor y bastante más visible. Las viejas redes telefónicas estadounidenses comenzaron a desaparecer. AT&T reconocía en 2026 que menos del dos por ciento de sus clientes elegibles continuaban utilizando telefonía de cobre tradicional y mantenía su objetivo de abandonar la mayor parte de aquella infraestructura hacia finales de 2029. Las líneas que habían conectado hogares norteamericanos durante generaciones estaban siendo sustituidas progresivamente por fibra óptica y sistemas inalámbricos. (3)

Aquello podía interpretarse apresuradamente como otra derrota del cobre. Pero no lo era exactamente. La fibra no sustituía al cobre porque condujera mejor la electricidad. Lo sustituía porque transportaba información mediante luz.

Y esa distinción es esencial para comprender lo que está ocurriendo. Durante gran parte del siglo XX utilizamos el mismo material para transportar energía y señales. Ahora ambas funciones comienzan a separarse. Donde se necesita potencia eléctrica, el cobre continúa siendo extraordinariamente difícil de reemplazar. Donde únicamente se necesita transmitir información, los fotones pueden hacerlo mejor, más rápido y con menores pérdidas a largas distancias.

Los centros de datos de inteligencia artificial están llevando esa lógica todavía más lejos. A medida que decenas de miles de procesadores deben comunicarse entre sí, las conexiones eléctricas comienzan a convertirse en cuellos de botella de energía, velocidad y temperatura. Por eso crece la investigación en interconexiones ópticas capaces de trasladar parte del tráfico que hoy circula por cobre hacia sistemas basados en luz.

No significa que mañana desaparecerán los cables de cobre de los centros de datos. Significa que una parte del crecimiento futuro de las comunicaciones internas podría dejar de traducirse automáticamente en una cantidad equivalente de cobre.

La misma disputa ocurre en los vehículos. El cobre es un excelente conductor, pero tiene un defecto que durante décadas pudo tolerarse y que ahora preocupa cada vez más: pesa. Un automóvil eléctrico puede contener decenas de kilogramos de cobre distribuidos entre motores, inversores, baterías, cargadores y kilómetros de cableado. En un automóvil ese peso importa. En un dron importa todavía más. En un avión eléctrico o híbrido puede convertirse en una limitación decisiva.

El aluminio aparece entonces como el rival inevitable. Es mucho más ligero y más abundante que el cobre, pero su conductividad eléctrica convencional alcanza aproximadamente el sesenta por ciento. Esa diferencia obliga a utilizar secciones mayores de conductor y limita algunas aplicaciones. El Pacific Northwest National Laboratory lleva años intentando reducir esa desventaja mediante nuevas microestructuras y composites. Sus investigadores han producido, mediante el proceso ShAPE, conductores aluminio-grafeno cuya conductividad supera en alrededor de siete por ciento la del aluminio convencional y conductores cobre-grafeno aproximadamente cinco por ciento más conductivos que el cobre común. (4)

La diferencia puede parecer pequeña. En ingeniería, cinco por ciento rara vez lo es. En millones de motores, transformadores, generadores y kilómetros de cable, pequeñas mejoras pueden convertirse en enormes reducciones de masa, pérdidas eléctricas y consumo de materiales. PNNL reunió en 2025 a investigadores, empresas y funcionarios estadounidenses en un encuentro cuyo nombre resumía perfectamente la inquietud: As Conductive As Copper.

La pregunta ya no era solamente dónde encontrar más cobre. Era qué materiales podían realizar algunas de sus funciones sin necesidad de utilizarlo. Una investigadora del laboratorio resumió la situación con una frase especialmente significativa: las alternativas existen, pero todavía no a la escala ni al precio necesarios. Ese “todavía” merece atención. (5)

También el grafeno y los nanotubos de carbono llevan años prometiendo revoluciones que muchas veces avanzan más lentamente que los titulares. Una fibra de nanotubos puede tener propiedades extraordinarias cuando se mide por peso y, sin embargo, seguir sin igualar la conductividad volumétrica del cobre. Para un avión esto puede resultar atractivo; para un transformador estacionario quizá no. La ingeniería no pregunta simplemente cuál material conduce más. Pregunta cuánto pesa, cuánto cuesta, cuánto dura, cómo se fabrica, cómo se conecta, qué temperatura soporta, qué pérdidas produce y si puede fabricarse por millones de kilómetros.

Esa distancia entre un descubrimiento científico y una sustitución industrial es precisamente lo que muchas narraciones sobre “el fin del cobre” olvidan.

Incluso algunas de las tecnologías aparentemente más disruptivas siguen todavía dentro de esa frontera. Graphene Manufacturing Group desarrolla junto con la Universidad de Queensland una batería de ion- aluminio y grafeno que ha demostrado experimentalmente cargas completas de seis minutos. En abril de 2026 sus celdas tipo pouch alcanzaron aproximadamente 49 Wh/kg de densidad energética. La química prescinde de litio y tierras raras y utiliza aluminio, lo que abre una ruta tecnológica muy distinta a las baterías de ion-litio actuales.  (6)

La noticia es importante. Pero 49 Wh/kg continúa muy por debajo de la densidad energética característica de muchas baterías modernas de ion-litio. Una batería que carga en seis minutos puede ser extraordinaria para determinadas aplicaciones de potencia, pero todavía necesitar desarrollos sustanciales antes de reemplazar masivamente las baterías existentes. La historia tecnológica está llena de materiales magníficos que nunca lograron convertirse en productos económicos.

Y precisamente allí se encuentra la paradoja del cobre. Probablemente ningún sustituto individual vaya a destronarlo. Puede ocurrir algo más peligroso para un país productor: que sean muchos.

La fibra óptica puede quitarle telecomunicaciones. El aluminio avanzado puede reducir su participación en líneas eléctricas y vehículos. Los nanotubos pueden conquistar aplicaciones donde el peso resulte crítico. Los materiales topológicos pueden disputarle las interconexiones microscópicas. Los nuevos materiales térmicos pueden desplazarlo de algunas funciones de refrigeración electrónica. Las arquitecturas fotónicas pueden disminuir la cantidad de metal requerida dentro de futuros centros de datos. Ninguna de estas tecnologías necesita derrotar completamente al cobre. Basta con que cada una le quite una fracción.

Y entonces la pregunta cambia. El mundo podría consumir más electricidad que nunca, fabricar más vehículos eléctricos que nunca, construir más redes y más centros de datos que nunca y, aun así, necesitar menos cobre por unidad de infraestructura.

Ese escenario todavía no constituye la previsión dominante. La transición energética sigue generando una enorme demanda potencial del metal. Estados Unidos considera tan seria su vulnerabilidad que PNNL habla del cobre como el “sistema nervioso” de la red eléctrica norteamericana y busca simultáneamente aumentar producción, reciclaje y materiales alternativos. (7)

Pero para el Perú la existencia misma de esa investigación debería bastar para provocar una reflexión. El país figura entre los principales productores mundiales de cobre y posee aproximadamente 85 millones de toneladas de reservas según las estimaciones del USGS publicadas en 2026. Durante décadas hemos pensado esas reservas casi exclusivamente como una ventaja geológica. Las toneladas bajo tierra parecían equivaler a riqueza futura. (8)

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Pero una reserva mineral no posee valor por existir. Posee valor porque alguien la necesita.

El salitre peruano también pareció alguna vez indispensable. Durante el siglo XIX era utilizado masivamente como fertilizante y materia prima estratégica. Naciones enteras dependían de depósitos naturales existentes en una franja extraordinariamente reducida del planeta. Se libraron guerras alrededor de ellos. Se construyeron fortunas. Se imaginaron décadas de prosperidad. Entonces Fritz Haber y Carl Bosch aprendieron a fabricar amoníaco utilizando nitrógeno atmosférico. La geología perdió parte de su monopolio frente a la química.

No ocurrió en un día. Tampoco desapareció completamente la demanda de nitratos naturales. Pero la premisa estratégica había cambiado para siempre. La comparación no significa que el cobre vaya
a correr la misma suerte. Las diferencias técnicas, económicas e industriales son enormes. Significa algo más sencillo: ningún recurso natural tiene garantizada eternamente la tecnología que lo necesita.

El petróleo lo está aprendiendo con el automóvil eléctrico. El carbón lo aprendió con el gas natural y las energías renovables. Y algún día el cobre podría descubrir que tampoco estaba exento de esa regla.

Por eso quizás el mayor error del Perú sería interpretar el aumento actual del precio del cobre como demostración de que el futuro está asegurado. Los precios elevados producen exactamente el incentivo que acelera la búsqueda de sustitutos. Cuanto más caro se vuelve un material, mayor es el premio económico para quien consiga utilizar menos de él.

Estados Unidos tiene además un incentivo estratégico adicional. Gran parte del cobre mundial se extrae en países como Chile y Perú, mientras China ocupa una posición dominante en diversos segmentos de procesamiento y refinación. Para Washington, desarrollar conductores alternativos no es únicamente un problema científico. Es también un problema de seguridad industrial.

Esa es quizá la parte del debate que desde Lima resulta más difícil de observar. Mientras nosotros pensamos en cuánto cobre podemos extraer, otros están pensando cuánto cobre pueden dejar de utilizar.

Ambas estrategias son racionales. Pero solo una de ellas prepara para un mundo en el cual cambien las reglas.

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El Perú debería aprovechar precisamente los años de elevada demanda para hacer aquello que los países dependientes de materias primas casi siempre postergan: transformar riqueza geológica en capacidad tecnológica.

No basta con producir concentrados. Hay que producir cobre refinado, aleaciones avanzadas, conductores, componentes eléctricos, motores, transformadores, electrónica de potencia y conocimiento de materiales.

Y quizá haya que ir todavía más lejos. Un país verdaderamente minero no debería temer investigar el material que algún día pueda sustituir su propio mineral. Debería hacerlo él mismo.

Nada impediría que universidades y centros tecnológicos peruanos investigaran aluminio avanzado, cobre-grafeno, reciclaje de conductores, materiales ultraconductores o nuevas aplicaciones de cobre de alto valor agregado. Sería una forma adulta de entender la riqueza mineral: no como una renta concedida por la naturaleza, sino como una plataforma desde la cual construir conocimiento.

Porque el verdadero riesgo no consiste en que dentro de veinte años el mundo deje de comprar cobre peruano. Es poco probable que ocurra de esa manera. El riesgo consiste en algo más lento, silencioso y por eso mismo más difícil de advertir: que el cobre siga siendo necesario, pero que cada automóvil utilice un poco menos; que cada centro de datos sustituya una parte de sus conexiones por luz; que determinadas líneas eléctricas adopten aluminio avanzado; que algunos motores cambien de materiales; que los chips del futuro encuentren conductores mejores a escala nanométrica.

Cinco por ciento aquí. Diez por ciento allá. Veinte por ciento en otra industria. Hasta que un día descubramos que el mundo continúa electrificándose aceleradamente, pero que la relación entre electricidad y cobre ya no es aquella que habíamos dado por eterna.

Las montañas peruanas seguirán allí. El cobre también. Lo que puede cambiar es la necesidad del mundo de venir a buscarlo. Y quizá por eso, mientras las máquinas continúan excavando los Andes y los trenes llevan concentrados hacia los puertos, convendría mirar durante unos minutos hacia aquellos laboratorios donde científicos manipulan nanocables que se hacen mejores cuando se vuelven más pequeños, láminas de grafeno, fibras de carbono y aleaciones de aluminio.

Porque tal vez allí no estén inventando el fin del cobre. Tal vez estén haciendo algo mucho más probable. Están inventando un mundo que pueda aprender a necesitar un poco menos de él.

Y para un país que ha depositado una parte importante de su futuro debajo de la tierra, esa diferencia debería bastar para comenzar a pensar.

 

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