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OPINIÓN/ El negocio del miedo climático

Escribe: Julio César Villafuerte

 


Cuando anunciar catástrofes da más protagonismo que explicar la ciencia, El Niño deja de ser solamente un fenómeno natural y puede convertirse en una oportunidad comercial.

En el Perú hemos descubierto una nueva actividad económica: pronosticar desgracias. No requiere sembrar, cosechar ni esperar que llueva. Basta anunciar un Niño extraordinario, conseguir una entrevista y colocar un titular suficientemente aterrador. Si podemos llamarlo «Súper Niño», «Niño Godzilla» o «Niño devastador», mucho mejor. El espectáculo está servido.

Y mientras más grande sea la catástrofe anunciada, mayor parece ser el protagonismo de algunos opinólogos.

No cuestiono las advertencias científicas ni pretendo minimizar los peligros de nuestra naturaleza. Como meteorólogo, conozco sus consecuencias. Lo que cuestiono es esa curiosa competencia por anunciar quién tiene el pronóstico más espantoso, como si estuviéramos participando en un campeonato nacional de calamidades.

¿Estamos informando para prevenir o asustando para figurar?

El Niño, la estrella del espectáculo

Nuestro país posee uno de los sistemas climáticos más complejos del planeta. Tenemos el océano Pacífico, la cordillera de los Andes, la Amazonía, la influencia antártica y una atmósfera que interactúa permanentemente con todos ellos.

Pero para algunos comentaristas parece que solamente existe El Niño.

Llueve en Piura: El Niño. Hace calor en Lima: El Niño. Se desborda un río amazónico: El Niño. Aparece una lluvia primaveral: ¡El Niño se adelantó!

Con semejante capacidad explicativa, podríamos cerrar las especialidades de meteorología de la UNALM o de la FAP y dedicarnos exclusivamente a observar la temperatura del mar.

La realidad es bastante más interesante.

El Niño es un importante modulador climático, pero no trabaja solo. La estacionalidad, la circulación atmosférica, el transporte de humedad amazónica, los vientos y nuestra compleja geografía determinan buena parte de los fenómenos que experimentamos.

El calentamiento oceánico puede incrementar determinados riesgos, pero no significa que todas las regiones sufrirán los mismos impactos ni que cada lluvia sea consecuencia directa de ese calentamiento.
Sin embargo, explicar estas diferencias requiere conocimientos, tiempo y paciencia. Anunciar una catástrofe solamente necesita un micrófono.

Del titular a la consultoría

Aquí llegamos a una cuestión que merece atención.

¿Puede el alarmismo climático convertirse en una herramienta de promoción profesional?

Naturalmente que sí. La notoriedad mediática puede abrir oportunidades laborales, comerciales y de asesoría. Eso ocurre en muchas profesiones y no tiene nada de ilegítimo.

El problema aparece cuando el temor de la población y la preocupación de las autoridades pueden convertirse en incentivos para exagerar amenazas o presentar incertidumbres como certezas.

Imaginemos a un alcalde escuchando que se aproxima una catástrofe sin precedentes. Tiene poco tiempo, recursos limitados y una población preocupada. ¿A quién buscará? ¿Al especialista que explica cuidadosamente las probabilidades, las limitaciones y los riesgos de su territorio, o al personaje que aparece diariamente anunciando el desastre?

La respuesta no siempre dependerá de la calidad científica.

Y allí está el peligro: confundir popularidad con competencia y notoriedad con capacidad de pronóstico.

No afirmo que todos los opinólogos busquen contratos ni que quienes ofrecen asesorías exageren deliberadamente los riesgos. Eso tendría que demostrarse.

Pero sí considero legítimo preguntarnos si la exposición mediática está reemplazando, en algunos casos, a la evaluación de conocimientos y resultados profesionales.

Porque una cosa es vivir de la meteorología y otra muy distinta sería pretender vivir del miedo a la meteorología.

Los medios también tienen responsabilidad

Un titular como «Las lluvias podrían superar sus valores normales en determinadas regiones» difícilmente competirá con «¡Se viene el Niño más devastador de la historia!».

El segundo vende mejor la noticia. El primero puede ser científicamente más responsable.
Los medios necesitan audiencia, naturalmente. Pero cuando la espectacularidad reemplaza la precisión, la información termina perdiendo su principal utilidad.

Y existe una diferencia enorme entre anunciar una mayor probabilidad de lluvias estacionales y asegurar que una ciudad sufrirá una inundación.

El ciudadano necesita saber dónde, cuándo, con qué intensidad y qué debe hacer. No necesita que le anuncien todos los veranos el posible fin del mundo.

Tampoco podemos olvidar que las lluvias no son exclusivamente una desgracia. Constituyen una fuente fundamental de agua para nuestros ecosistemas, agricultura, reservorios y generación hidroeléctrica.

El desafío nacional consiste en aprovecharlas y reducir sus impactos negativos. Pero parece que las buenas noticias del clima tienen menos espacio televisivo que las catástrofes.

¿Y nuestras autoridades?

Aquí encontramos otro problema.

Cuando una autoridad pública o privada contrata servicios meteorológicos, debería exigir conocimientos, experiencia, metodología, productos verificables y capacidad para traducir la información en decisiones.
No debería contratar fama.

El Perú necesita fortalecer sus redes de observación, vigilancia hidrometeorológica, sistemas de alerta y capacidades locales. Necesita que la información llegue oportunamente a las municipalidades y poblaciones expuestas.

También necesita comprender que el calentamiento del Pacífico y la llegada de la estación lluviosa son asuntos relacionados, pero diferentes.

Podemos tener lluvias importantes sin un Niño extraordinario y condiciones oceánicas cálidas sin que todos los territorios experimenten precipitaciones extremas.

Por eso debemos estudiar el sistema climático completo y no convertir un único indicador en explicación universal.

El miedo no construye prevención

No necesitamos menos advertencias. Necesitamos mejores advertencias.

Una población bien informada puede prepararse. Una población permanentemente aterrorizada puede terminar confundida, resignada o desconfiando de las alertas cuando verdaderamente importan.

La meteorología debe contribuir a reducir la incertidumbre y apoyar decisiones, no alimentar una competencia de titulares apocalípticos.

Y los profesionales tenemos una responsabilidad adicional: explicar con claridad lo que sabemos, reconocer lo que todavía desconocemos y evitar que nuestras opiniones personales sean confundidas con certezas científicas.

El Niño seguirá existiendo. Las lluvias también. Y seguramente continuaremos enfrentando inundaciones, sequías y otros peligros naturales.

Lo que no debería seguir creciendo es la idea de que cuanto más miedo produce un pronóstico, mayor es su valor profesional.

Quizás algún día descubramos que el fenómeno más extraordinario no estaba en el océano, sino en nuestra facilidad para convertir una amenaza natural en espectáculo.

Mientras tanto, cuando alguien anuncie otra catástrofe inevitable, sería conveniente preguntarle qué sabe, cómo lo sabe y qué propone hacer.

Y si después de asustarnos aparece ofreciéndonos la solución, convendría preguntar también cuánto cuesta.

Porque el clima no necesita publicidad para ser peligroso, pero algunos parecen necesitar que sea peligroso para tener publicidad. Digo yo.

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