En el Perú de los últimos diez años, desde una mirada heterodoxa, hay claramente tres tipos de voto: el voto desvergonzado (podríamos decir “sin vergüenza”), el voto vergonzante y el voto de última hora.
El voto desvergonzado es aquel que se manifiesta con claridad y hasta con cierto orgullo, desde bastante antes del día del sufragio. Este voto tiene un techo que, cuando no es muy alto, pone en riesgo cualquier posibilidad de victoria electoral. En el Perú de hoy, el caso típico del voto desvergonzado es el que convoca la candidatura de López Aliaga y Cazorla.
El voto vergonzante es aquel que se oculta por vergüenza, por temor o por cualquier otra razón vinculada a la aceptación social aparente. En el Perú de hoy, creo, hay dos ejemplos visibles de voto vergonzante: el voto fujimorista y el voto castillista. Creo que no me equivoco si afirmo que Keiko tiene dos o tres puntos por encima de lo que le dan, ahora, las encuestas serias. ¿Podrá saltar al 20%, que es una especie de valla para asegurar la segunda vuelta y tener altas posibilidades de ganar? Difícil pero no imposible.
En cuanto al voto castillista, que sí existe y que es esencialmente étnico e identitario, el problema es que no tiene un solo vehículo de expresión sino varios. Y entonces tiende a diluirse, pero si llega a concentrarse en una o dos candidaturas, sería determinante. Probablemente no para ganar pero sí para mantener una importante cuota de poder.
Finalmente, el voto de última hora es aquel que se guía por la temperatura electoral de su entorno directo, en los últimos quince días (o sea, ahorita). El peso social de familiares, amigos, compañeros de trabajo o de referentes (aquí, algunos influencers juegan un papel central) es definitorio. El bolsón de última hora debe estar bordeando el 40%. Usualmente la mitad acaba definiendo su voto por algún candidato. Normalmente el voto de última hora es una voz silenciosa, que va cobrando algo de sonoridad al acercarse la fecha de las elecciones. No prestar oído a esa voz es casi como estrellarse contra la realidad.
El papel de los estrategas políticos será crucial. Por ahora sólo se conoce de un estratega internacional en juego, el andorreño Jordi Segarra, que asesora a López-Chau y que carga con la mochila de la sospecha de cómo se financia su labor (con visa de turista, además).
El debate que queda necesita concentrarse, dejemos para la segunda vuelta algunos otros asuntos. Los temas-clave de aquí al 12 de abril deberían ser los siguientes:
¿Debemos rechazar la inversión china y someternos a las exigencias de Trump o debemos aceptar cualquier inversión internacional que respete la normativa del país?
¿Debemos seguir pagando las deudas de Petroperú con recursos del Tesoro Público? E igual con la deuda adquirida irregularmente por la Municipalidad de Lima y cualquier otro organismo público.
¿Debemos reducir el tamaño del Estado y cómo?
¿Debemos tener una política energética soberana y eficiente?
¿Debemos aplicar estrategias de emergencia, inteligentes y radicales, contra la delincuencia?
No perdamos tiempo en pronosticar la segunda vuelta, ésa es otra elección. Concentrémonos ahora en la primera y en la demostración de las cualidades (seamos optimistas) de los candidatos que tenemos.