cada quien escoge sus batallas y lanza al desanimado elector toda clase de fórmulas —asombrosas, previsibles o grotescas— que siquiera enciendan un rayito de luz expectante a su deseo de llegar a Palacio
A 64 días de las elecciones generales, cobra fuerza la impresión de que la campaña no prende, no anima ni seduce en los niveles esperados a estas alturas de su desenvolvimiento. Dicha impresión va de la mano con la palabra ciudadana traducida por las encuestas, donde se consigna un alto porcentaje de indecisos o de quienes niegan simpatía alguna por los candidatos.
Varios sostenemos que esa llamada indecisión o apatía encierra más bien un profundo desprecio hacia el sistema político, el cual arrastra la oferta de aspirantes a la presidencia. Oferta donde sin duda hay rostros nuevos que, en teoría, deberían por lo menos llamar la atención, si es que no llegan aún a cautivar del todo. Sin embargo, las experiencias de lo novedoso frente a las estructuras tradicionales no siempre han dejado felices a muchos. Más bien han consolidado ese extraño, casi esotérico principio electoral de votar en contra de X y no a favor de X.
Y ojo que el desprecio al sistema (junto a la informalidad) es el único eje común mayoritario de nuestros compatriotas, pues a renglón seguido emergen una variedad de consideraciones (regionales, religiosas, raciales, etarias, sexuales, morales, por supuesto políticas y un largo etcétera) que terminan edificando el perfil colectivo del favorito o favorita presidencial.
En estas elecciones además conspira contra la definición el alto número de candidatos (36; en 2021 fueron 18) y los affaires del presidente transitorio José Jeri. En estos días son más visibles las amistades chinas y femeninas de Jeri que los programas de gobierno propuestos.
Así las cosas, los pretendientes al sillón de Pizarro que no figuran entre los cinco primeros lugares en los sondeos de opinión pública se ven obligados a buscar un sitio preferente en la fotografía electoral a costa de diversas armas.
José Luna, de Podemos, por ejemplo, ha decidido confrontar a Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, imputándole delitos en el ejercicio de la alcaldía de Lima. Enrique Valderrama, del Partido Aprista, la ha emprendido contra César Acuña, de Alianza para el Progreso, desafiándolo a polemizar en la Plaza de Armas de Trujillo, región La Libertad, otrora bastión del aprismo.
Alex Gonzales, del partido Demócrata Verde, a propósito del mal uso del dinero asignado por el Gobierno a los postulantes para la llamada franja electoral en los medios, ha emplazado a Keiko Fujimori, López Aliaga y Acuña, solicitándoles que den a conocer cómo financian sus respectivas campañas.
Dudo mucho de la efectividad de estas posturas para subir peldaños en el afecto de los votantes, pero resultan mil veces más aceptables que las opciones de imitar al Pato Donald, ensayada por el exministro humalista Pedro Cateriano, de Libertad Popular, o a Manco Cápac en el lago Titicaca, escenificada por Fernando Olivera, del Frente de la Esperanza.
Como sea, cada quien escoge sus batallas y lanza al desanimado elector toda clase de fórmulas —asombrosas, previsibles o grotescas— que siquiera enciendan un rayito de luz expectante a su deseo de llegar a Palacio.