En la cabeza del peruano solo quedan las frases felices o infelices y las puyas antes que la esencia de un plan de gobierno.
Mientras los enredos del gobierno han corroborado la putrefacción del sistema político-electoral imperante en nuestro país (a la cual me he referido largamente hace casi dos décadas en esta columna), constituyendo un punto de apoyo al desanclaje ciudadano de la cosa pública, nos situamos apenas a 21 días de los comicios generales cumpliendo ritos que caricaturizan más aún nuestra endeble democracia.
Uno de ellos es el debate entre candidatos presidenciales organizado por el Jurado Nacional de Elecciones. Sin duda alguna con la mayor buena fe y librando el esfuerzo de otorgarle visibilidad a las propuestas de los aspirantes así como sus diferencias con las de los adversarios. El modelo no se distancia de lo que han sido históricamente las polémicas más célebres desde la confrontación televisada entre el demócrata John F. Kennedy y el republicano Richard Nixon (entonces vicepresidente de los EE. UU.) en 1960. Confrontación estudiada a lo largo de los años venideros para determinar qué benefició y qué perjudicó a los rivales.
Se concluyó, por ejemplo, que Kennedy ganó el favor del ciudadano que vio el debate por televisión. Se resalta el aplomo y la seguridad con los cuales se exhibió quien fuera luego el primer presidente católico de su país, mientras que Nixon mostró signos de ansiedad y sudoración. Sin embargo, una encuesta desagregada obtuvo la data a favor de Nixon entre los que siguieron el intercambio por la radio. Sus planteamientos le pareció a la mayoría de oyentes más sólidos que los de Kennedy.
Este punto de partida, hace 66 años, dio lugar a una ciencia fáctica de activación emocional de los votantes a cargo de expertos en mensajes y actos gestuales. Claro, con dos, tres y hasta cuatro candidatos, la dinámica de direccionar iniciativas o criticar la de los otros cobra sentido. Organizarlo por etapas para 35 y con tiempos limitadísimos de exposición es un salto al vacío total y solo destinado al fracaso en cuanto a lograr el propósito del “voto consciente e informado”.
Ya lo venimos experimentando los tres últimos quinquenios en la medida que se masificó la oferta política de quienes desean calzar el sillón de Pizarro. En la cabeza del peruano solo quedan las frases felices o infelices y las puyas antes que la esencia de un plan de gobierno.
Por eso me vanaglorio de haberme visto involucrado en la organización y presentación del foro de candidatos presidenciales-elecciones 2026 convocado por la Unión de Gremios en la sede de la Sociedad Nacional de Industrias, con el concurso de América Multimedia y el diario El Comercio. 24 candidatos tuvieron la posibilidad de disertar durante un promedio de 25 minutos acerca de sus propuestas en desarrollo productivo, seguridad, salud, educación y todos los temas sensibles de la agenda nacional. Evento transmitido por la cadena mediática aludida. Una oportunidad única donde fue posible captar ideas serias o disparatadas, actitudes, tolerancias e impaciencias. Nada de golpes bajos o alusiones altisonantes que —lo apuesto— caracterizarán los debates del JNE. En suma, solo digo que con 35 en pugna, el formato de exposición supera al de la polémica