Necesitamos pasar de una cultura de reacción ante fenómenos a una gestión permanente de nuestra realidad climática.
Las expresiones comienzan a repetirse y, aunque técnicamente algunas tienen una definición específica y otras son más bien mediáticas, para el ciudadano común terminan significando prácticamente lo mismo: se aproxima algo excepcional. Lluvias extraordinarias, inundaciones extraordinarias y, probablemente, un desastre extraordinario.
Pero ¿eso es realmente lo que nos están diciendo los pronósticos?
Vale la pena leer con atención el último comunicado del ENFEN, porque allí aparece una diferencia que considero fundamental.
El ENFEN mantiene la alerta de El Niño Costero y señala una alta probabilidad de que este persista hasta el verano de 2027, alcanzando una magnitud extraordinaria entre septiembre de 2026 y enero de 2027. Para la región Niño 3.4, en el Pacífico ecuatorial central, señala una alta probabilidad de alcanzar una magnitud muy fuerte.
Hasta allí, extraordinario.
Sin embargo, unas líneas después, cuando el mismo documento pasa del océano a las lluvias que realmente podrían caer sobre nuestro territorio durante septiembre-noviembre, dice algo bastante diferente.
En la costa norte se presentarían lluvias superiores a lo normal, pero con probables episodios de precipitaciones de débil a moderada intensidad desde noviembre. Además, se espera que los ríos de la región hidrográfica del Pacífico mantengan caudales dentro de sus rangos normales.
Entonces vuelvo a preguntar: ¿Extraordinario, qué?
Aquí debemos separar conceptos.
Una cosa es la magnitud con la cual se clasifica El Niño a partir de indicadores establecidos para determinadas regiones del océano Pacífico y otra muy distinta es la intensidad de una lluvia sobre Piura, Tumbes, Lambayeque o La Libertad. Y otra diferente todavía es el impacto que esa lluvia puede producir sobre una ciudad, una carretera, un puente, una quebrada o una población vulnerable.
Las tres cosas pueden relacionarse. Pero no son sinónimos.
El problema comienza cuando trasladamos directamente la palabra “extraordinario”desde una clasificación climática hacia la percepción del riesgo de la población. Mucho más cuando aparece la expresión “Super Niño”, porque entonces la traducción popular resulta casi inevitable: si tendremos un Super Niño, tendremos super lluvias y, por tanto, un super desastre.
La información disponible no permite hacer automáticamente esa equivalencia.
Y existe otro detalle que parece haberse perdido entre tantos colores, índices, anomalías y probabilidades: noviembre ocurre todos los años.
Y después vienen diciembre, enero, febrero, marzo y abril.
Es nuestra temporada de lluvias.
No necesitamos descubrir en septiembre que durante los siguientes meses va a llover en el Perú. Sabemos que ocurrirá. Lo sabemos por nuestra climatología, nuestra geografía y nuestra propia historia.
Naturalmente, cada temporada es diferente. El Niño puede modificarla. También intervienen las condiciones del Pacífico, la atmósfera tropical, la circulación regional, la disponibilidad de humedad, la Zona de Convergencia Intertropical y otros componentes del sistema climático.
Precisamente por eso debemos observar el sistema, no convertir una sola variable en explicación anticipada de todo lo que ocurrirá.
Para el verano de 2027, el propio ENFEN plantea un comportamiento regional diferenciado: lluvias superiores a lo normal en la costa norte, costa central y sierra noroccidental, mientras que sectores de la región andina sur presentarían condiciones diferentes.
Aquí aparece otra confusión frecuente. Superior a lo normal no significa extraordinario.
Una precipitación puede encontrarse por encima de su promedio climatológico sin convertirse necesariamente en un evento extremo. Del mismo modo, una precipitación que meteorológicamente no sea extraordinaria puede generar enormes daños cuando encuentra una población altamente expuesta y vulnerable.
Y eso debería preocuparnos bastante más.
Porque el desastre no lo produce solamente cuánto llueve.
Importa dónde llueve, durante cuánto tiempo, sobre qué cuenca, con qué intensidad, cuál era la humedad previa del suelo, cuánto está transportando el río y, fundamentalmente, qué hemos colocado nosotros delante del agua.
Una quebrada ocupada, un drenaje inexistente, un puente insuficiente, una carretera vulnerable o una ciudad sin capacidad para evacuar agua pueden transformar una lluvia perfectamente posible dentro de nuestra climatología en una emergencia.
Por eso quizá estamos formulando nuevamente la pregunta equivocada.
En lugar de preguntarnos obsesivamente qué tan grande será El Niño, deberíamos preguntar: ¿qué tan preparados estamos para las lluvias?
Hay algo especialmente revelador en el propio comunicado. Al formular sus recomendaciones, ENFEN señala que deben adoptarse medidas considerando El Niño Costero, El Niño del Pacífico ecuatorial central 2026-2027 y la temporada de lluvias de septiembre de 2026 a abril de 2027.
Esa última parte debería estar subrayada.
La temporada de lluvias.
Porque El Niño aparecerá algunos años y otros no. Podrá ser débil, moderado, fuerte o extraordinario. Incluso podremos discutir hasta el cansancio cuándo comenzó, cuánto se calentó el océano y cuándo terminará.
Pero las lluvias volverán. En 2027, 2028, 2029 y después también.
Por eso nuestra preparación no puede comenzar cuando aparece una alerta de El Niño y terminar cuando desaparece.
Necesitamos pasar de una cultura de reacción ante fenómenos a una gestión permanente de nuestra realidad climática.
Eso significa conocer qué quebradas pueden activarse, qué puentes necesitan intervención, dónde faltan drenajes, qué poblaciones están expuestas, qué rutas de evacuación funcionan, dónde están los puntos críticos de cada distrito} y qué acciones concretas corresponden antes, durante y después de la temporada lluviosa.
Y allí también debemos cambiar nuestra manera de comunicar. Advertir es indispensable. Preparar a la población también. Pero advertir no significa asustar.
Una buena comunicación del riesgo debería permitir que alguien comprenda simultáneamente dos cosas: que un escenario merece atención y que no estamos frente a una sentencia inevitable de desastre.
El ENFEN estima para el verano diciembre 2026-marzo 2027 un 43% de probabilidad para la categoría extraordinaria de El Niño Costero y un 40% para fuerte. Son probabilidades y categorías que deben ser tomadas seriamente.
Pero inmediatamente después debemos traducirlas a territorio:
¿Qué significa eso para mi región?
¿Qué significa para mi provincia?
¿Qué significa para mi distrito?
¿Qué debo hacer hoy?
Ese debería ser el verdadero objetivo de la información climática.
Preparémonos para este verano, por supuesto. Pero no cometamos nuevamente el error de hacer obras, limpiar quebradas, revisar puentes, preparar albergues y organizar autoridades solamente porque apareció otro Niño.
Hagámoslo porque vivimos en un país donde todos los años existe una temporada de lluvias.
Tal vez allí esté nuestra verdadera oportunidad.
Dejar de esperar al próximo fenómeno extraordinario para comenzar nuevamente desde cero y construir, de una vez, una capacidad permanente frente a nuestras lluvias.
Porque las lluvias regresarán todos los años y lo extraordinario sería finalmente estar preparados.