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OPINIÓN/ Gobernar (el clima) es anticiparse

Escribe: Julio César Villafuerte

ningún país puede aspirar a gestionar adecuadamente sus riesgos si primero no aprende a conocer y atender aquello que lo amenaza todos los años, sin esperar que otros se lo recuerden.

Cada vez que organismos internacionales anuncian la posible llegada de un evento El Niño, la discusión pública en el Perú suele seguir el mismo camino. Aparecen las preguntas sobre la intensidad del fenómeno, las comparaciones con eventos históricos y la búsqueda desesperada de una respuesta definitiva sobre lo que ocurrirá en los próximos meses.

Pero quizás estamos formulando la pregunta equivocada.

La verdadera discusión no debería ser cuánto lloverá. Debería ser por qué seguimos esperando que otros nos digan dónde tenemos problemas que conocemos desde hace décadas.

Diversas instituciones científicas internacionales han advertido recientemente sobre la posible evolución hacia condiciones asociadas a un evento El Niño. La información es importante y merece atención. Sin embargo, también es necesario reconocer una realidad que pocas veces se menciona: hoy nadie puede afirmar con certeza cuál será la intensidad final del fenómeno ni cuáles serán sus impactos específicos en cada región del Perú.

Qué es la incertidumbre, cómo calcularla e interpretarla

La incertidumbre forma parte de la ciencia climática.

Lo que hoy existe son probabilidades, escenarios y tendencias. Lo que no existe son certezas absolutas.

Sin embargo, la incertidumbre no es una razón para esperar; es la principal razón para prepararse.

Y es precisamente aquí donde surge una pregunta incómoda para cualquier Estado: ¿qué estamos haciendo con toda la información que ya conocemos?

Porque el Perú no necesita esperar un informe internacional para saber cuáles son sus zonas vulnerables. No necesita que un centro de pronóstico extranjero le recuerde qué quebradas se activan todos los años, qué ríos desbordan recurrentemente, qué carreteras colapsan durante temporadas lluviosas o qué poblaciones permanecen expuestas a inundaciones, huaicos y deslizamientos.

Lo sabemos.

Lo sabemos desde hace años.

Lo sabemos porque existen registros históricos, observaciones meteorológicas, estudios hidrológicos, mapas de peligros y décadas de experiencia acumulada.

Entonces, ¿por qué seguimos reaccionando como si cada temporada de lluvias fuera una sorpresa?

La Organización Meteorológica Mundial, sostiene que la responsabilidad primaria de proteger vidas y bienes frente a amenazas hidrometeorológicas corresponde a los propios Estados a través de sus servicios meteorológicos e hidrológicos nacionales, sus sistemas de alerta temprana y sus mecanismos de gestión del riesgo.

La OMM genera cooperación internacional, intercambio de información y coordinación científica global. Pero la prevención efectiva ocurre dentro de cada país.

Ninguna organización internacional va a limpiar un cauce en Piura.

Ningún centro climático extranjero va a reforzar un puente vulnerable en Tumbes.

Ninguna agencia internacional va a identificar por nosotros las comunidades expuestas en Cusco, Puno, Loreto o San Martín.

Esa responsabilidad es nacional.

Y precisamente por ello resulta preocupante que, en ocasiones, parezca que esperamos que las alertas externas validen problemas que ya conocemos perfectamente.

La prevención moderna no consiste en adivinar el futuro con exactitud matemática. Consiste en reducir vulnerabilidades conocidas antes de que ocurra la emergencia.

Los países que mejor enfrentan los eventos extremos no son necesariamente aquellos que poseen los pronósticos más precisos. Son aquellos que conocen mejor su territorio.

Son aquellos que han identificado sus puntos críticos.

Son aquellos que entienden dónde llueve normalmente, dónde se inundan sus ciudades, dónde se activan sus quebradas y dónde se encuentran sus poblaciones más vulnerables.

Porque la naturaleza puede ser impredecible, pero las vulnerabilidades rara vez lo son.

  • Sabemos dónde están.

  • Las vemos todos los años.

  • Las registramos después de cada emergencia.

  • Las documentamos en informes técnicos.

  • Las discutimos en reuniones multisectoriales.

Y, sin embargo, muchas veces seguimos esperando que sea el próximo desastre quien vuelva a recordárnoslas.

La diferencia entre una amenaza natural y un desastre no radica únicamente en la intensidad del fenómeno. Radica en el nivel de preparación de la sociedad que lo enfrenta.

Un mismo evento climático puede producir daños limitados en un territorio preparado y consecuencias devastadoras en otro que no lo está.

Por ello, cuando escuchamos hablar sobre la posible llegada de El Niño, la pregunta más importante no es qué ocurrirá con el océano Pacífico.

La pregunta es qué estamos haciendo nosotros.

  ¿Estamos fortaleciendo nuestros sistemas de observación?

  ¿Estamos protegiendo infraestructura crítica?

  ¿Estamos utilizando la información histórica disponible?

  ¿Estamos invirtiendo en prevención o seguiremos invirtiendo principalmente en reconstrucción?

Porque la reconstrucción siempre es más costosa que la prevención.

Y porque las emergencias mejor gestionadas no son aquellas que reciben más ayuda después del desastre, sino aquellas que lograron reducir sus impactos antes de que ocurriera.

El Perú cuenta con conocimiento técnico, experiencia institucional y décadas de información hidrometeorológica acumulada. Lo que se necesita no es esperar más señales de alerta para actuar, sino convertir ese conocimiento en decisiones concretas.

No sabemos cuánto lloverá.

No sabemos exactamente cuándo ni dónde ocurrirán los mayores impactos.

Pero sí sabemos dónde existen vulnerabilidades recurrentes.

Y esa información es suficiente para empezar.

La intensidad de El Niño sigue siendo incierta.

Nuestra responsabilidad no.

Porque los fenómenos climáticos son inevitables; los desastres que producen, en gran medida, son una responsabilidad humana.

Y ningún país puede aspirar a gestionar adecuadamente sus riesgos si primero no aprende a conocer y atender aquello que lo amenaza todos los años, sin esperar que otros se lo recuerden. Digo Yo.

 

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