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OPINIÓN/ La democracia no se improvisa: la mediocridad no puede quedar impune

Escribe: Fernando Peña Aranibar

Aquí tiene que haber responsables. Aquí tiene que haber consecuencias. Porque si no las hay, el mensaje es claro y peligroso: que fallar gravemente no cuesta nada. Y eso, en democracia, es inaceptable.

No bastan las públicas disculpas. No bastan los comunicados. Nada de eso alcanza para tapar lo que ha sido, sin rodeos, un proceso mediocre y profundamente irresponsable.
Lo ocurrido en estas elecciones del 2026 en el Perú no es un simple “error logístico” ni una “deficiencia aislada”. Es la evidencia de una institución que ha fallado en lo más básico: garantizar el derecho ciudadano al voto. Y cuando se vulnera ese derecho, no estamos hablando de incomodidades, estamos hablando de algo mucho más grave: la imposibilidad de que el pueblo exprese su voluntad. Eso no es menor. Eso es delito.

Porque impedir, por negligencia o incapacidad, que una persona vote, es romper un compromiso  democrático en salvaguarda del derecho de la población a expresarse en las urnas. Es jugar con la confianza de millones de peruanos que cumplen con su deber cívico esperando, como mínimo, un proceso serio, ordenado, respetuoso, y responsable para con el futuro inmediato de millones de connacionales .

¿Y qué recibieron? Desorganización. Improvisación. Excusas. No se puede normalizar la mediocridad institucional. No se puede aceptar que organismos encargados de sostener la democracia operen con este nivel de ineptitud. Y mucho menos se puede pretender que con comunicados y disculpas públicas se cierre el tema. No. Esto no se cierra así.

Aquí tiene que haber responsables. Aquí tiene que haber consecuencias. Porque si no las hay, el mensaje es claro y peligroso: que fallar gravemente no cuesta nada. Y eso, en democracia, es inaceptable. El Perú no necesita instituciones que pidan perdón después del desastre. Necesita instituciones que estén a la altura antes de que ocurra. Lo que ha pasado no solo ha generado malestar ciudadano. Ha dejado una herida más profunda: la sensación de que el sistema no garantiza lo más elemental.

Por eso, este no es un tema de indignación momentánea. Es un tema de justicia. Y la justicia, cuando corresponde, debe ser firme. Debe ser ejemplar. Y debe alcanzar a todos los responsables de este proceso que, sin exagerar, ha estado muy por debajo de lo que el país merece. Porque la democracia no se improvisa… Y mucho menos se maltrata. 

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