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OPINIÓN/ Leonidas Rodríguez Figueroa: un general que creyó que el poder también debía pedir perdón

Escribe: Fernando Peña Aranibar

Lo recuerdo así -aunque muchos lo recuerden distinto- hablando más de lo que ordenaba, escuchando más de lo que convenía a su rango.

Leonidas no era un general que encajara del todo en el molde. En un Ejército acostumbrado al silencio vertical, él cargaba una incomodidad visible: pensaba. Y pensar, en esos años, era un riesgo. Pensar políticamente, todavía más.

Cuando el gobierno de Juan Velasco Alvarado tomó el poder, no todos los oficiales lo hicieron por convicción. Algunos llegaron por disciplina. Otros, por cálculo. Leonidas llegó por fe. Fe en que el Estado podía dejar de ser una máquina distante y convertirse -aunque suene ingenuo- en un instrumento del pueblo.

Desde el Sistema Nacional de Movilización Social – SINAMOS, Leonidas caminó un país que el poder no miraba de frente. Campesinos, dirigentes barriales, sindicatos. No iba a prometer lo que no podía cumplir, pero sí a escuchar. Y escuchar, en ese tiempo, ya era subversivo. Él creía que la revolución no podía hacerse solo desde los cuarteles, que necesitaba cuerpos civiles, voces incómodas, participación real.

Muchos en el propio gobierno militar no lo entendieron. Otros lo toleraron. Algunos lo vigilaron.


El día en que la política se volvió plomo

1975 no fue un año: fue una caída libre. La Guardia Civil se amotinó. Y cuando la policía se levanta, el Estado tiembla. Lima quedó abierta, expuesta, frágil. A expensas de la turbamulta marginal instrumentalizada por el APRA, que por años celebró aquello como una «victoria popular».

El miedo, aquel miércoles 5 de febrero, caminaba por las calles con la misma velocidad que el saqueo. El gobierno tenía que decidir rápido. Y decidió mal para muchos, inevitable para otros.

El Ejército salió. Con tanques.

No hubo diálogo posible.

No hubo tiempo para matices.

Leonidas Rodríguez Figueroa fue parte de esa decisión. Y eso pesa. Pesa porque no se puede hablar de compromiso popular sin mirar de frente a los muertos del Limazo. Él lo sabía. No lo negó. Tampoco lo celebró. En su silencio posterior se notaba que la política, esa que había querido humanizar, se había vuelto una maquinaria que ya no controlaba.

Ese día, la revolución perdió su rostro humano. Y Leonidas perdió algo más íntimo: la certeza.

Lealtad crítica, no obediencia ciega

Velasco Alvarado estaba enfermo, el proyecto agotado, el país crispado. Cuando Morales Bermúdez asumió el poder, Leonidas no se aferró a una lealtad personal. Eligió lo que creyó una salida política. No por ambición -ya no necesitaba ascensos- sino porque entendió que sostener lo insostenible también era una forma de traición.

Poco después, dejó el uniforme. Ese gesto fue político. Profundamente político. Porque en el Perú, dejar el poder cuando aún se tiene no es común. Leonidas eligió otro camino: la política sin armas. Fundó el Partido Socialista Revolucionario -PSR- intentando salvar, desde la legalidad civil, lo que había nacido como revolución militar.

El sistema no se lo perdonó. Lo mandaron lejos. El exilio no fue solo geográfico: fue simbólico.

Volver sin pedir permiso

Desde fuera, siguió pensando el país. Y cuando regresó, lo hizo sin pedir absoluciones. Fue elegido constituyente incluso estando ausente, y alcanzando la cuarta más alta votación de entre los 100 electos. Eso dice algo: que su nombre seguía representando una idea, una memoria, una forma distinta de haber ejercido el poder.

Leonidas Rodríguez Figueroa murió sin unanimidades.
Y quizá eso sea lo más honesto de su legado.
Fue general y fue político.
Fue reformista y fue parte de la represión.
Fue un hombre que creyó que la revolución debía servir al pueblo, pero terminó atrapado en las contradicciones del Estado que intentó transformar.
Esta no es una historia para absolver ni condenar.
Es una historia para recordar.
Porque el Perú también se construyó con hombres así:
con convicciones sinceras,
decisiones dolorosas,
y una política que, cuando se aleja de la gente, termina pareciéndose demasiado a la fuerza. 

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