no debemos considerar lo sucedido con Colombia como un mero conflicto fronterizo, sino como una situación que exige una profunda reflexión nacional
Las recientes declaraciones del gobierno colombiano, a través de su mandatario, sobre un supuesto diferendo limítrofe y la alegación de que Perú habría violado tratados internacionales, han puesto nuevamente de manifiesto la precaria situación de nuestras fronteras. Un diagnóstico, aunque somero, de esta declaración y acusación presidencial, revela muchas de las falencias que tenemos como Estado, incluso a pesar de los hechos que nos favorecen en este caso.
Es fundamental comprender que nuestra soberanía sobre estos territorios limítrofes no debería estar en duda. Sin embargo, más allá del conducto diplomático, esta situación nos obliga a confrontar una realidad de fronteras porosas. Lo que se abordará a continuación, si bien de forma concisa, servirá para evidenciar el peligro y el riesgo inminente en el cual se encuentra nuestra soberanía, así como la notoria ausencia del Estado en nuestros hitos limítrofes.
Para empezar, si bien el conflicto territorial ocasionado por la creación del distrito de Santa Rosa se enmarca en la soberanía del Perú como país, la percepción de una política de resguardo débil —tanto legal como militar— por parte de nuestros vecinos ha permitido que un gobierno colombiano, ya cuestionado por su propia ciudadanía y clase política, construya una narrativa que abra el canal del conflicto.
Este conflicto con Colombia podría ser una advertencia, dado que con Bolivia observamos un patrón similar debido a la profunda crisis que actualmente atraviesa ese país: la crisis económica, el escaso control migratorio, el comercio ilegal y el tráfico de personas. Estas condiciones podrían propiciar que zonas limítrofes sean pobladas gradualmente por ciudadanos bolivianos, sentando las bases para futuros reclamos territoriales.
En cuanto a Chile, nuestros vecinos del sur, siempre han considerado esa frontera un punto de riesgo. Además, la situación actual de nuestro país en materia de inversión, al generar mayores intereses y, a su vez, al percibirse un Estado débil en sus fronteras, exige una revisión exhaustiva de la situación.
En la región amazónica, particularmente en la frontera con Brasil, es evidente el tráfico que, como muchos hemos observado en los medios, involucra actividades propias de la economía ilícita. Además, la ausencia de control estatal en esta zona genera indirectamente las condiciones propicias para que la minería ilegal extraiga y comercialice minerales de forma ilícita.
Por lo tanto, no debemos pretender que lo que sucede con Colombia es una mera aventura de un mandatario cuestionado, sino que, por el contrario, el Perú debe adoptar e implementar una política seria y contundente con respecto a la seguridad de sus fronteras.
Estamos rodeados de gobiernos comunistas, que lo único que buscan es generar caos, zozobra y espantar a inversionistas que podrían venir al Perú, además de más allá de la actual administración el Perú logro sacar del poder a un presidente con tendencia marxista, que nos iba a llevar al despeñadero y quizás eso también los izquierdistas radicales no lo perdonan.
¿Cuál es la lección que tiene que aprender nuestro Estado?
La lección fundamental que el Estado peruano debe aprender de la situación actual es múltiple y abarca varios pilares cruciales para la salvaguarda de nuestra soberanía. En primer lugar, es imperativo garantizar una presencia efectiva y real del Estado en nuestras fronteras, lo que implica la provisión de servicios básicos esenciales como salud, educación, vivienda digna y oportunidades económicas, pilares fundamentales que fortalecerán nuestras zonas limítrofes y mitigarán su inherente vulnerabilidad.
En segundo lugar, nuestras Fuerzas Armadas deben mejorar sustancialmente sus capacidades, pues en los últimos años políticas internas han socavado su desarrollo, cuando, por el contrario, debieron haberse fortalecido, siendo esencial equipararnos al nivel de nuestros vecinos, dado que nuestro poderío militar es un elemento clave para la disuasión. Y finalmente, debemos trabajar activamente con una herramienta que muchos Estados frecuentemente olvidan: el poder blando. Este, concebido como un instrumento clave de contención y de inteligencia estratégica hacia nuestros vecinos, resulta vital en el contexto actual, máxime si consideramos que nuestra Cancillería ha sido históricamente una de las más destacadas de la región.
Así, no debemos considerar lo sucedido con Colombia como un mero conflicto fronterizo, sino como una situación que exige una profunda reflexión nacional y nos enseña que la solidez de nuestras fronteras es el primer paso indispensable para proteger nuestra soberanía.