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OPINIÓN/ Mercenarismo: la muerte vendida como empleo

Escribe: Ricardo Sánchez Serra

 

“No hay ingenuidad posible en el mercenarismo. Quien se enrola no va engañado, va por dinero. Se creen invulnerables, como si fueran superhéroes, y piensan que la guerra será un videojuego”

 

El mercenarismo es una de las prácticas más viles y condenadas por la comunidad internacional. No es oficio ni empleo legítimo, es traición disfrazada de contrato. Quien se enrola como mercenario no es soldado, no es patriota, no es defensor de la justicia: es instrumento de mafias y poderes oscuros que lucran con la necesidad de los pobres y con la codicia de quienes creen que van a trabajar en “seguridad” en países en conflicto -sea Ucrania, Irán o alguna nación africana- cuando en realidad son enviados al frente de batalla.

No hay ingenuidad posible en el mercenarismo. Quien se enrola no va engañado, va por dinero. Se creen invulnerables, como si fueran superhéroes, y piensan que la guerra será un videojuego. Pero la realidad es brutal: no hay pantallas que se reinicien, no hay vidas extras, no hay simulación. No jay reencarnaciones. Hay balas, sangre y muerte. El mercenario sabe que no va a custodiar oficinas, sino a matar y a morir. Esa decisión no es inocencia: es codicia disfrazada de contrato.

Los mercenarios suelen alegar que fueron engañados, pero esa es una coartada aprendida. Es el libreto que les dictan los abogados para despertar compasión y suavizar la condena. La verdad es otra: nadie firma un contrato creyendo que va a un trabajo de oficina en medio de una guerra. Se enrolan por dinero, se creen invulnerables, confunden la guerra con un videojuego y, cuando la muerte los alcanza, buscan refugio en la narrativa del engaño. La sociedad no debe dejarse manipular: el mercenarismo no es ingenuidad, es codicia y traición.

“Las mafias reclutan con promesas de sueldos altos y contratos de seguridad, pero en realidad envían a los incautos a la línea de fuego. Muchos alegan que fueron engañados, pero nadie puede ser tan ingenuo”

La legislación internacional es tajante. El Convenio de la OUA de 1977 y la Convención Internacional de 1989 contra el Reclutamiento y la Financiación de Mercenarios condenan esta práctica. Los mercenarios no son reconocidos como combatientes legítimos ni como prisioneros de guerra bajo la Convención de Ginebra. Si son capturados, pueden ser juzgados y ejecutados según la legislación de cada país. No hay protección, no hay derechos, no hay salvación. El mercenario es un paria de la guerra, un desechable que ni siquiera la ley internacional ampara.

En el Perú, la norma también es clara: quien se enrola para luchar por otro país debe ponerlo en conocimiento de las autoridades. Lo patriótico es morir por la patria, por la familia, por la tierra que nos vio nacer, no por un país que ni se conoce ni se ama. El mercenarismo es irresponsabilidad, negación de la identidad nacional y desprecio por la propia sangre.

“La familia debe oponerse con firmeza a que un ser querido se convierta en mercenario, porque no hay gloria ni honor en esa muerte, solo vergüenza y vacío”

Las mafias reclutan con promesas de sueldos altos y contratos de seguridad, pero en realidad envían a los incautos a la línea de fuego. Muchos alegan que fueron engañados, pero nadie puede ser tan ingenuo. Como decía Séneca: “No hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige.” Quien acepta enrolarse sabe que va a la guerra, sabe que puede morir, sabe que dejará a su familia enlutada, sin protección, con niños huérfanos y hogares destruidos.

El dolor de las familias es inmenso: madres que pierden a sus hijos, esposas que quedan viudas, niños que crecen sin padre. Todo por una decisión irresponsable que nunca debió tomarse. La familia debe oponerse con firmeza a que un ser querido se convierta en mercenario, porque no hay gloria ni honor en esa muerte, solo vergüenza y vacío.

El mercenarismo no es heroísmo, es negocio. No es patriotismo, es traición. No es defensa de la justicia, es complicidad con la barbarie. Los mercenarios no pueden hacerse los inocentes: saben que van a matar y a morir por dinero, no por ideales. La comunidad internacional los condena, la ley los persigue, la historia los desprecia.

“Que nadie se engañe: el mercenarismo no es trabajo, es traición, es infamia, es abominación. Es vender la vida como mercancía y dejar a la familia enlutada y desprotegida”

Hoy más que nunca, cuando las guerras proliferan en Europa, Medio Oriente y África, debemos alzar la voz contra esta práctica. No podemos permitir que mafias recluten a jóvenes peruanos con falsas promesas. No podemos aceptar que la pobreza se convierta en excusa para vender la vida al mejor postor. El Estado debe reforzar la vigilancia y la educación, y la sociedad debe denunciar y rechazar cualquier intento de mercenarismo.

El Papa León XIV, en su reciente visita a África, recordó que la sangre de los mártires es semilla de la Iglesia. En contraste, la sangre de los mercenarios es semilla de la abominación. El mártir muere por la fe, el soldado por la patria, el mercenario por dinero. Y esa diferencia es abismal.

El mercenarismo es ilegal, inmoral y deshumanizante. No hay justificación posible. El verdadero honor está en servir a la patria, en proteger a la familia, en defender la justicia. Morir por un país que no se conoce es morir en vano; morir por la patria es morir con sentido.

Que nadie se engañe: el mercenarismo no es trabajo, es traición, es infamia, es abominación. Es vender la vida como mercancía y dejar a la familia enlutada y desprotegida. Debe ser combatido con la fuerza de la ley, con la conciencia de la sociedad y con el repudio moral más absoluto. El mercenario no es inocente: sabe que va a matar y a morir por dinero, y esa sangre no engendra honor, sino vergüenza eterna.

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