cuando la información se fragmenta, lo que crece no es el conocimiento, sino la confusión.
¡Ya basta,! Cada cierto tiempo, el país entra en un déjà vu colectivo: titulares alarmantes anuncian la llegada de un “Niño extraordinario” o incluso un “súper Niño”, mientras la población oscila entre el miedo y la resignación. Pero en medio del ruido, hay una pregunta incómoda que evitamos responder: ¿el problema es realmente el fenómeno climático o nuestra forma de enfrentarlo?
Desde el punto de vista meteorológico, la respuesta es menos espectacular de lo que muchos quisieran admitir. No se necesita un evento extremo para generar lluvias intensas en la costa norte del Perú. Basta con condiciones relativamente conocidas: un mar más cálido de lo normal, suficiente humedad en la atmósfera y factores locales como la urbanización desordenada o la falta de drenaje adecuado. Es decir, incluso sin un “súper Niño”, los impactos pueden ser significativos.
Entonces, ¿por qué seguimos reaccionando como si cada temporada fuera una sorpresa?
La temporada de lluvias entre diciembre y marzo no es un evento extraordinario. Es un patrón estacional. Sin embargo, año tras año, nuestras ciudades colapsan, los mismos puntos se inundan y las emergencias se repiten casi con exactitud. Esto no habla de la fuerza de la naturaleza, sino de la fragilidad de nuestra planificación.
Pero hay un elemento adicional que agrava esta vulnerabilidad: la forma en que se comunica la información.
La prensa, en su búsqueda de impacto, muchas veces prioriza el titular antes que el contexto. Se amplifican escenarios extremos sin explicar probabilidades, se mezclan conceptos técnicos sin claridad, y se instala en la población una sensación de catástrofe inminente que no siempre se corresponde con la realidad. Informar no es asustar; es explicar.
Por otro lado, han proliferado voces que se presentan como “pronosticadores”, replicando información del extranjero de manera parcial o descontextualizada. No se trata de cuestionar el uso de fuentes internacionales, sino de exigir transparencia y rigor: decir todo, no solo lo que genera más atención. Porque cuando la información se fragmenta, lo que crece no es el conocimiento, sino la confusión.
Y en medio de todo esto, las instituciones del Estado tienen una responsabilidad aún mayor. No basta con producir informes técnicos; deben comunicar con claridad, fortalecer la investigación regional y local y actuar con independencia. Su lealtad no puede estar con la presión mediática ni con narrativas externas, sino con la realidad del país y las necesidades de su población.
Porque cuando falla la información, falla la prevención.
La verdadera discusión no debería ser si viene un evento extraordinario, sino si estamos preparados para lo ordinario. ¿Se limpiaron los drenes? ¿Se identificaron las zonas críticas? ¿Se tomaron decisiones antes de que empiece a llover?
Prepararse para lluvias estacionales normales no es conformismo; es inteligencia. Es construir resiliencia desde lo básico. Y, paradójicamente, es también la mejor defensa frente a eventos más intensos.
Al final, el problema no es el nombre que le ponemos al fenómeno, sino la costumbre de reaccionar tarde. Mientras sigamos esperando que la naturaleza cambie su comportamiento, en lugar de cambiar el nuestro, cada lluvia seguirá pareciendo extraordinaria.
Y quizás ahí está la reflexión más incómoda de todas:
no es que el clima nos sorprenda, es que insistimos en no aprender. Digo Yo.
Un comentario en «OPINIÓN/ ¿Niño extraordinario o negligencia ordinaria?»
Es la verdad, los fenómenos de años tras años en nuestro país; falta un después de, en prevención a largo plazo en las ciudades azotadas por los fenómenos climáticos.
Es la verdad, los fenómenos de años tras años en nuestro país; falta un después de, en prevención a largo plazo en las ciudades azotadas por los fenómenos climáticos.