Entre esplendores, crisis y el riesgo de volver atrás
Hace algún tiempo planteábamos una idea incómoda pero difícil de ignorar: el Perú parece comportarse históricamente como un péndulo. Un país que oscila constantemente entre etapas de consolidación, crecimiento y estabilidad, para luego precipitarse nuevamente hacia periodos de crisis, fragmentación y retroceso.
Hoy, observando el escenario político y electoral que se aproxima, esa percepción parece adquirir todavía más sentido. Porque el fenómeno no es reciente. Acompaña prácticamente toda nuestra historia.
Aunque conocemos parcialmente el desarrollo y ocaso de las grandes culturas preincaicas, sabemos que este territorio fue capaz de construir civilizaciones extraordinarias mucho antes de Europa moderna. La antiquísima Civilización Caral demuestra que hace más de cinco mil años ya existían aquí complejas formas de organización social, comercio y planificación urbana.
Más adelante surgirían culturas como los mochicas, chimúes y otras sociedades andinas que alcanzarían elevados niveles de ingeniería, agricultura y organización política.
Sin embargo, muchas desaparecieron abruptamente o fueron absorbidas por nuevos poderes.
El péndulo ya estaba allí.
Siglos después, el Tahuantinsuyo alcanzaría probablemente el mayor nivel de integración política de toda Sudamérica prehispánica. Bajo el liderazgo de Pachacútec, el pequeño reino cusqueño se transforma en un imperio continental. Y bajo Huayna Cápac alcanza su máxima expansión territorial.
Pero nuevamente surge el péndulo de la división.
La guerra civil entre Huáscar y Atahualpa debilita profundamente al imperio justo cuando llegan los españoles. El Tahuantinsuyo cae fracturado internamente.
La historia peruana parecería repetir constantemente una misma advertencia: los grandes colapsos nacionales suelen comenzar primero por las divisiones internas.
Posteriormente, el Virreinato del Perú se convierte en una de las estructuras políticas y económicas más importantes del mundo hispánico. Lima llegó a rivalizar con importantes capitales europeas y concentraba enorme influencia sobre gran parte de Sudamérica.
Pero nuevamente el péndulo cambia de dirección.
Las reformas borbónicas y la creación del Virreinato del Río de la Plata reducen drásticamente el poder económico limeño al perder el control de las rutas de la plata altoperuana hacia el Atlántico. Luego llegarían las guerras de independencia, el endeudamiento republicano y el fracaso del proyecto integrador de Simón Bolívar.
La joven república peruana nace fragmentada, debilitada y atrapada en el caudillismo militar.
Sin embargo, el país vuelve a levantarse.
Durante el siglo XIX, el Perú vive importantes ciclos de prosperidad gracias al guano, el salitre y posteriormente el caucho. Figuras como Ramón Castilla impulsan modernización, infraestructura y consolidación estatal.
Pero nuevamente aparecen los riesgos estratégicos.
La Guerra del Pacífico no puede entenderse únicamente como un conflicto territorial. Detrás existían enormes intereses económicos internacionales vinculados al salitre, particularmente capitales británicos asociados a compañías que operaban en territorios bolivianos y peruanos.
El detonante inmediato fue el cambio de condiciones tributarias sobre la explotación salitrera en Antofagasta. En términos modernos, podría compararse con una ruptura abrupta de contratos estratégicos sobre recursos naturales.
La respuesta fue militar.
Y allí emerge otro momento crítico del péndulo peruano: la fragilidad regional.
El Perú mantenía un tratado defensivo con Bolivia, mientras Argentina observaba con cautela el equilibrio geopolítico sudamericano. Sin embargo, Buenos Aires termina priorizando sus disputas territoriales con Chile respecto a la Patagonia y evita involucrarse en una guerra continental. Bolivia, por su parte, tampoco logra sostener un esfuerzo militar consistente.
El Perú queda prácticamente solo frente a Chile.
El resultado fue devastador: ocupación de Lima, destrucción económica y uno de los traumas más profundos de nuestra historia republicana.
Pero nuevamente el Perú se reconstruye.
A inicios del siglo XX, durante la llamada República Aristocrática, el país recupera estabilidad y competitividad global. El Perú se convierte en uno de los principales exportadores mundiales de azúcar y fortalece nuevamente su presencia internacional.
Décadas después volvería a hacerlo con minerales, harina de pescado y, en tiempos recientes, con la agroexportación moderna. Hoy el Perú lidera mercados globales de arándanos, uvas, paltas y otros productos agrícolas de alto valor agregado.
La historia demuestra que el Perú sí tiene capacidad de alcanzar prosperidad y liderazgo internacional.
El problema nunca fue únicamente la falta de recursos.
El verdadero problema ha sido la incapacidad de sostener estabilidad institucional prolongada.
La reforma militar de Juan Velasco Alvarado representa otro brusco movimiento pendular. Bajo un discurso de transformación social, el país experimenta estatizaciones, destrucción de sectores productivos competitivos y un severo deterioro económico.
Luego llegarían la hiperinflación, la crisis del Estado y el terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA.
El país parecía nuevamente al borde del colapso.
Posteriormente, el gobierno de Alberto Fujimori logra estabilizar la economía, derrotar militarmente al terrorismo y sentar las bases de un nuevo ciclo de crecimiento que permitió al Perú vivir más de dos décadas de expansión económica relativamente sostenida.
Pero el problema peruano nunca desapareció completamente.
Han transcurrido ya más de veinticinco años desde aquella estabilización, y prácticamente todos los gobiernos democráticos posteriores han terminado severamente cuestionados por corrupción. Expresidentes encarcelados, procesados o investigados reflejan el profundo deterioro de la credibilidad política nacional.
La población percibe además un progresivo debilitamiento institucional. Diversos sectores consideran que estructuras clave del Estado —incluyendo partes del sistema judicial, fiscal, organizaciones sindicales y espacios universitarios— fueron permeadas por corrientes ideológicas radicalizadas o por una burocracia pseudoizquierdista que, pese a beneficiarse del crecimiento económico generado tras las reformas de los años noventa, mantiene un discurso permanentemente confrontacional contra el propio modelo que permitió la estabilización del país.
Allí aparece nuevamente el péndulo.
Porque mientras el Perú logra avances económicos importantes, simultáneamente crece el descontento social, la fragmentación política y la narrativa antisistema, especialmente en sectores históricamente excluidos del mundo andino y rural que sienten que el crecimiento nunca llegó plenamente a ellos.
Y ese es precisamente el gran peligro histórico.
Cuando una sociedad pierde confianza en sus instituciones, las propuestas de ruptura total comienzan a ganar espacio. No importa cuánto crecimiento haya existido antes; el péndulo empieza nuevamente a moverse hacia posiciones extremas.
El próximo proceso electoral no definirá solamente un cambio de gobierno.
Lo que realmente está en juego es si el Perú será capaz de romper finalmente este ciclo histórico de autodestrucción pendular o si volverá otra vez a desmontar las estructuras que le permitieron alcanzar estabilidad y crecimiento.
Porque la historia peruana deja una lección muy clara: las naciones no colapsan únicamente por amenazas externas.
Colapsan sobre todo cuando sus divisiones internas terminan destruyendo la continuidad estratégica necesaria para sostener el desarrollo.