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OPINIÓN/ Cuando el cálculo reemplaza al coraje: la renuncia moral de los tibios

Escribe: Fernando Peña Aranibar

La neutralidad aparente, en determinados momentos históricos, no es equilibrio: es evasión.

Hay una vieja enfermedad de la política peruana que se repite con puntualidad casi ceremonial: la incapacidad de ciertos personajes públicos para asumir una posición firme cuando la historia exige definición. Prefieren el matiz oportunista, el cálculo pequeño, la ambigüedad elegante. Hablan como si estuvieran por encima de las disputas del país, cuando en realidad solo están evitando el costo moral de definirse. Y pocas cosas resultan más dañinas para una nación que quienes, pudiendo inclinar la balanza hacia la responsabilidad democrática, terminan escondiéndose detrás de discursos tibios y gestos cuidadosamente calculados.

Aquellos tibios, aquellos calculadores, representan precisamente esa tragedia menor de la política nacional: la de quienes tuvieron la posibilidad de actuar como un fiel de la balanza razonable y acabaron deslizándose, con disimulo y sin valentía, hacia indefiniciones medrosas, hacia moradas conformistas y sin brillo que tanto han mellado a la política peruana. No se trata aquí de una discrepancia ideológica legítima      -que en democracia siempre es válida-, sino de una renuncia silenciosa al deber elemental de defender principios claros frente al deterioro institucional y la mediocridad política.

Porque el problema no es únicamente hacia dónde se inclinan, sino cómo lo hacen. Con medias palabras. Con silencios estratégicos. Con esa actitud tan propia de personajes que desean conservar prestigio en todos los salones sin asumir plenamente las consecuencias de sus posiciones. En tiempos normales, esa ambigüedad podría pasar por prudencia; en tiempos de crisis, se convierte en cobardía política.

El Perú ha sufrido demasiado por culpa de dirigentes incapaces de llamar las cosas por su nombre. Durante décadas hemos visto cómo buena parte de nuestra clase política prefiere acomodarse al clima dominante antes que defender con convicción aquello que dice representar. Y cuando aparecen figuras que podrían ofrecer equilibrio, sensatez o moderación responsable, terminan muchas veces absorbidas por el mismo oportunismo que prometían combatir.

Esos casos resultan particularmente decepcionantes porque existía la expectativa de unas voces distintas: políticos capaces de actuar con independencia frente a los extremos, que entendieran que el país necesita más carácter y menos cálculo. Sin embargo, lo que se percibe es otra cosa: una soterrada inclinación progresiva hacia la expresión más pobre y agotada de la política peruana, aquella que vive atrapada entre el resentimiento ideológico, la incapacidad de autocrítica y la indulgencia frente a proyectos que han demostrado su fracaso moral y práctico.

Y eso tiene un costo. No solo para su propia credibilidad, sino para la calidad del debate público. Porque cuando quienes poseen formación, experiencia y visibilidad eligen refugiarse en posiciones ambiguas o complacientes, terminan legitimando la degradación del escenario político nacional. La neutralidad aparente, en determinados momentos históricos, no es equilibrio: es evasión.

La patria -palabra que algunos consideran anticuada, pero que sigue teniendo un peso moral enorme- exige algo más que discursos inteligentes y fingidas poses. Exige coraje. Exige la capacidad de asumir responsabilidades frente a la historia y aceptar el desgaste que implica defender principios incluso cuando hacerlo resulta incómodo. Quienes aspiran a representar dignamente a la población no pueden limitarse a observar desde la tribuna ni acomodarse según soplen los vientos ideológicos del momento.

Porque, al final, el país no se hunde únicamente por culpa de los radicales o los incompetentes. También se erosiona por la pasividad elegante de quienes, pudiendo marcar una diferencia, prefieren la comodidad del cálculo político, de la falsa consecuencia. Y esa, quizá, es una de las formas más inadmisibles de cobardía pública. 

Un comentario en «OPINIÓN/ Cuando el cálculo reemplaza al coraje: la renuncia moral de los tibios»

  • No lo dice, pero se refiere al excandidato Jorge Nieto Montesinos.

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