El resultado es evidente: hoy el Perú, pese a ser un país que por su compleja geografía debería poseer una cultura y una infraestructura aeronáutica mucho más desarrolladas, mantiene uno de los parques aeronáuticos más reducidos y atrasados de la región
El aeródromo de Collique no era un terreno perteneciente al Estado. Fue un patrimonio histórico de la aviación civil peruana, adquirido y desarrollado durante décadas gracias al aporte económico, las donaciones y el esfuerzo de miles de ciudadanos, pilotos, empresarios y familias vinculadas a la actividad aeronáutica nacional. Allí funcionaban la histórica Escuela de Aviación Civil del Perú EDACI y el Aeroclub del Perú, instituciones fundamentales para la formación de pilotos, técnicos y personal aeronáutico, además de constituir uno de los principales espacios de promoción de la aviación civil y deportiva del país.
Pero durante el segundo gobierno de Alan García Pérez, el Estado inició una de las operaciones más cuestionadas en la historia de la aviación civil peruana, percibida por numerosos sectores aeronáuticos como una verdadera traición al legado y desarrollo de la aviación civil nacional.
Años 2006–2007
Desde el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, bajo la gestión del entonces ministro, y con participación de funcionarios de la Dirección General de Aeronáutica Civil encabezada por su director, se inició el proceso orientado al desalojo y cierre progresivo de las operaciones aéreas de Collique para destinar posteriormente el terreno al desarrollo de un megaproyecto inmobiliario.
El cuestionado argumento oficial, ampliamente difundido mediáticamente, fue que Collique era un aeródromo obsoleto y peligroso, y que su venta permitiría construir una nueva escuela de aviación con infraestructura moderna, tecnología de última generación y nuevas aeronaves destinadas a fortalecer la formación aeronáutica nacional.
Como parte de la estrategia tendenciosa orientada a convencer a la opinión pública, se desarrollaron y promocionaron en diversos medios de comunicación y las redes sociales videos y presentaciones en 3D mostrando el supuesto “nuevo complejo aeronáutico” que reemplazaría a Collique. Las imágenes exhibían modernas instalaciones, hangares, simuladores, aeronaves de instrucción y una infraestructura que prometía convertir al nuevo centro en un referente de la formación aeronáutica nacional:
pista de vuelo para instrucción y entrenamiento aeronáutico,
plataforma para aeronaves,
torre de control,
radioayudas a la navegación de última generación,
edificios administrativos,
nueva escuela aeronáutica,
hangares para EDACI,
hangares y edificaciones para que se instalen escuelas privadas,
infraestructura moderna para la aviación deportiva y de instrucción.
Todo fue presentado como un gran salto tecnológico que permitiría reemplazar las antiguas instalaciones de Collique y brindar mejores facilidades a las dignas pero modestas infraestructuras desde las cuales operaban y continúan operando hasta hoy muchas escuelas de vuelo y gran parte de la aviación deportiva y civil del Perú.
Año 2008
El terreno fue transferido y posteriormente vendido en una operación rodeada de críticas y cuestionamientos sobre valorización, transparencia y legitimidad, considerando que gran parte del patrimonio había sido adquirido y construido mediante aportes privados y donaciones destinadas a fines netamente aeronáuticos, no inmobiliarios.
El discurso político y mediático fue cuidadosamente elaborado. Se utilizó la necesidad de vivienda social como argumento central para justificar la desaparición de la principal cuna histórica de la aviación civil peruana.
Para muchos miembros de la comunidad aeronáutica, el engaño fue milimétricamente calculado y mediáticamente promocionado para consumar el asalto a Collique, neutralizar la oposición pública y facilitar un gigantesco negocio inmobiliario.
Como corolario de este cuestionado negocio, se anunció la creación de un fideicomiso de más de 57 millones, destinado exclusivamente a financiar la nueva escuela aeronáutica y renovar completamente la flota de instrucción.
Se prometió públicamente:
nueva infraestructura,
hangares modernos,
simuladores,
nuevas aeronaves de instrucción,
continuidad del legado aeronáutico de Collique.
Sin embargo, siguen pasando los años y nada de eso ocurrió. Collique desapareció físicamente, pero la escuela prometida jamás se materializó.
EDACI fue posteriormente trasladada a la Base Aérea Las Palmas como una solución que originalmente debía ser temporal. Sin embargo, con el paso de los años, aquella condición provisional terminó convirtiéndose en permanente, ocupando espacios que debieron destinarse al verdadero Museo Aeronáutico de la Fuerza Aérea del Perú: un lugar concebido para preservar y exhibir la historia viva de la institución mediante la presentación y adecuada conservación de aeronaves, equipos y material histórico que durante décadas estuvieron al servicio de la defensa de la soberanía nacional y del apoyo al desarrollo social y económico del país.
Un espacio que pudo y aún podría convertirse en un punto de encuentro entre las nuevas generaciones y la historia reciente de la aviación peruana, así como en un lugar de reencuentro para miles de aviadores, técnicos y personal que pasaron por la institución a lo largo de décadas. Porque un país que pierde o ignora su historia termina debilitando también su identidad y el vínculo de sus ciudadanos con la nación.
Casi dos décadas después:
la Fuerza Aérea del Perú aún no cuenta con el verdadero museo aeronáutico que constituye no solo un deber con la historia del país, sino también un reconocimiento permanente a las generaciones que sirvieron durante décadas a la defensa de la soberanía nacional y al desarrollo del Perú,
no existe una escuela aeronáutica equivalente,
no apareció la flota moderna prometida,
no existe transparencia pública clara sobre el destino integral de los 57 millones,
tampoco sobre los intereses generados durante todos estos años.
El silencio institucional de la sucesión de autoridades en la Dirección General de Aeronáutica Civil, responsables de la custodia de los fondos, así como de los sucesivos gobiernos, ha sido interpretado por muchos sectores aeronáuticos como una forma de complicidad, encubrimiento o abandono deliberado del patrimonio aeronáutico nacional.
Para numerosos pilotos, instructores y exalumnos de Collique, lo ocurrido representó no solo la pérdida de un aeródromo histórico, sino también un episodio que perdurará por siempre en la memoria de la comunidad aeronáutica como la traición de un gobierno y la destrucción progresiva de uno de los principales centros de desarrollo aeronáutico civil del Perú para favorecer intereses inmobiliarios, políticos y personales.
Hoy, mientras enormes edificios ocupan los antiguos terrenos de Collique, siguen vigentes las mismas preguntas:
¿Dónde están exactamente los 57 millones del fideicomiso?
¿Cuánto generaron en intereses?
¿Quién administró esos recursos?
¿Quién fiscalizó y fiscaliza su uso?
¿Y por qué, después de tantos años, el país no tiene la escuela aeronáutica moderna que prometieron para justificar la tan entusiasta desaparición de Collique?
La consecuencia de todo ello es visible hoy. Muchos jóvenes que sueñan con iniciar una carrera en aviación terminan migrando al extranjero para poder estudiar y desarrollarse profesionalmente. Y aunque las escuelas privadas que aún sobreviven en el Perú realizan enormes esfuerzos para enfrentar la burocracia estatal y la falta de incentivos de los sucesivos gobiernos para mantenerse operativas, la realidad es que gran parte de la infraestructura disponible en el país pertenece prácticamente a una aviación que quedó detenida en el tiempo.
Esa precariedad y falta de visión estratégica limitan seriamente el desarrollo eficiente de la instrucción aeronáutica, la aviación general, la aviación deportiva y actividades como el paracaidismo deportivo.
Mientras otros países de la región fortalecen sus centros aeronáuticos, promueven e incentivan la aviación general, ejecutiva, deportiva y de helicópteros, modernizan sus aeródromos y consolidan políticas orientadas a la formación de pilotos y técnicos, el Perú continúa descuidando su principal semillero aeronáutico sin haber logrado reemplazarlo realmente.
El resultado es evidente: hoy el Perú, pese a ser un país que por su compleja geografía debería poseer una cultura y una infraestructura aeronáutica mucho más desarrolladas, mantiene uno de los parques aeronáuticos más reducidos y atrasados de la región, acompañado además de una burocracia estatal que muchas veces desincentiva más de lo que impulsa, desperdiciando así décadas de experiencia, tradición y enorme potencial para el desarrollo de la aviación nacional.