El grave riesgo de volver a los 80. Y es una de las principales razones para decidir nuestro voto este domingo en el Día de la Bandera, en el día en que nos convocan los espíritus patrióticos de Francisco Bolognesi y de Alfonso Ugarte e incluso la mirada señera de Roque Sáenz Peña desde el cielo argentino.
Si alguna época atroz vivimos los peruanos fueron los años 80 y 90 del siglo pasado. No importa si no habíamos nacido aún (perdonen que me incluya, yo ya estaba en los 20 y camino a los 30). En el peor de los casos, nuestros padres o abuelos nos deben haber contado la tragedia económica y política de entonces. Desabastecimiento en medio de apagones y falta de agua de cualquier temperatura. Precios descontrolados y paros armados. Ausencia de casi todo menos de coches-bomba y homicidios vesánicos. Buscábamos la recuperación de la democracia con cierta vergüenza y la sobrevivencia con desesperación.
En ese marco insurgió Sendero Luminoso como protagonista paralelo que luego tomó el papel principal. Un grupo marginal de cero producción intelectual (no conozco ningún libro de Abimael Guzmán) de pronto era el centro de la noticia. La izquierda en la democracia renaciente se debatía entre la inserción en el régimen parlamentario y la simpatía que despertaba en algunos (no pocos) la no tan vieja prédica de la guerra popular liberadora.
La Izquierda Unida nació herida de muerte por Sendero Luminoso. Los Barrantes, los Bernales, los Figari o los Degregori eran muy inteligentes y seguramente admirables pero se movían entre aguas turbulentas y terminaron ahogados en ellas. Pero también había los Letts, los Diez Canseco y afines, que coqueteaban animosamente con la banda criminal de Guzmán y que le daban cobertura y hasta afecto. Si faltaba el puntillazo, el oropel de los cargos públicos se llevó consigo el prestigio de muchos otros dirigentes de izquierda.
La receta de Sendero era simple: atentar contra la infraestructura, asesinar cuadros y autoridades políticas, masacrar a las comunidades que no se sometían a sus designios, aliarse con economías ilegales (entonces el narcotráfico campeaba) e infundir terror en la sociedad. En medio de su delirio, Guzmán llegó a creer, a fines de los 80, que había alcanzado el equilibrio estratégico y que estaba a punto de tomar el poder. Por supuesto, se estrelló contra su propia alucinación.
Aquí vino el peor error del dúo Fujimori-Montesinos tras la captura de la cúpula de Sendero Luminoso, incluido el alias Presidente Gonzalo. Suscribir el Acuerdo de Paz con Guzmán, dándole condición de fuerza beligerante que se rendía pero que se proclamaba al mismo tiempo fuerza política con un giro de timón: renuncia transitoria a la lucha armada y conversión en un movimiento por la amnistía y los derechos fundamentales. De allí viene MOVADEF.
Como es lógico, hubo una especie de teatralización interna. Sendero se “dividió” entre los Acuerdistas (que seguían la nueva línea de Guzmán) y la fracción llamada Proseguir (que proponía continuar la lucha armada). La verdad sea dicha, era en realidad una suerte de “división del trabajo”: los Acuerdistas intentaban constituirse en el partido más radical de la izquierda mientras Proseguir se instalaba en el VRAEM y en el Huallaga en clara alianza con el narcotráfico para asegurar el flujo de dinero negro.
Sendero nunca desapareció
En resumen, Sendero nunca desapareció. Se disfrazó de MOVADEF, CONARE, FENATE o de la Banda de los hermanos Quispe Palomino (que sigue haciéndose llamar Militarizado Partido Comunista del Perú). No tengo la menor duda de que ahora entronca una alianza con la economía criminal del oro, de mucha mayor rentabilidad que el tráfico de drogas. Ni tampoco con otras modalidades delictivas: trata de personas, extorsión y sicariato por lo menos, en los ámbitos de su control territorial.
Mientras tanto, la quiebra de Izquierda Unida en los 90 condujo a una especie de usurpación de la representación de esa fuerza política, cuyo rol fue asumido progresivamente por las llamadas “organizaciones de la sociedad civil”, que sólo representan a sus financiadores. Porque cuando uno recibe dinero para hacer política, de un modo u otro, se convierte en mercenario. Excepto Patria Roja, que conduce el SUTEP, que a su vez dirige la Derrama Magisterial, la izquierda de otrora ya no existe. Por eso Sendero (como sea que se llame) quiere o controlar el SUTEP o cambiar la normatividad de la Derrama Magisterial.
Y estuvo a punto de lograrlo con Castillo y lo seguirá intentando. Esa es la historia de la economía de Sendero Luminoso. Primero, se apropió de los recursos presupuestales del Universidad San Cristóbal de Huamanga y después tomó la Academia César Vallejo como su caja chica. Luego se trazó la estrategia de controlar los comedores y las residencias de muchas universidades públicas. En síntesis, Sendero siempre fue una banda criminal. Nada de extraño tiene que se expanda ni que vaya ampliando sus actividades.
Tampoco tiene nada de extraño que más de una ONG establezca una relación simbiótica con Sendero. Atacar y perseguir a las fuerzas del orden se ha convertido en gran negocio, al tiempo que se distorsiona la historia a cambio de suculentos financiamientos y beneficios.
Eso es lo que está sucediendo hoy ante nosotros. El grave riesgo de volver a los 80. Y es una de las principales razones para decidir nuestro voto este domingo en el Día de la Bandera, en el día en que nos convocan los espíritus patrióticos de Francisco Bolognesi y de Alfonso Ugarte e incluso la mirada señera de Roque Sáenz Peña desde el cielo argentino.