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OPINIÓN/ Crecer no siempre significa avanzar

Escribe: Eco. José Soto Lazo

jsoto2503@gmail.com

 

el éxito de un país no debería medirse únicamente por el tamaño de su economía, sino por la calidad de vida de quienes lo habitan.

En el debate público suele repetirse que un país “está mejor” cuando su economía crece. Si aumentan las exportaciones, sube la inversión o mejora el producto bruto interno, muchos consideran que automáticamente la población vive mejor. Sin embargo, la realidad demuestra que crecimiento económico y desarrollo humano no son exactamente lo mismo. Pueden relacionarse, pero no siempre avanzan al mismo ritmo.

El crecimiento económico se refiere, principalmente, al aumento de la producción de bienes y servicios de un país. Es decir, mide cuánto crece la economía en términos de riqueza material. Cuando un país produce más, vende más y atrae inversiones, suele decirse que está creciendo. Para medir este avance se utilizan indicadores como el Producto Bruto Interno (PBI), el nivel de consumo o las exportaciones.

Sin duda, el crecimiento económico es importante. Ningún país puede combatir la pobreza o generar empleo sin una economía dinámica. Las empresas necesitan producir, el comercio debe funcionar y el Estado requiere recursos para financiar servicios públicos. Una economía estancada generalmente trae desempleo, menor inversión y descontento social.

Pero el problema aparece cuando se cree que el crecimiento económico, por sí solo, resolverá todos los problemas de una sociedad. La experiencia internacional demuestra que un país puede crecer durante años y, aun así, mantener enormes desigualdades, servicios públicos deficientes y millones de personas sin oportunidades reales.

Allí aparece el concepto de desarrollo humano. Este enfoque no solo se pregunta cuánto dinero produce un país, sino también cómo viven las personas. El desarrollo humano analiza si la población tiene acceso a educación de calidad, servicios de salud adecuados, seguridad, empleo digno y posibilidades de construir un proyecto de vida.

En otras palabras, mientras el crecimiento económico se concentra en la riqueza, el desarrollo humano se concentra en las personas.

Un país puede mostrar grandes cifras macroeconómicas y, al mismo tiempo, tener niños con desnutrición, escuelas precarias o trabajadores informales sin protección social. También puede existir crecimiento en determinadas regiones mientras otras permanecen abandonadas. Cuando eso ocurre, el beneficio económico no llega de manera equitativa a toda la sociedad.

Por eso, organismos internacionales como Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo impulsaron indicadores más amplios, como el Índice de Desarrollo Humano, que incorpora factores como esperanza de vida, educación e ingresos. La idea central es sencilla: el verdadero progreso no debe medirse únicamente por el dinero que produce un país, sino por las oportunidades reales que tienen sus ciudadanos.

El Perú ha vivido esta contradicción en distintos momentos de su historia. Durante varios años registró importantes tasas de crecimiento económico, impulsadas principalmente por las exportaciones y la inversión minera. Sin embargo, muchas zonas del país continuaron enfrentando problemas de agua potable, inseguridad, baja calidad educativa y servicios de salud insuficientes. Es decir, la economía avanzaba más rápido que las condiciones de vida de millones de personas.

Esto no significa que el crecimiento económico sea negativo o innecesario. Todo lo contrario. El desarrollo humano necesita recursos económicos para sostener hospitales, carreteras, universidades y programas sociales. El problema aparece cuando el crecimiento se convierte en un objetivo aislado y se olvida que la economía debería estar al servicio de las personas.

La gran diferencia entre ambos conceptos radica precisamente allí: crecer significa producir más; desarrollarse significa vivir mejor.

Una sociedad verdaderamente moderna no es aquella donde solo aumentan las cifras económicas, sino aquella donde las personas tienen oportunidades, dignidad y esperanza de futuro. Porque al final, el éxito de un país no debería medirse únicamente por el tamaño de su economía, sino por la calidad de vida de quienes lo habitan.

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