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OPINIÓN/ Cuando quedarse deja de ser un acto de servicio, la permanencia se convierte en indignidad

Escribe: Fernando Peña Aranibar

1permanecer en el cargo sin resultados suficientes no es necesariamente sinónimo de perseverancia.

Nadie puede desconocer que el general Óscar Arriola tuvo una participación importante en la lucha contra el terrorismo. Su paso por las divisiones especializadas de la Policía Nacional del Perú estuvo asociado a una etapa particularmente difícil de nuestra historia, cuando enfrentar al terrorismo exigía valor, preparación, inteligencia y, sobre todo, una enorme cuota de sacrificio. Ese reconocimiento, por tanto, corresponde hacerlo sin mezquindades.

Pero una cosa es reconocer la trayectoria de un policía y otra, muy distinta, es pretender que ese reconocimiento sea suficiente para justificar su permanencia en un cargo cuando la ciudadanía expresa, cada vez con mayor claridad, su rechazo y su desconfianza.

Hoy el general Óscar Arriola ocupa la Comandancia General de la Policía Nacional y es precisamente desde esa responsabilidad que debe ser evaluado. No por lo que hizo ayer, sino por lo que está haciendo hoy. Y allí es donde aparecen las preguntas que nadie debería eludir.

¿Está la Policía Nacional respondiendo adecuadamente frente al crecimiento del sicariato? ¿Está dando resultados frente a la delincuencia común? ¿Está devolviendo a los ciudadanos esa sensación elemental de seguridad que hace mucho tiempo hemos perdido? ¿Está la institución policial cumpliendo con la responsabilidad que la sociedad le ha confiado?

La respuesta que encontramos en las calles no parece ser alentadora.

La ciudadanía reclama. La gente tiene miedo. Los comerciantes viven preocupados. Los transportistas sienten que pueden convertirse en víctimas en cualquier momento. Las familias miran con angustia lo que ocurre alrededor de sus viviendas y los ciudadanos comunes comienzan a preguntarse hasta cuándo tendrán que vivir encerrados mientras la delincuencia gana espacios.

Y frente a esa realidad, la Policía Nacional no puede limitarse a explicar, justificar o anunciar. Tiene que actuar.

Porque un comandante general no ocupa ese cargo para administrar la institución desde un escritorio. Lo ocupa para conducirla, para responder ante las circunstancias más difíciles y, fundamentalmente, para garantizar que la Policía esté donde el ciudadano la necesita.

Aquí aparece un asunto que considero todavía más delicado: la dignidad del cargo.

Cuando una autoridad sabe que existe un creciente rechazo ciudadano hacia su gestión, cuando las críticas dejan de ser aisladas y se convierten en una percepción extendida, corresponde preguntarse si permanecer en el puesto es realmente un acto de responsabilidad o simplemente una forma de aferrarse al poder.

Y no hay nada más indigno para una autoridad que confundir el ejercicio de un cargo con un derecho personal a permanecer en él.

Los cargos públicos no son propiedad de quienes los ocupan. Son responsabilidades temporales otorgadas para servir. Y cuando esa responsabilidad deja de cumplirse adecuadamente, cuando los resultados no aparecen y cuando la confianza ciudadana se pierde, lo mínimo que debería existir es la capacidad de hacer una autocrítica.

No se trata de desconocer la trayectoria del general Arriola. Tampoco de borrar sus méritos como oficial de la Policía. Se trata, sencillamente, de entender que ningún mérito del pasado puede convertirse en un cheque en blanco para el presente.

La lucha contra el terrorismo fue una etapa de nuestra historia que merece reconocimiento para quienes arriesgaron su vida enfrentándolo. Pero el Perú de hoy enfrenta otra amenaza: una delincuencia que mata por encargo, que extorsiona, que asalta, que cobra cupos y que ha convertido el miedo en parte de la vida cotidiana de millones de peruanos.

Y frente a esa nueva realidad necesitamos una Policía Nacional mucho más eficiente, mucho más cercana al ciudadano y, sobre todo, capaz de producir resultados.

No podemos acostumbrarnos a que cada asesinato sea seguido por declaraciones oficiales, investigaciones que se anuncian y operativos que se comunican, mientras en las calles la sensación de inseguridad permanece intacta.

La ciudadanía no quiere discursos. Quiere resultados.

Quiere policías en las calles. Quiere inteligencia operativa. Quiere investigación criminal. Quiere prevención. Quiere capacidad de reacción. Quiere recuperar la tranquilidad que poco a poco le han ido arrebatando.

Por eso, la discusión sobre la permanencia del general Óscar Arriola al frente de la Policía Nacional no debería convertirse en una defensa corporativa ni en una disputa política. Debería ser una discusión sobre resultados, responsabilidad y dignidad institucional.

Porque cuando un funcionario público advierte que la institución que conduce es cuestionada y que la ciudadanía ha perdido confianza en su gestión, tiene dos caminos: puede aferrarse al cargo y resistir las críticas, o puede entender que servir al país también significa saber cuándo dar un paso al costado.

Y quizá allí esté la verdadera grandeza de quien alguna vez vistió el uniforme para defender al Perú.

Porque la dignidad no consiste solamente en haber cumplido bien una misión en el pasado. La dignidad también consiste en saber reconocer cuándo las circunstancias han cambiado, cuándo las respuestas ya no son suficientes y cuándo el interés del país está por encima de cualquier permanencia personal.

El Perú necesita una Policía que vuelva a inspirar respeto y confianza. Necesita una institución que no llegue después del crimen, sino que sea capaz de anticiparse a él. Necesita autoridades que comprendan que la seguridad ciudadana no es una estadística ni una conferencia de prensa: es la vida de nuestros ciudadanos.

Y si la gestión del actual comandante general no está consiguiendo responder a esa exigencia, entonces corresponde decirlo sin rodeos, con respeto pero también con firmeza.

Porque en democracia nadie debería sentirse dueño de un cargo.
Y mucho menos cuando la ciudadanía, que finalmente es a quien se debe servir, está diciendo a gritos que algo no está funcionando.

La historia reconocerá los méritos de quienes enfrentaron al terrorismo. Pero será el presente el que juzgue la capacidad de quienes hoy tienen la enorme responsabilidad de enfrentar al sicariato, la extorsión y la delincuencia que están poniendo de rodillas a nuestra sociedad.

Y frente a ello, permanecer en el cargo sin resultados suficientes no es necesariamente sinónimo de perseverancia.

A veces, sencillamente, puede ser falta de dignidad. 

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