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OPINIÓN/ Pobreza y anemia infantil en el Perú: nacer pobre significa iniciar la vida con menos oportunidades

Escribe: Mg. Ing. José Antonio Mansen Bellina

 

La anemia infantil sigue siendo una de las deudas sociales y sanitarias más importantes del Perú, no es un problema nuevo ni fruto de la ausencia de políticas públicas.

Durante años, el Estado ha implementado programas de suplementación, controles de crecimiento, tratamiento y estrategias multisectoriales, sin embargo, los resultados siguen siendo preocupantes: uno de cada tres niños de 6 a 35 meses presenta anemia.

Según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES, 2025) la prevalencia nacional alcanzó el 34,9%; aunque representa una reducción frente al 43,1% de 2023, aún supera el 31,4% registrado antes de la pandemia, pero el promedio nacional oculta una realidad más compleja: la anemia no se distribuye de manera uniforme.

Afecta con mayor intensidad a los niños de hogares pobres, de áreas rurales y de departamentos como Puno (56,1%), Loreto (45,6%) y Madre de Dios (44,5%).

Desigualdad territorial y urbano-rural

La brecha entre el campo y la ciudad es profunda: en el área rural, la anemia alcanza el 43,2%, mientras que en la urbana se reduce al 31,5%.

Esta diferencia no es casual: refleja el acceso desigual a agua segura, saneamiento, servicios de salud y alimentación nutritiva. También, la geografía importa: no es  lo mismo nacer en Lima, que en una comunidad amazónica o altoandina.

Pobreza y anemia: una relación estructural

La relación entre pobreza y anemia es evidente. En el quintil más pobre, la prevalencia alcanza el 47,5%, mientras que en el de mayor bienestar desciende al 22,8%. Una familia con bajos ingresos enfrenta múltiples privaciones: vivienda inadecuada, falta de agua segura, saneamiento deficiente, mayor exposición a infecciones, dificultades de acceso a salud e inseguridad alimentaria.

La pobreza actúa como un multiplicador de riesgos, pero no determina mecánicamente la anemia; aumenta la probabilidad de que diversos factores se acumulen.

Anemia como pobreza multidimensional

Siguiendo a Amartya Sen, la pobreza no es solo insuficiencia de ingresos, sino privación de capacidades. Un niño no controla sus ingresos familiares ni decide dónde vive o qué come. Cuando nace en un hogar pobre, sus condiciones de desarrollo están determinadas por circunstancias fuera de su control.

La anemia se convierte así en una privación temprana de capacidades, que puede afectar el desarrollo cognitivo, el rendimiento escolar y las oportunidades futuras. Se configura un círculo:

El territorio como determinante social

El INCORE 2026 muestra que las regiones con mayores rezagos en competitividad también concentran problemas de salud, educación e infraestructura. La anemia forma parte de este conjunto de desigualdades.

Para una familia urbana, acudir a un centro de salud puede tomar minutos; para una familia amazónica, horas de navegación.

Por eso, una política nacional homogénea produce resultados muy diferentes en territorios con condiciones radicalmente distintas. La implementación debe ser territorialmente diferenciada.

La respuesta del Estado: avances y límites

El MINSA ha desarrollado normas y programas importantes: el Plan Multisectorial para la Prevención y Reducción de la Anemia Materno Infantil 2024-2030 (Decreto Supremo N° 002-2024-SA), que reconoce el carácter multicausal del problema y busca articular a distintos sectores.

La cobertura de suplementación ha mejorado: en 2025, el 38,7% de los niños de 6 a 35 meses de edad consumió suplemento de hierro, cifra superior al 33,8% registrada en el año 2024.

Entre los departamentos con mayor cobertura están Apurímac (52,8%), Piura (52,1%) y Cajamarca (49,8%); en tanto que Madre de Dios (25,7%) y Puno (28,5%) presentaron los porcentajes más bajos.

Es importante señalar que el 12,1% de los menores de cinco años presentó desnutrición crónica en el 2025, y pudo diferenciarse según el área de residencia, fue mayor en el área rural (21,7%) que en el área urbana (7,9%). Los departamentos con los niveles más altos fueron Loreto (20,8%), Huancavelica (20,3%) y Ucayali (18,1%).

Sin embargo, la cobertura no garantiza efectividad, debido a que el tratamiento sigue siendo un desafío: el niño puede recibir el suplemento, pero la familia puede tener dificultades para administrarlo diariamente.

Además, la cobertura de vacunación en menores de 12 meses cayó de 79,2% a 78,0%, y solo el 33,6% de los menores de 36 meses accedió a controles completos CRED (Control de Crecimiento y Desarrollo) del MINSA. Estos retrocesos reflejan la fragilidad del primer nivel de atención.

Fragmentación y necesidad de articulación

El MINSA puede entregar hierro, pero no puede construir sistemas de agua potable ni reducir directamente la pobreza. La anemia revela los límites de las políticas sectoriales aisladas, por lo que se requiere coordinación con MIDIS, MIMP, Educación, Vivienda, Agricultura, gobiernos regionales y municipalidades.

El objetivo no debe ser solo ejecutar programas, sino modificar las condiciones que producen vulnerabilidad.

El rol clave de los gobiernos regionales

La descentralización convierte a los gobiernos regionales en actores fundamentales. Deben poder identificar los distritos con mayor anemia, las comunidades sin agua segura, los establecimientos con problemas de personal y los niños que abandonan el tratamiento.

No basta transferir competencias; hay que fortalecer sus capacidades de planificación, presupuesto y seguimiento.

Hacia una política integral de primera infancia

El Perú necesita pasar de una política centrada en la anemia a una de desarrollo integral de la primera infancia, basada en cinco pilares:

1. Salud: fortalecer el primer nivel de atención, diagnóstico oportuno y continuidad de tratamientos.

2. Agua y saneamiento: considerar el acceso a agua segura como intervención de salud pública.

3. Alimentación: promover dietas ricas en hierro y educación nutricional.

4. Protección social: articular transferencias con objetivos de desarrollo infantil.

5. Educación y capacidades familiares: fortalecer conocimientos de madres y cuidadores.

Medir resultados, no solo actividades

El indicador fundamental debe ser: ¿Cuántos niños dejaron de tener anemia y mantuvieron niveles adecuados? Los niños que no mejoran deben ser el centro de una estrategia de seguimiento intensivo.

El costo de no actuar

La anemia compromete el capital humano futuro del país. Un niño sano aprende más, completa su educación y accede a empleos productivos. Combatir la anemia no es gasto social, es inversión en desarrollo.

Conclusión

La reducción de la anemia del 43,1% al 34,9% es positiva, pero insuficiente, porque detrás del promedio persisten enormes desigualdades territoriales y sociales. La anemia es una expresión visible de la pobreza, la falta de agua, la fragmentación de servicios y las limitaciones de gestión pública. La respuesta no puede limitarse a entregar suplementos; debe transformar las condiciones que los hacen necesarios.

La meta final no debe ser solo reducir el porcentaje de anemia, sino romper el vínculo entre pobreza y futuro, porque ningún niño elige nacer en Puno, Loreto o Huancavelica, pero el Estado sí puede decidir que esas circunstancias no determinen su futuro.

La lucha contra la anemia infantil es, en última instancia, una lucha por igualar las oportunidades desde el comienzo de la vida, por lo tanto, el mayor esfuerzo debe ser la prevención.

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