Lo que nuestra propia historia puede enseñarnos para anticipar aluviones y huaicos
En un artículo anterior, “Del satélite a la alerta: una oportunidad para anticiparnos a los huaicos y aluviones”, planteábamos una pregunta sencilla: si el Perú dispone hoy de capacidad satelital, conocimiento científico e instituciones especializadas, ¿podríamos utilizar mejor esos recursos para reconocer anticipadamente algunas de las amenazas que cada cierto tiempo terminan convirtiéndose en desastres?
La reflexión surgía al observar fenómenos ocurridos recientemente en otras regiones montañosas del mundo. Sin embargo, no necesitamos ir demasiado lejos para encontrar experiencias que nos permitan profundizarla. Nuestra propia historia contiene suficientes casos para preguntarnos qué ocurrió, cuáles fueron sus señales y qué podríamos detectar hoy que entonces no era posible observar.
Huaraz en 1941, Ranrahirca en 1962, Yungay en 1970, los reiterados huaicos de Chosica o los acontecimientos asociados al Niño Costero de 2017 corresponden a fenómenos diferentes y no todos pudieron ni podrían hoy ser predichos. Pero precisamente allí aparece una distinción importante entre predecir un desastre y vigilar una amenaza.
Un terremoto como el que desencadenó la tragedia de Yungay no puede anticiparse actualmente indicando cuándo ocurrirá. Pero podemos conocer previamente la existencia de grandes masas inestables de roca y hielo, modelar sus posibles trayectorias e identificar las poblaciones expuestas.
Otros fenómenos ofrecen incluso mayores posibilidades de vigilancia: el crecimiento de una laguna glaciar, el retroceso de un glaciar, determinadas deformaciones de una ladera, la acumulación de material en las quebradas o precipitaciones extraordinarias dejan señales que pueden ser observadas mediante satélites, sensores, estaciones meteorológicas y otras tecnologías.
Esta revisión histórica agrega entonces una dimensión al planteamiento inicial: no basta preguntarnos qué podemos observar desde el espacio; debemos preguntarnos qué decisión debería producir cada señal que observamos. Ahí está probablemente el verdadero desafío.
De la memoria histórica a la prevención
El Perú posee una ventaja que no siempre valoramos suficientemente: una extensa memoria de desastres y un conjunto de instituciones que han acumulado información sobre ellos. INDECI, CENEPRED, INAIGEM, INGEMMET, SENAMHI, ANA y otras entidades disponen de registros de emergencias, estudios geológicos, inventarios de glaciares y lagunas, mapas de peligros, información meteorológica y evaluaciones de daños.
El caso de Palcacocha es particularmente ilustrativo. La laguna cuyo desborde provocó la tragedia de Huaraz en 1941 continúa siendo objeto de vigilancia. Hoy es posible seguir su evolución, observar cambios en el entorno glaciar, modelar escenarios de desborde y estimar las zonas potencialmente afectadas.
Ranrahirca y Yungay aportan otra enseñanza. En ambos casos el Huascarán produjo enormes movimientos de hielo y roca, aunque los detonantes fueron diferentes. El desastre de 1970 estuvo asociado al gran terremoto del 31 de mayo. No podemos anticipar un sismo de esa naturaleza, pero sí podemos identificar masas potencialmente inestables, estudiar sus posibles trayectorias y conocer qué poblaciones e infraestructura se encuentran expuestas.
Chosica presenta un escenario distinto. Allí la combinación de lluvias intensas, quebradas, material acumulado y expansión urbana sobre zonas naturalmente expuestas ha generado huaicos de manera recurrente. En estos casos, la precipitación, la saturación del suelo y las condiciones de las quebradas ofrecen indicadores que pueden seguirse con mayor continuidad.
El Niño Costero de 2017 amplió el problema a una escala regional. Mostró que la vigilancia debe combinar información oceánica, meteorológica, hidrológica y territorial. La señal puede comenzar en el océano y terminar, semanas o meses después, afectando una quebrada, una carretera o una ciudad.
La historia, por tanto, no debería servir únicamente para recordar los daños. Puede convertirse en una base de aprendizaje: para cada gran evento podemos reconstruir el detonante, buscar las señales precursoras, identificar qué tecnología permitiría observarlas hoy y determinar qué decisión debería producirse cuando aparezcan.
Predecir no es lo mismo que vigilar
Conviene mantener una expectativa realista. No todos los desastres pueden predecirse y la observación satelital no elimina la incertidumbre.
Hay fenómenos altamente vigilables, como el crecimiento de lagunas glaciares, precipitaciones extraordinarias, variaciones importantes de caudales o determinadas condiciones de las quebradas.
Otros son parcialmente vigilables: grandes desprendimientos de roca o hielo pueden presentar deformaciones o cambios progresivos sin que resulte posible determinar exactamente cuándo ocurrirá el colapso. Finalmente existen detonantes difícilmente predecibles, particularmente los terremotos.
Pero incluso en este último caso existe prevención posible. Si conocemos previamente la amenaza y su probable zona de impacto, podemos definir rutas de evacuación, sistemas de alarma, puntos seguros y procedimientos de respuesta.
Prevenir no significa necesariamente anunciar el día y la hora del desastre. Significa conocer qué puede ocurrir, dónde podría ocurrir, quién está expuesto y qué debemos hacer cuando determinados indicadores cambian.
Del satélite a la decisión
Aquí adquiere especial importancia la capacidad espacial del país. El PerúSAT-1 y la infraestructura de CONIDA pueden contribuir a observar cambios territoriales, glaciares, lagunas, cauces y grandes movimientos del terreno. A ello se suman imágenes procedentes de otros sistemas satelitales, cooperación internacional, sensores terrestres y redes meteorológicas.
Pero el satélite es un sensor, no el sistema. Una imagen debe convertirse en información; la información, en evaluación del riesgo; el riesgo, en alerta; y la alerta, finalmente, en una decisión y una acción.
El Perú ya dispone de muchas de esas capacidades distribuidas entre distintas instituciones. CONIDA aporta observación espacial; INAIGEM e INGEMMET conocimiento glaciar y geológico; SENAMHI y ANA información meteorológica e hidrológica; CENEPRED trabaja sobre prevención y escenarios de riesgo; e INDECI, el COEN y las autoridades territoriales tienen funciones esenciales en preparación y respuesta.
La oportunidad consiste en conseguir que esas capacidades funcionen como una cadena continua. Una señal detectada en una laguna, una ladera o una quebrada debería tener responsables definidos para analizarla, niveles de alerta previamente establecidos y decisiones asociadas a cada nivel.
Un tablero de alertas para la acción
Esta lógica podría materializarse en un Tablero Nacional de Amenazas que identifique puntos críticos lagunas glaciares, masas de hielo inestables, laderas, quebradas y cuencas vulnerables y asocie a cada uno indicadores, responsables y cursos de acción.
Un esquema de niveles verde, amarillo, naranja y rojo sería útil solo si cada nivel activa decisiones concretas. Verde significaría comportamiento normal. Amarillo obligaría a intensificar la vigilancia y realizar una evaluación técnica. Naranja activaría preparación operacional, comunicación a autoridades y eventualmente medidas preventivas sobre la población. Rojo pondría en marcha los protocolos de emergencia y evacuación previamente ensayados.
La inteligencia artificial puede complementar esta arquitectura analizando grandes series de imágenes y datos para detectar cambios, anomalías o tendencias. No reemplazaría al especialista. Le permitiría concentrar su atención donde las señales indiquen que algo está cambiando.
Y nuestra historia podría servir para entrenar también nuestra capacidad de decisión: revisar los grandes aluviones y huaicos ocurridos desde 1941 y preguntarnos, con las tecnologías actuales, cuáles de sus señales habríamos podido observar.
Una oportunidad antes del próximo desastre
El Perú ha avanzado enormemente desde Huaraz 1941 y Yungay 1970. Tenemos conocimiento científico, instituciones especializadas, información histórica, estaciones meteorológicas, cooperación internacional y capacidades espaciales propias.
Por eso, después de preguntarnos en el artículo anterior si podíamos utilizar nuestros recursos tecnológicos para anticiparnos mejor, esta revisión histórica conduce a una segunda pregunta:
¿Tenemos un sistema capaz de convertir permanentemente esa observación en decisiones preventivas que protejan a la población?
No se trata de sostener que todos los desastres pueden evitarse. La naturaleza conservará siempre un margen de incertidumbre. Se trata de lograr que aquello que sí podemos observar y anticipar genere una respuesta antes de convertirse en tragedia.
Quizá el verdadero salto no consista únicamente en mirar más lejos desde el espacio, sino en aprender a decidir antes desde la Tierra.