Igual que con los caradura, con estos buitres ni a la esquina.
Al cumplirse un mes del inicio de la administración Keiko Fujimori, los balances —como suele ser— oscilan entre la plena satisfacción de unos pocos, la esperanza aún positiva y las dudas razonables de muchos, y los pronósticos tenebrosos de los menos. Según la última encuesta nacional de CPI, el respaldo popular al gobierno alcanza el 52,6 %, la desaprobación, 30 %, y el rubro no sabe/no opina llega a 17,4 %.
Puntos más o menos que nos ofrezcan otras empresas dedicadas a medir el pulso de la opinión pública, el resultado de CPI suena justo y sigue probando la falsedad del mito respecto a la división nacional entre fujimoristas y antifujimoristas en partes iguales. El profujimori duro lo constituye la votación reflejada en la primera vuelta electoral (cerca del 18 %), poco más de un tercio es expectante y no cede ante los chantajes emocionales y activistas del antifujimori duro, que no pasa de la cuarta parte de la ciudadanía.
Los primeros 30 días exhiben activos puntuales, como son el de perseverar en el modelo económico abierto y mantener la dirección del BCR en buenas manos, a fin de conservar la disciplina monetaria y el control de la inflación. También, haber asumido con rapidez la agenda relativa a mitigar los efectos del Niño Costero.
Pero entre los balances críticos atendibles por su solidez argumental, hay una gama de hechos que bien haría el Ejecutivo en admitir e intentar correcciones. Ya muchos analistas los han abordado: ningún indicador satisfactorio en la lucha contra la inseguridad ciudadana y el crimen transnacional organizado, las abiertas contradicciones entre miembros del Gabinete, las promesas populistas (aumento de la RMV que, como era previsible, ha terminado en manos del Consejo Nacional del Trabajo), falta de convicción en las reformas estructurales del Estado, la sensación de allanarse con facilidad a la bandera de la minería ilegal (la extensión del REINFO), la ausencia de un eje comunicacional estratégico (algunos ministros hablan lo que les nace del forro) y otros puntos.
Todo esto, sin embargo, no debe llevarnos jamás a los brazos políticos de quienes constituyen la oposición forajida, radical y destructiva en el Parlamento, sobre quienes me ocupé la semana pasada (“Los Caradura”, EXPRESO 23/08/26), concentrados básicamente en Juntos por el Perú. Y tampoco a la campaña socavadora de un sector de la llamada “prensa alternativa”, cuyo desorden hepático y degradante (por más que se muestren iluminados y cachosos) lleva al delirio y a la interrogante de si la civilización tiene límites para imponerse sobre cada bípedo capaz de espetarnos sus complejos, desórdenes emocionales, onanismo y las consecuencias del exceso en el consumo de drogas.
Varios oficiaron treponamente y dejaron la huella de agendas particulares en áreas públicas de su interés (justicia, salud, defensa, orden interno, ambiente, cultura) durante gobiernos y administraciones del Poder Judicial/Ministerio Público que les abrieron las puertas durante los últimos 20 años. Pese a las proclamas de odio contra Keiko (y a los propios errores de ella) que lograron impedirle acceder a la presidencia en tres ocasiones, la ventilación de los oscuros intereses detrás de tales agendas derrotó finalmente su pretendida autoridad moral superior y épica.
Igual que con los caradura, con estos buitres ni a la esquina.