Nuestro verdadero Día D no será el día que empiece a llover. Es hoy, mientras todavía podemos prepararnos.
Permítanme comenzar esta columna con una recomendación poco habitual: vayan al cine y vean El Día D: Bajo presión. No solamente porque recrea uno de los momentos más trascendentes de la Segunda Guerra Mundial, sino porque, curiosamente, una historia ocurrida hace más de ochenta años puede ayudarnos a comprender lo que hoy deberíamos hacer en el Perú frente al clima.
La película nos lleva a las tensas horas previas al desembarco de Normandía, el 6 de junio de 1944. Más de 150 mil soldados estaban preparados. Miles de embarcaciones y aeronaves formaban parte de una operación gigantesca. La logística estaba organizada, los objetivos establecidos y las tropas listas.
Pero faltaba algo que ningún general podía ordenar: que la atmósfera colaborara.
El general Dwight D. Eisenhower tenía que tomar una de las decisiones militares más importantes de la historia. Y frente a él estaba James Stagg, el meteorólogo responsable de decirle algo aparentemente sencillo: cómo estaría el tiempo.
Solo que la meteorología nunca ha sido tan sencilla.
Había observaciones, análisis, experiencia y opiniones diferentes entre especialistas. No existían nuestros satélites meteorológicos, supercomputadoras ni modelos numéricos modernos. Y Stagg tenía que enfrentarse además a una enorme responsabilidad: detrás de su pronóstico había miles de vidas.
Lo fascinante de la historia no es descubrir si el meteorólogo acertó. Es comprender cómo funciona una decisión cuando la ciencia no puede ofrecer certeza absoluta. Stagg no podía decirle a Eisenhower: “Esto ocurrirá exactamente así”.
Podía decirle: “Con la información disponible, este es el escenario más probable”.
Y Eisenhower hizo algo extraordinariamente sencillo y, al mismo tiempo, extraordinariamente difícil: escuchó a la ciencia, comprendió la incertidumbre y decidió.
Mientras veía la película pensé inevitablemente en el Perú.
Nosotros también tenemos nuestro Día D.
No será una madrugada en las playas de Normandía. Será, como ocurre todos los años, la llegada progresiva de nuestra temporada de lluvias.
Y aquí aparece nuestra primera gran diferencia con Eisenhower: él tenía horas para decidir. Nosotros todavía tenemos meses para prepararnos.
Sabemos que las lluvias llegarán.
Lo que no sabemos con exactitud es cuánto lloverá en cada lugar, qué sistemas atmosféricos tendrán mayor influencia, cuánto continuará evolucionando el océano Pacífico ni cómo interactuarán finalmente océano y atmósfera durante los próximos meses.
Y eso es completamente normal.
Seguimos observando el Pacífico tropical, las temperaturas superficiales y subsuperficiales, las ondas oceánicas, la ZCIT, el Anticiclón del Pacífico Sur, la circulación amazónica, la Alta de Bolivia, la MJO y muchos otros componentes que forman parte de un sistema climático extraordinariamente complejo.
También seguimos observando la posibilidad de El Niño y su evolución.
Pero existe un peligro: convertir nuevamente toda nuestra preparación en una sola pregunta.
¿Habrá Niño?
Después vendrán inevitablemente otras:
¿Será débil?
¿Moderado?
¿Fuerte?
¿Extraordinario?
Preguntas científicamente válidas, por supuesto. El problema aparece cuando creemos que sus respuestas deben determinar si comenzamos o no a prepararnos.
Imaginemos por un momento a Eisenhower preguntándole todos los días a Stagg:
“¿Está completamente seguro?”
“¿Y qué intensidad tendrá la tormenta?”
“¿Podemos esperar otro pronóstico?”
“¿Y si mañana cambia?”
Probablemente jamás habría dado la orden.
La incertidumbre científica no puede convertirse en una excusa para la inmovilidad política.
Porque hay algo que en el Perú sí conocemos con bastante certeza: todos los años llueve.
Nuestro país posee una enorme variabilidad climática. Tenemos costa, Andes y Amazonía; océano, cordillera, desiertos y selvas interactuando permanentemente. Lo que ocurre en Piura no necesariamente explica lo que sucede en Cusco, Loreto, Arequipa o Puno.
Por eso necesitamos comenzar a mirar algo mucho más grande que El Niño: el sistema climático peruano.
La Organización Meteorológica Mundial entiende el sistema climático como la interacción entre atmósfera, hidrosfera, criosfera, litosfera y biosfera. Y dentro de esta última estamos nosotros, los seres humanos, modificando el territorio, ocupando quebradas, construyendo ciudades, cultivando, deforestando y aumentando —o disminuyendo— nuestra propia vulnerabilidad.
Entonces quizá la pregunta que deberíamos hacerle hoy a nuestros meteorólogos no sea solamente:
“¿Vendrá El Niño?”
Debería ser:
“¿Dónde pueden producirse los mayores impactos y qué debemos hacer desde ahora?”
Eso es meteorología por impactos.
No basta saber que caerán 40, 60 o 100 milímetros de lluvia. Necesitamos saber qué significan esos milímetros para una población determinada.
¿Se activará una quebrada?
¿Se inundará un barrio?
¿Quedará aislada una carretera?
¿Existe un colegio dentro de la zona vulnerable?
¿Puede afectarse un hospital?
¿Hay cultivos expuestos?
¿Tenemos maquinaria disponible?
¿Las rutas de evacuación están señalizadas?
¿La población sabe qué hacer?
Ahí la meteorología deja de ser solamente pronóstico y comienza a convertirse en una herramienta para gobernar.
Por eso considero que el Perú debería avanzar hacia una instancia permanente de coordinación del Sistema Climático Nacional, capaz de integrar información científica, gestión del riesgo, infraestructura, gobiernos regionales y locales, Fuerzas Armadas, academia y sector privado.
No otra comisión creada exclusivamente porque apareció un Niño.
Una estructura permanente.
Porque cuando termine este Niño —si finalmente se configura con determinada intensidad— llegará otro fenómeno. Y después otro. Y entre ambos continuarán ocurriendo lluvias intensas, sequías, heladas, friajes, olas de calor, inundaciones, huaicos y otros eventos meteorológicos que forman parte de nuestra realidad territorial.
No podemos crear un país diferente para cada fenómeno.
Tenemos que preparar un solo Perú para su clima.
Y aquí aparece nuevamente Eisenhower.
Los científicos pueden entregar escenarios. SENAMHI puede pronosticar. Las instituciones especializadas pueden evaluar peligros. CENEPRED puede identificar riesgos. INDECI puede preparar la respuesta.
Pero finalmente alguien tiene que decidir.
El presidente, los ministros, los gobernadores regionales y, especialmente, nuestros alcaldes deben convertirse también en usuarios inteligentes de la información meteorológica.
Y existe una oportunidad adicional.
Las nuevas autoridades regionales y municipales que asumirán responsabilidades deberán enfrentarse muy pronto a eventos meteorológicos extremos. Por eso la prevención debería ingresar desde ahora al debate político y electoral.
Los candidatos podrían comenzar preguntando en los territorios que pretenden gobernar:
¿Dónde se inunda todos los años?
¿Qué quebradas amenazan viviendas?
¿Qué drenajes están obstruidos?
¿Qué comunidades quedan aisladas?
¿Qué podemos corregir antes de asumir el cargo?
Eso también sería hacer política.
Y probablemente una de las formas más útiles de hacerla.
Al terminar El Día D: Bajo presión queda una enseñanza extraordinaria: Stagg no necesitaba conocer perfectamente el futuro. Necesitaba reducir suficientemente la incertidumbre para que Eisenhower pudiera tomar una decisión.
Ochenta años después, con satélites, radares, estaciones automáticas, modelos numéricos, inteligencia artificial y comunicaciones instantáneas, nosotros seguimos teniendo exactamente el mismo desafío.
La ciencia observa.
La meteorología advierte.
Pero alguien tiene que decidir.
Eisenhower tuvo horas.
Nosotros tenemos meses.
Y si nuevamente esperamos que comiencen las lluvias para descubrir nuestros puntos vulnerables, quizás esta vez no podamos culpar ni a El Niño, ni al cambio climático, ni siquiera a la naturaleza.
Porque nuestro verdadero Día D no será el día que empiece a llover.