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OPINIÓN/ Crónica de una emergencia anunciada

Escribe: Julio César Villafuerte

 

Cada vez que una inundación afecta el norte del Perú, una helada golpea el altiplano, un friaje paraliza parte de la Amazonía o una ola de calor impacta la costa, el país vuelve a repetir la misma frase: “no estamos preparados”.

 

Sin embargo, esa afirmación es cada vez menos sostenible.

Vivimos en una época donde un teléfono celular puede informarnos en segundos dónde se encuentra un vehículo, cuánto demorará una entrega o cuál es el precio de un producto al otro lado del mundo. Paradójicamente, todavía tenemos enormes dificultades para conocer con precisión qué está ocurriendo en tiempo real en nuestra propia atmósfera.

Y allí radica una de las principales contradicciones del Perú moderno.

Queremos atraer inversiones, fortalecer nuestra economía, proteger a la población y competir globalmente, pero seguimos tomando decisiones sobre fenómenos hidrometeorológicos recurrentes con información nacional e internacional incompleta, dispersa o, muchas veces, manoseada por intereses inferiores.

La verdadera modernidad no comienza con una carretera, un puente o una represa. comienza con los datos.

Y esos datos nacen en una Red Nacional Hidrometeorológica robusta, integrada, moderna y permanente.

Puede parecer un tema técnico, reservado para especialistas, pero en realidad constituye una de las infraestructuras más importantes de cualquier país desarrollado, porque sin observación no existe monitoreo. Sin monitoreo no existe pronóstico. Sin pronóstico no existe alerta. Sin alerta no existe prevención. Y sin prevención solo queda administrar emergencias.

Quizás esa sea una de las mayores ironías del Perú contemporáneo. Conocemos nuestras amenazas. Sabemos dónde ocurrirán las lluvias intensas, dónde regresarán las heladas, qué regiones son vulnerables a los friajes y qué sectores económicos son sensibles a la variabilidad climática. Sin embargo, seguimos sorprendidos cuando los fenómenos finalmente se presentan.

No nos faltan amenazas.

Tampoco nos faltan científicos, especialistas o instituciones.

Lo que escasea es la decisión de convertir la información en una herramienta permanente para la toma de decisiones.

Mientras otros países invierten en anticiparse a los riesgos, nosotros seguimos perfeccionando el costoso arte de reaccionar. La experiencia internacional es clara.

Singapur recibe más de 2.000 milímetros de lluvia al año, una cantidad superior a la que muchas ciudades del norte peruano reciben en condiciones normales. Sin embargo, la ciudad funciona porque fue diseñada para convivir con el agua. Reservorios urbanos, drenajes inteligentes, parques inundables y planificación territorial forman parte de una estrategia permanente.

Dubái enfrenta temperaturas superiores a los 45°C durante buena parte del verano. No intentó combatir el calor; adaptó su infraestructura, reorganizó actividades económicas e incorporó tecnologías que le permiten seguir funcionando.

Los Países Bajos comprendieron hace siglos que luchar contra el agua era una batalla imposible. Su apuesta fue aprender a gestionarla. Hoy diseñan ciudades capaces de convivir con inundaciones controladas y utilizan la información hidrológica como parte central de su desarrollo.

Incluso en América Latina encontramos ejemplos relevantes.

Chile ha consolidado una institucionalidad donde la prevención forma parte de las políticas públicas permanentes. Colombia ha incorporado la gestión del riesgo en la planificación territorial. Costa Rica ha demostrado que la inversión sostenida en monitoreo ambiental genera beneficios económicos y sociales mucho mayores que el costo de implementarla.

Todos ellos entendieron algo fundamental: la prevención no es un gasto. Es una inversión.

El Perú enfrenta una complejidad geográfica excepcional. La interacción entre el océano Pacífico, la cordillera de los Andes, la Amazonía y la variabilidad climática global nos convierte en uno de los territorios más sensibles del planeta frente a fenómenos hidrometeorológicos.

Pero esa complejidad también representa una oportunidad. Pocas naciones conocen tan bien sus amenazas como el Perú.

Sabemos que las lluvias estacionales volverán al norte. Sabemos que las heladas regresarán a la sierra. Sabemos que los friajes afectarán la Amazonía. Sabemos que la variabilidad climática seguirá impactando la agricultura, el transporte, la energía, la salud pública y la seguridad alimentaria.

La pregunta ya no es si ocurrirán. La pregunta es ¿Qué estamos haciendo para prepararnos?

Por eso resulta indispensable fortalecer la Red Nacional Hidrometeorológica como una verdadera infraestructura crítica nacional.

No se trata únicamente de instalar más estaciones. Se trata de construir un sistema integrado capaz de transformar datos en decisiones.

Porque el futuro de la meteorología ya no consiste solamente en anunciar cuántos milímetros lloverán o cuántos grados aumentará la temperatura.

El verdadero desafío es evolucionar hacia una meteorología por impactos.

Una meteorología capaz de responder preguntas mucho más relevantes para la sociedad:

¿Qué carreteras podrían interrumpirse?

¿Qué hospitales quedarían vulnerables?

¿Qué cultivos podrían perderse?

¿Qué cadenas logísticas podrían afectarse?

¿Qué empresas deberían activar planes de contingencia?

¿Qué comunidades necesitan protección anticipada?

La diferencia entre una lluvia intensa y un desastre no la determina la naturaleza. La determina la calidad de nuestras decisiones.

Y las decisiones de calidad requieren información confiable.

Por ello, fortalecer la observación hidrometeorológica no debería ser visto como una demanda sectorial o científica. Debería ser entendido como una política de Estado vinculada directamente con la competitividad, la inversión y el desarrollo nacional.

Porque un país moderno no es aquel que reconstruye más rápido después de una emergencia. Es aquel que evita que la emergencia ocurra.

Quizás la verdad más incómoda sea que seguimos atribuyendo al clima responsabilidades que en realidad nos corresponden a nosotros. Hoy sabemos que los desastres no son naturales. Naturales son las lluvias, las sequías, las heladas, los friajes o El Niño. El desastre aparece cuando la información existe, el riesgo es conocido y aun así no se toman decisiones.

La naturaleza no administra presupuestos, no decide dónde construir una carretera ni determina qué información utilizar para prevenir pérdidas. Nosotros sí.

Mientras otros países construyen su futuro sobre datos, monitoreo y prevención, nosotros seguimos construyendo explicaciones después de cada emergencia. Y así, el próximo desastre no ocurrirá por falta de conocimiento, sino por falta de voluntad. Porque la naturaleza seguirá haciendo su trabajo. La pregunta es si algún día empezaremos a hacer el nuestro. Digo Yo.

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