Mientras continuemos concentrando toda nuestra atención en clasificar la intensidad del fenómeno y muy poca en medir la intensidad de nuestras propias debilidades, seguiremos interpretando cada temporada de lluvias como una sorpresa.
Cada vez que el océano Pacífico comienza a calentarse, el Perú entra en un estado de ansiedad colectiva. Los medios buscan respuestas inmediatas, las redes sociales amplifican los escenarios más extremos y las instituciones publican pronósticos que, muchas veces, terminan siendo interpretados como certezas.
La pregunta siempre es la misma:
¿Será un Niño débil, moderado, fuerte o extraordinario?
Sin darnos cuenta, llevamos décadas formulando la pregunta equivocada.
Después de revisar la evolución reciente del océano y comparar las condiciones actuales con eventos históricos como los de 1997-1998 y 2015-2016, resulta evidente que, por ahora, no existen las mismas señales que caracterizaron aquellos episodios extraordinarios. El contenido de calor subsuperficial es menor, la atmósfera aún no muestra un acoplamiento comparable y varios indicadores continúan dentro de un escenario que exige seguimiento, pero también prudencia.
Eso no significa que el riesgo haya desaparecido.
Significa algo mucho más importante.
La intensidad de un fenómeno climático no determina necesariamente la intensidad de un desastre.
Y esa diferencia, que parece un simple detalle semántico, constituye probablemente el mayor error en la forma en que comunicamos el riesgo en nuestro país.
Durante años hemos acostumbrado a la población a asociar automáticamente la categoría de El Niño con la magnitud de los daños esperados. Si el fenómeno es extraordinario, esperamos una catástrofe. Si es débil o moderado, muchos concluyen que no existe mayor motivo de preocupación.
Pero la naturaleza nunca ha funcionado de esa manera.
Una lluvia intensa no pregunta si proviene de un Niño Costero, de un evento ENSO o de una perturbación atmosférica cualquiera.
Una quebrada tampoco distingue el nombre del fenómeno que la activó.
El agua simplemente sigue las leyes de la física.
Los daños aparecen cuando esa lluvia encuentra ciudades mal planificadas, drenajes insuficientes, cauces invadidos, infraestructura sin mantenimiento y una ocupación del territorio que durante décadas ignoró el riesgo.
En otras palabras, el desastre no nace en el océano. El desastre se construye sobre la vulnerabilidad.
Ese concepto, ampliamente aceptado por la comunidad científica y por organismos internacionales dedicados a la gestión del riesgo, todavía no ocupa el lugar que merece en el debate público peruano.
Seguimos discutiendo con pasión si la anomalía del Pacífico alcanzará medio grado más o medio grado menos, mientras dejamos en segundo plano una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué tan vulnerable sigue siendo el país frente a lluvias intensas?
La respuesta no depende de los satélites. Ni de los modelos climáticos. Depende de nosotros.
Depende de las decisiones que tomamos durante años respecto al ordenamiento territorial, al mantenimiento de la infraestructura, a la protección de las quebradas, a la conservación de los cauces naturales, a la inversión en drenaje urbano y al fortalecimiento de los sistemas de alerta temprana.
La vulnerabilidad no aparece de un día para otro. Se acumula lentamente. Se construye cuando postergamos el mantenimiento de un puente. Cuando permitimos ocupar zonas de alto peligro. Cuando consideramos el gasto en prevención como un costo y no como una inversión. Cuando esperamos que ocurra el desastre para recién actuar.
Por eso resulta peligroso simplificar el debate únicamente alrededor de la intensidad del fenómeno.
Porque incluso un evento clasificado como moderado puede ocasionar pérdidas humanas y económicas significativas si encuentra un territorio altamente vulnerable.
Y, por el contrario, un fenómeno mucho más intenso puede generar impactos considerablemente menores allí donde existen infraestructura resiliente, planificación territorial adecuada y una verdadera cultura de prevención.
La diferencia no la establece el océano ni la atmosfera.
La establece la sociedad.
Quizá haya llegado el momento de modificar la manera en que comunicamos estos fenómenos.
Los pronósticos meteorológicos son indispensables y deben seguir perfeccionándose nacionalmente. Sin ellos sería imposible anticipar escenarios y preparar respuestas.
Pero esos pronósticos deberían ir acompañados de otra información igualmente importante: el estado de nuestras vulnerabilidades.
Sería mucho más útil que, junto con anunciar la probabilidad de fenómenos recurrentes, también conociéramos el porcentaje de drenajes urbanos operativos, el estado de las defensas ribereñas, el nivel de mantenimiento de la infraestructura crítica, la condición de las quebradas más activas y el grado de preparación de las autoridades locales.
Ese sería un verdadero informe de riesgo. Porque el riesgo nunca depende únicamente de la amenaza. Depende, sobre todo, de aquello que nosotros podemos cambiar.
Tal vez por eso el verdadero debate no debería centrarse exclusivamente en responder si tendremos un Niño fuerte o extraordinario.
La pregunta realmente importante es otra.
¿Qué tan extraordinaria sigue siendo nuestra vulnerabilidad?
Mientras continuemos concentrando toda nuestra atención en clasificar la intensidad del fenómeno y muy poca en medir la intensidad de nuestras propias debilidades, seguiremos interpretando cada temporada de lluvias como una sorpresa.
Y no lo será.
Será, simplemente, la consecuencia de haber confundido durante demasiado tiempo el origen de los desastres.
Porque, al final, los fenómenos naturales son inevitables. Los desastres, muchas veces, no lo son. Digo Yo.