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OPINIÓN/ El beneficio de la duda: Por amor al Perú

Escribe: Fernando Peña Aranibar

En política muchas veces los ciudadanos se ven obligados a elegir no entre lo perfecto y lo malo, sino entre lo posible y lo riesgoso. Esa es una realidad que no podemos ignorar cuando pensamos en el futuro del Perú.

Nos encontramos frente a una disyuntiva que va mucho más allá de los nombres propios. Lo que está en juego es la estabilidad del país, la defensa de nuestras instituciones y la posibilidad de seguir avanzando, con errores y aciertos, dentro del marco democrático.
Por eso, aunque muchos peruanos puedan tener reparos, dudas o discrepancias con Keiko Fujimori, resulta razonable preguntarse si no corresponde darle el beneficio de la duda antes que entregar el destino de la Nación a una propuesta que aparece rodeada de posiciones radicales, inconsistentes y aventureras.

El Perú ya ha sufrido demasiado como para volver a recorrer caminos que nos conduzcan a la confrontación permanente. Nuestra historia reciente nos recuerda el enorme costo que tuvo la violencia política, el extremismo y el desprecio por las instituciones. Fueron años de dolor, de sangre y de atraso que dejaron heridas profundas en miles de familias peruanas.

Hoy el país necesita serenidad, responsabilidad y capacidad de gobierno. Necesita personas que entiendan que el poder no es un instrumento para ajustar cuentas ni para dividir a los peruanos entre buenos y malos. El poder debe servir para generar empleo, combatir la inseguridad, mejorar los servicios públicos y crear oportunidades para quienes más lo necesitan.

Resulta preocupante observar cómo algunos sectores políticos siguen apelando a discursos de confrontación, a promesas irrealizables y a recetas que ya han fracasado en distintas partes del mundo. Más preocupante aún es que pretendan presentarse como la única alternativa válida cuando ni siquiera han logrado explicar con claridad cómo conducirían un país tan complejo como el Perú.

Los peruanos tenemos derecho a exigir coherencia, experiencia y responsabilidad. Tenemos derecho a preguntarnos si quienes aspiran a gobernar están realmente preparados para asumir una tarea tan delicada o si simplemente buscan alcanzar el poder sin medir las consecuencias de sus decisiones.

Por amor al Perú debemos actuar con prudencia. Debemos pensar en nuestros hijos, en nuestros trabajadores, en nuestros emprendedores y en todos aquellos que cada día salen adelante con esfuerzo. El país no merece convertirse en un laboratorio de experimentos políticos ni quedar en manos de quienes privilegian la confrontación sobre las soluciones.
Tal vez no exista una opción perfecta. Tal vez ninguna candidatura represente exactamente lo que cada ciudadano quisiera. Pero cuando el futuro de la Patria está en juego, corresponde elegir el camino que ofrezca mayores garantías de estabilidad, gobernabilidad y respeto por la democracia.

Por eso, más allá de simpatías o antipatías, muchos peruanos consideran que darle el beneficio de la duda a Keiko Fujimori resulta una alternativa más razonable que apostar por propuestas que generan incertidumbre sobre el rumbo que tomaría el país.
El Perú merece avanzar, no retroceder. Merece unidad, no enfrentamiento. Merece esperanza, no aventuras. 

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