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OPINIÓN/ El Perú y el poder ciudadano

Escribe: Eco. José Soto Lazo

Ser presidente, en este nuevo escenario, es servir al país con humildad y visión. Es aceptar que la figura presidencial, por sí sola, no puede salvar al país, pero sí puede liderar un esfuerzo colectivo de reconstrucción institucional.

Cuando los resultados de la elección no nos agradan, se produce una tensión natural entre lo que sentimos como individuos y lo que se expresa como decisión colectiva. Es una experiencia incómoda, incluso frustrante, pero forma parte del funcionamiento básico de una democracia: aceptar que la voluntad de la mayoría no siempre coincide con la propia.

Muchas personas sienten decepción, preocupación o incluso enojo. Esto es comprensible, sobre todo cuando se percibe que el futuro es incierto o que las decisiones tomadas podrían afectar negativamente la estabilidad del país. Sin embargo, esa reacción inicial no debe convertirse en rechazo al sistema democrático. La democracia no garantiza resultados perfectos, sino un mecanismo legítimo para tomar decisiones colectivas.

Al mismo tiempo, estos momentos invitan a la reflexión. Si el resultado no es el esperado, vale la pena preguntarse por qué ocurrió. ¿Qué preocupaciones movilizaron a la mayoría? ¿Qué mensajes conectaron mejor con la población? Entender esto no implica renunciar a las propias ideas, sino ampliar la mirada para comprender mejor al país en su conjunto.

Elegir a un gobernante no significa delegar completamente la responsabilidad. Al contrario, se abre una etapa en la que la vigilancia, la participación y la exigencia se vuelven fundamentales.

Aceptar un resultado adverso no significa resignación, sino madurez democrática. Implica reconocer que todos forman parte de un mismo país y que, más allá de las diferencias, hay problemas comunes que requieren soluciones compartidas. La estabilidad no se construye solo con gobiernos, sino con ciudadanos dispuestos a dialogar, participar y sostener el respeto mutuo.

En resumen, cuando los resultados no agradan, lo que está en juego no es solo una preferencia política, sino la capacidad de una sociedad para mantenerse unida en la diversidad.

Fata aún la segunda vuelta, nuevo contexto exige un liderazgo que vaya más allá de la simple administración del poder. Ser presidente ahora es, sobre todo, un acto de reconciliación nacional. Es tender puentes entre sectores enfrentados, entre regiones históricamente olvidadas y un Estado que ha perdido legitimidad. El Perú no necesita un caudillo ni un salvador; necesita un conductor capaz de escuchar, dialogar y construir confianza en las instituciones.

Solo la buena voluntad no basta. El presidente de turno deberá impulsar reformas concretas: limitar la figura de la vacancia por «incapacidad moral permanente» para evitar su uso político, promover una reforma electoral que fortalezca los partidos y sancione el transfuguismo, y garantizar presupuestos plurianuales que protejan las políticas de Estado de los vaivenes políticos. Sin estos cambios estructurales, cualquier llamado a la estabilidad será efímero.

Ser presidente hoy también significa restablecer la autoridad democrática sin autoritarismo. Esto implica respetar la autonomía del Poder Judicial y del Ministerio Público, blindarlos de presiones políticas y asegurar que la lucha anticorrupción no se convierta en arma partidaria. La ley debe aplicarse sin privilegios, comenzando por los propios gobernantes.

Gobernar en este contexto no es imponer, sino persuadir. No es dividir, sino construir mayorías parlamentarias estables. No es hablar, sino escuchar a una ciudadanía que ha expresado su hartazgo en las calles, en las encuestas y en la desafección electoral. La firmeza debe aplicarse contra los intereses que bloquean el cambio; la sensibilidad, para entender el sufrimiento de los más vulnerables.

Es cierto que no todos los conflictos pueden resolverse con consenso. Hay tensiones legítimas entre modelos de desarrollo, entre centralismo y descentralización, entre extracción de recursos y protección ambiental. El rol del presidente no es eliminar estos debates, sino institucionalizarlos: que se resuelvan en el Congreso, en los gobiernos regionales y en mesas de diálogo, no en las calles ni en las redes sociales.

Ser presidente, en este nuevo escenario, es servir al país con humildad y visión. Es aceptar que la figura presidencial, por sí sola, no puede salvar al país, pero sí puede liderar un esfuerzo colectivo de reconstrucción institucional. El verdadero poder no está en mandar, sino en construir acuerdos que sobrevivan al gobierno de turno.

Solo así, con coraje, coherencia y reformas efectivas, podrá iniciarse una nueva etapa donde la estabilidad política no sea un sueño, sino una realidad construida entre todos los peruanos: gobierno, Congreso, partidos, empresarios, trabajadores y sociedad civil. La tarea es de todos, pero el liderazgo debe venir de Palacio.

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