Escribe: Fernando Peña Aranibar

No es un sombrero cualquiera. Es casi un escudo psicológico. Una pieza diseñada para proyectar cercanía mientras oculta vacío; para aparentar liderazgo mientras se improvisa sobre ruinas

Hay personajes que no llegan por talento, ni por visión, ni siquiera por sostenido esfuerzo. Llegan porque aprendieron a disfrazar la precariedad de carácter con símbolos baratos, consignas repetidas y espectáculos cuidadosamente fabricados. Y entre todos esos didtintivos, ninguno retrata mejor al oportunismo que ese sombrero convertido en emblema de la incompetencia maquillada de autoridad.
No es un sombrero cualquiera. Es casi un escudo psicológico. Una pieza diseñada para proyectar cercanía mientras oculta vacío; para aparentar liderazgo mientras se improvisa sobre ruinas; para vender seguridad mientras detrás solo existe cálculo, resentimiento y una alarmante ausencia de capacidad tangible.
El problema nunca fue el sombrero en sí. El problema es lo que representa: la glorificación de la mediocridad y la corrupción como método político y social. La idea de que basta con gritar más fuerte, simplificarlo todo y rodearse de fanáticos para sustituir preparación, ética y responsabilidad.
El oportunismo entendió algo muy temprano: en tiempos de frustración colectiva, la incompetencia puede convertirse en espectáculo. Y el espectáculo, si se administra bien, termina produciendo seguidores que ya no distinguen entre autenticidad y manipulación. Ahí aparece el sombrero, convertido en una especie de uniforme emocional para quienes prefieren la consigna fácil antes que el pensamiento incómodo.
Cada aparición pública parece construida alrededor de esa teatralidad. El sombrero no cubre una idea; cubre carencias. Funciona como una cortina simbólica detrás de la cual se esconden contradicciones, rivalidades internas, irresponsabilidad política, y decisiones tomadas desde la improvisación permanente. Porque cuando alguien necesita convertir un accesorio en doctrina, normalmente es porque no tiene una doctrina real que ofrecer.
Y aun así, logra apuntalarse. Aunque sea por segundos. Aunque sea sobre barro. Porque la política del espectáculo no necesita coherencia: necesita ruido. Necesita enemigos imaginarios, frases recicladas y símbolos simples que puedan ser consumidos rápidamente por una audiencia cansada, irritada y emocionalmente manipulable.
La tragedia es que muchos terminan confundiendo irreverencia con valentía y torpeza con autenticidad. Como si ser incapaz fuera prueba de honestidad. Como si destruir instituciones, banalizar la verdad o actuar desde el impulso fuera una muestra de “ser diferente”. No lo es. Es apenas la normalización de la incompetencia convertida en identidad política.
El sombrero, entonces, deja de ser un accesorio y pasa a ser una advertencia. El símbolo de una época donde algunos personajes descubrieron que podían sobrevivir políticamente no pese a sus limitaciones, sino gracias a ellas. Porque en ciertos sectores, la mediocridad ya no resta: conecta.
Y ahí está el verdadero peligro. Cuando una sociedad empieza a premiar el espectáculo vacío por encima de la capacidad real, termina entregándole espacio y legitimidad a figuras que jamás habrían resistido el peso de la exigencia seria. Figuras que viven de la polarización, del resentimiento y de una narrativa construida para mantener a la gente reaccionando, nunca reflexionando.
El sombrero seguirá ahí, probablemente. Como todos los símbolos diseñados para fabricar identidad rápida. Pero tarde o temprano ocurre algo inevitable: los símbolos dejan de ocultar la realidad. Y cuando eso pasa, solo queda lo que siempre estuvo debajo: mediocridad, improvisación e incompetencia sostenidas artificialmente por el ruido.