Escribe: Fernando Peña Aranibar

entre el conveniente silencio y la desvergonzada mentira existe una diferencia muy pequeña. Tan pequeña que, en el caso de Roberto Sánchez, resulta cada vez más difícil distinguir dónde termina una y dónde comienza la otra. 

En política, tan grave como mentir es intentar ocultar la mentira detrás de evasivas, rodeos y silencios calculados. Y eso fue precisamente lo que hizo Roberto Sánchez durante el debate del pasado 31 de mayo.

Cuando se le preguntó si gobernaría junto a Antauro Humala -quien antes le espetó que su movimiento aportó el 50% de los votos que lo llevaron al balotaje- o si existían acuerdos políticos que condicionaran una eventual gestión suya, Sánchez optó por el camino que ha venido recorriendo desde hace meses: no responder. Evadió la pregunta, esquivó el tema y prefirió refugiarse en generalidades antes que decirle la verdad al país. 

Pero el problema no termina ahí. Durante ese debate tampoco quiso reconocer que existía una hoja de ruta que orientaría un eventual gobierno suyo. Buscó transmitir la idea de que mantenía una propuesta propia, coherente y claramente definida. Sin embargo, apenas un día después la realidad se encargó de desmontar su discurso.

Roberto Sánchez presentó finalmente una denominada «hoja de ruta«. Lo que no explicó es que ese documento constituye una confesión involuntaria de que había faltado a la verdad. Si la hoja de ruta existía o estaba en proceso de construcción, ¿por qué no lo dijo durante el debate? ¿Por qué ocultarlo a los ciudadanos cuando se le preguntó directamente?

La respuesta parece evidente: porque decir la verdad en ese momento le resultaba políticamente inconveniente.

Más preocupante aún es el contenido de ese documento. Lejos de representar una propuesta sólida, consistente y técnicamente elaborada, la llamada hoja de ruta aparece como una improvisada amalgama de parches. Un ensamblaje apresurado de ideas, promesas y planteamientos tomados de distintas agrupaciones políticas que hoy se encuentran unidas circunstancialmente bajo la alianza de Juntos por el Perú para esta segunda vuelta.

No se percibe una visión de país claramente articulada. No existe una línea doctrinaria coherente. Lo que se observa es un esfuerzo desesperado por contentar a todos los sectores que integran la coalición, aun cuando muchas de sus propuestas resulten incompatibles entre sí.

La consecuencia es un documento que transmite incertidumbre antes que confianza. Una hoja de ruta que parece redactada para administrar equilibrios políticos internos más que para resolver los problemas reales de los peruanos.

Y allí aparece nuevamente la principal debilidad de Roberto Sánchez: su dificultad para hablar con claridad. Cuando las preguntas son incómodas, evade. Cuando las respuestas pueden generar costos políticos, calla. Y cuando finalmente la realidad lo alcanza, termina contradiciéndose.

La política exige transparencia. Los ciudadanos tienen derecho a saber quiénes acompañarán a un candidato, cuáles son sus compromisos políticos y cuál es el verdadero programa que pretende ejecutar. Lo que no merecen es asistir a un espectáculo donde las evasivas de hoy se convierten en las mentiras descubiertas de mañana.

Porque entre el conveniente silencio y la desvergonzada mentira existe una diferencia muy pequeña. Tan pequeña que, en el caso de Roberto Sánchez, resulta cada vez más difícil distinguir dónde termina una y dónde comienza la otra.