Pretender construir una democracia sólida sobre un electorado marcado por el analfabetismo funcional constituye una contradicción
En Infocracia (2022), el filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene que la digitalización no ha fortalecido la democracia, sino que la ha vaciado: el ciudadano deliberante ha sido reemplazado por un consumidor de información fragmentada, manipulable mediante algoritmos y noticias falsas. El resultado es un enjambre digital de individuos que no deliberan, sino que reaccionan a estímulos diseñados para movilizar afectos y emociones, no razones. Esta tesis adquiere una dimensión especialmente grave cuando se aplica al Perú, un país cuya crisis educativa convierte a sus ciudadanos en presa fácil de la infocracia.
Según PISA 2022, el 50% de los estudiantes peruanos de 15 años tienen bajo rendimiento en lectura, lo que supera el 26% en los países de la OCDE. En 2023 apenas el 36,6% de los alumnos de segundo grado de primaria alcanzó un nivel satisfactorio en lectura, por debajo del 49,8% registrado en 2015, evidenciando un retroceso sostenido en los aprendizajes. Un ciudadano que no comprende lo que lee no puede evaluar críticamente un programa político, una falacia, un contrato social ni una norma jurídica.
La paradoja es que la solución no pasa necesariamente por más tecnología en las aulas. Países con sistemas educativos de referencia mundial como Suecia y Finlandia ya lo han comprendido, y observan que habilidades como la comprensión lectora, el pensamiento científico y las matemáticas mostraban una tendencia a la baja en las nuevas generaciones.
La respuesta sueca fue radical: se canceló el plan de educación digital y se redirigió el financiamiento hacia la distribución de libros de texto, con el objetivo de garantizar un libro por alumno y por asignatura, señalando que la medida formaba parte del «retorno de la lectura a la escuela, en detrimento del tiempo de pantalla».
Si países con alta base educativa han dado marcha atrás, la advertencia para el Perú es doble. Aquí, la digitalización escolar ha llegado antes que la consolidación de la lectura y la escritura como competencias sólidas.
Y es precisamente allí donde se encuentra uno de los mayores riesgos para nuestra democracia, la cual debería sostenerse sobre ciudadanos capaces de comprender la realidad, ponderar alternativas y decidir con criterio racional y sentido crítico. Cuando el electorado carece de esas herramientas cognitivas, el espacio público degenera en un escenario dominado por la superficialidad y la emoción inmediata, el miedo y el resentimiento colectivo.
En ese contexto, triunfa no quien ofrece soluciones viables y verificables, sino quien manipula mejor las percepciones y explota con mayor eficacia las frustraciones sociales. La indignación sustituye al razonamiento; el espectáculo desplaza al debate; y el demagogo termina imponiéndose sobre el estadista.
Pretender construir una democracia sólida sobre un electorado marcado por el analfabetismo funcional constituye una contradicción. Porque, ninguna República puede aspirar a instituciones fuertes cuando la ciudadanía ha sido privada de las herramientas intelectuales necesarias para defenderlas. Allí donde desaparece el pensamiento crítico, la democracia deja de ser gobierno de ciudadanos libres para convertirse en el terreno fértil del populismo, la manipulación y la erosión silenciosa de la libertad.