En un país donde la informalidad y la desconexión tecnológica son la regla, la capacidad de leer esta geografía de la necesidad será el factor determinante
A semanas de la segunda vuelta o balotaje de las elecciones generales, el electorado peruano se prepara para definir no solo quién ocupará la Casa de Pizarro, sino también el rumbo económico y social del país para los próximos cinco años. En este contexto, surge una pregunta clave para las candidaturas y para el futuro de la nación: ¿Qué priorizan las poblaciones en situación de pobreza y pobreza extrema, cuyo voto podría ser decisivo en una contienda cerrada?
Los últimos informes técnicos del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI): Evolución de los indicadores de pobreza multidimensional 2015-2024 y Perú: Evolución de la pobreza monetaria 2016-2025; y, análisis académicos independientes como el Análisis del Observatorio Económico, Financiero y Social de la Universidad de Lima, dibujan un mapa electoral complejo, donde la división entre pobres «monetarios» y pobres «multidimensionales» revela dos realidades políticas distintas.
Dos caras de una misma pobreza
Por un lado, la pobreza monetaria, que afecta al 25.7% de la población (8.8 millones de personas), se concentra en zonas urbanas y costeras. Para este segmento, el principal problema es el bolsillo. El gasto real promedio per cápita aún no se recupera desde la pandemia, “En Lima Metropolitana, la pobreza monetaria duplica a la pobreza estructural”, según el reporte de la Universidad de Lima.
Por ejemplo, para una familia en San Juan de Lurigancho o Villa El Salvador, “pobre” significa que el dinero no les alcanza para la canasta básica, por lo que se intuye que su voto estará guiado por promesas de empleo, control de precios y bonos.
Por otro lado, está la pobreza multidimensional, que alcanza niveles alarmantes en el reporte de la Universidad de Lima y muestra una incidencia de hasta el 69% en zonas rurales. En regiones como Loreto o Puno, se conjuga la necesidad de ingresos económicos y también de tener derechos básicos: agua potable, saneamiento, electricidad confiable y conectividad.
El voto en la «trampa del desarrollo»
El análisis geográfico de la pobreza es determinante para entender las preferencias electorales, se muestra en la sierra y selva, que son regiones olvidadas por décadas, coexisten la carencia de dinero y la falta de servicios básicos.
Según los informes del INEI, departamentos como Cajamarca, Loreto, Pasco y Huánuco presentan tasas de pobreza monetaria superiores al 35%; sin embargo, su pobreza multidimensional es aún más abrumadora, impulsada por la falta de saneamiento, la desnutrición crónica infantil y el hacinamiento.
“Estos territorios enfrentan una trampa de desarrollo: el ingreso no garantiza el bienestar porque las brechas de infraestructura son históricas”, de acuerdo con el reporte de la Universidad de Lima.
En contraste, en la costa urbana, específicamente Lima Metropolitana y Callao, la realidad es inversa porque la infraestructura existe, pero los costos de vida son agobiantes para las familias. Aquí, el electorado vulnerable es principalmente «monetario». La crisis no es la falta de un colegio o una posta médica, sino la incapacidad de pagar la canasta básica de alimentos en un mercado laboral precario e informal, que afecta al 70.9% de la PEA ocupada.
Implicancias para el debate político
Esta fragmentación de la pobreza obliga a los candidatos a navegar entre dos demandas antagónicas. Mientras que el electorado de la sierra sur y la Amazonía podría castigar a quienes no presenten planes concretos de cierre de brechas de servicios básicos: agua potable, saneamiento y electricidad, el electorado de las grandes ciudades reaccionará con mayor virulencia a la inflación y la falta de empleo formal.
Las cifras del INEI sobre la evolución del gasto 2016-2025 muestra que los pobres extremos sufren una volatilidad extrema, aunque la pobreza extrema bajó al 4.7% en 2025, la percepción de inseguridad económica persiste.
En el plano de la autopercepción, el análisis de la Universidad de Lima revela un dato crucial: la población es más sensible a las carencias estructurales. Es decir, la falta de un servicio básico afecta más en la intención de voto que una fluctuación temporal del ingreso.
Conclusión: La necesidad de políticas de doble vía
Las próximas elecciones de segunda vuelta o balotaje no enfrentarán a un bloque homogéneo de «pobres». El voto se dividirá entre aquellos que necesitan urgentemente “ingresos” – que es el pobre monetario urbano – y aquellos que necesitan desesperadamente “derechos básicos” – que representan el pobre multidimensional rural-.
Por lo tanto, ganará en las urnas quien logre articular un discurso que, sin perder de vista la estabilización macroeconómica, ofrezca un programa de gobierno creíble para la masificación del gas natural, agua potable y saneamiento en zonas rurales y el cierre de la brecha digital.
En un país donde la informalidad y la desconexión tecnológica son la regla, la capacidad de leer esta geografía de la necesidad será el factor determinante para llegar finalmente a Palacio.