El problema no es el calendario. Nunca lo fue. El problema es cuando el calendario se vuelve más importante que el país al que supuestamente debe servir.
Hay algo profundamente absurdo -y hasta indignante- el ver cómo el cronograma de trabajo actúa como si el tiempo fuera una especie de dios incuestionable, como si cumplir fechas fuera un fin en sí mismo y no un medio para garantizar procesos justos, transparentes y, sobre todo, legítimos. Porque de eso se trata, ¿no? No de marcar casillas en una agenda, sino de cuidar los intereses de la nación.
Pero no. Aquí parece que la lógica es otra: “el plazo se vence”, “ya no se puede”, “la norma es la norma”. Y mientras tanto, el país mirando desde el exterior, como si fuera un espectador incómodo de decisiones que lo afectan directamente pero en las que no tiene voz. Es como si el sistema se hubiera olvidado de para quién trabaja.
Y es ahí donde el sinsentido se vuelve evidente. Porque ¿de qué sirve cumplir un cronograma si eso implica ignorar deficiencias, errores, cerrar los ojos ante inconsistencias o simplemente avanzar sin detenerse a pensar si lo que se está haciendo realmente fortalece o debilita la institucionalidad? No se trata de promover el caos ni de romper reglas porque sí. Se trata de tener criterio. De entender que las normas existen para ordenar, no para asfixiar. No para cumplir cronogramas a pie juntillas.
Hay una desconexión clara entre la inflexibilidad burocrática y la realidad del país. Una especie de piloto automático que sigue funcionando aunque todo alrededor esté pidiendo una pausa, una revisión, una mínima cuota de sentido común. Y lo peor es que esa rigidez se disfraza de neutralidad, cuando en realidad puede terminar siendo profundamente irresponsable y atentatoria contra el futuro del país.
Porque el destino de la patria no se decide en una agenda ni en un Excel. Se decide en la capacidad de sus instituciones para adaptarse, para corregir, para priorizar lo verdaderamente importante cuando las circunstancias lo exigen. Y hoy, más que nunca, lo importante no es cumplir fechas. Es hacer las cosas bien. Es evitar que la confianza en nuestra ya precaria institucionalidad termine por extinguirse.
Al final, la pregunta es incómoda pero necesaria: ¿estamos defendiendo los intereses de la nación o simplemente administrando un trámite? Porque si es lo segundo, entonces el problema no es solo el cronograma. Es todo el sistema que decidió que avanzar, aunque sea en la dirección equivocada, es mejor que detenerse a pensar.