en la danza de hipocresías que llenan muchas páginas de nuestra historia republicana, el vals preferido sigue siendo la “persona capaz” que llegue a ocupar el despacho de Corpac.
Han transcurrido casi 12 años desde que el entonces presidente del consejo de ministros Juan Jiménez Mayor (gobierno de Ollanta Humala) registró su nombre en el altar de las frases disparatadas respondiendo las preguntas de la colega Milagros Leiva respecto al avance galopante de la criminalidad en el Perú: “No hagamos demagogia con el tema de la seguridad ciudadana (…) Lo que pasa es que acá, hay una histeria de la gente para afectar al Gobierno”.
¿Algo distinto a lo que argumentaron luego los 28 ministros del Interior que tuvimos desde esa fecha hasta el recientemente defenestrado Juan José Santiváñez? No. Nada singular.
Ningún matiz. Esos 28 reclamaron para sus respectivas gestiones varios logros como la captura de importantísimas bandas, reducción de los indicadores de asaltos, robos y asesinatos, compras de patrulleros hiper modernos, adquisiciones de equipos de última generación para hacer seguimiento a los delincuentes, sendas reorganizaciones de la PNP con pases al retiro mediante los cuales – ¡por fin! – se saneaba moralmente el cuerpo policial, activaciones permanentes del Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana (CONASEC) y un largo etcétera. Y a la menor atingencia muchos de esos ministros responsabilizaron de las malas noticias a la prensa, señalando – al igual que Jiménez Mayor – propósitos desestabilizadores contra el gobierno de turno.
Como todos sabemos y sentimos, la criminalidad creció y se sofisticó. Ha constituido un estado paralelo al igual que la alianza guerrilla-narcotráfico en Colombia o los carteles de la droga en México. También semejante al imperio de la mara salvatrucha en algunos países centroamericanos hasta la llegada de Nayib Bukele a la presidencia de El Salvador. Rebasó el obsoleto e ineficaz aparato público nativo, al mismo que todavía le demandamos respuestas apropiadas o un ministro mesiánico que nos guié a la tierra prometida de la paz y la tranquilidad soplándole la pesada pluma de los enredos legales (el exceso garantista que sembró la costra caviar a su paso por gobiernos de todo pelaje exceptuando la segunda administración de Alan García) así como las limitaciones presupuestales.
Pero en la danza de hipocresías que llenan muchas páginas de nuestra historia republicana, el vals preferido sigue siendo la “persona capaz”que llegue a ocupar el despacho de Corpac. Por su parte, el minué de la caviarada es el nombramiento de un oenegero que (como en los tiempos del presidente Alejandro Toledo y Humala) le permitan establecer la agenda globalista, instructiva para reciclar las fuentes de la cooperación internacional pero nada operativa en cuanto a combatir y derrotar a las organizaciones criminales. Menos todavía si los brazos jurisdiccionales (PJ y fiscalía) siguen infectados por el mismo problema.
Constituye un elemento recurrente (y admito que hasta soporífero) en esta modesta columna denunciar el gatopardismo estructural que nos sostiene y calificar como una apuesta inútil creer en los cambios significativos de las políticas anti delincuenciales mientras ellas reposen sobre las mismas bases que han incrementado más bien la inseguridad ciudadana.