la incertidumbre no es una debilidad de la ciencia; es precisamente la razón por la cual un Estado responsable debe actuar antes de que las certezas lleguen.
Hace unas semanas comenzaron a difundirse proyecciones internacionales que anticipan una alta probabilidad de desarrollo de un evento El Niñodurante el segundo semestre de 2026. Como suele ocurrir, rápidamente aparecieron afirmaciones que incluso anticipan un eventual «súper Niño», reproduciendo un escenario similar al de 1997-1998 o peor.
La pregunta que debemos hacernos no es si existe riesgo. El riesgo existe y debe ser tomado con absoluta seriedad.
La verdadera pregunta es otra: ¿la evidencia científica disponible permite afirmar hoy que nos dirigimos inevitablemente hacia un evento extremo?
Desde una perspectiva técnica, la respuesta sigue siendo no.
La ciencia del clima no trabaja con certezas absolutas sino con probabilidades, escenarios e incertidumbres. Precisamente esa incertidumbre constituye uno de los pilares del conocimiento científico y debe formar parte de la comunicación hacia quienes toman decisiones.
En el caso del fenómeno ENSO (El Niño-Oscilación Sur), existe una limitación ampliamente documentada denominada Spring Predictability Barrier o Barrera de Predictibilidad de Primavera. Aunque su denominación proviene del hemisferio norte, que coincide con el otoño para nosotros y representa el período del año en el cual disminuye significativamente la capacidad predictiva de los modelos oceánico-atmosféricos.
Durante esta transición estacional, el acoplamiento entre océano y atmósfera se vuelve más inestable, los vientos alisios presentan mayor variabilidad y pequeñas perturbaciones pueden modificar significativamente la evolución del sistema meses después. Como consecuencia, aumenta la dispersión entre las distintas variables de los modelos numéricos y disminuye la confianza en la intensidad proyectada para un eventual evento ENSO (nombre real de El Niño).
A esta incertidumbre propia de los modelos se suma el comportamiento observado del océano.
Las imágenes del contenido térmico subsuperficial del Pacífico ecuatorial muestran la presencia de una onda Kelvin cálida desplazándose hacia el este. Sin embargo, cuando se comparan las observaciones actuales con las registradas en junio de 1997 y junio de 2015, aparecen diferencias que merecen ser consideradas antes de emitir conclusiones definitivas.
El evento de 1997 presentaba un volumen extraordinario de agua cálida extendido sobre una gran parte del Pacífico ecuatorial oriental, con anomalías positivas muy intensas y una enorme reserva de energía térmica. Aquella configuración permitió sostener sucesivas retroalimentaciones positivas entre el océano y la atmósfera que terminaron consolidando uno de los eventos El Niño más intensos registrados instrumentalmente.
La configuración observada actualmente parece guardar mayor similitud con la evolución registrada durante 2015 (que en Perú afecto poco). El núcleo cálido aparece más concentrado, con menor extensión longitudinal y sin evidenciar, por ahora, una reserva térmica comparable a la observada durante 1997.
Esta diferencia no es menor.
Además, las ondas Kelvin no conservan indefinidamente su intensidad. Conforme avanzan hacia el Pacífico oriental transfieren parte de su energía hacia la superficie, interactúan con el afloramiento costero y responden a procesos dinámicos que pueden amplificar o disminuir su influencia sobre el sistema climático.
Por ello, la evolución observada durante las próximas semanas será determinante para establecer si el comportamiento de la actual onda Kelvin se aproxima al registrado en 2015 o si, por el contrario, adquiere características semejantes al extraordinario evento de 1997.
Otro aspecto que requiere una adecuada interpretación es el calentamiento observado frente a las costas de Ecuador y del norte del Perú.
En algunos espacios de opinión este calentamiento ha sido presentado como evidencia de un Niño Costero. Sin embargo, desde el punto de vista científico esta afirmación resulta prematura.
El Niño Costero no se define únicamente por la presencia de anomalías positivas de temperatura superficial del mar. Su característica fundamental es el establecimiento de un acoplamiento océano-atmósfera regional. Dicho de otra manera, el calentamiento oceánico debe ser capaz de modificar la circulación atmosférica, debilitar sostenidamente los vientos, incrementar la convección y generar una retroalimentación positiva que permita mantener y fortalecer el fenómeno.
Hasta el momento, ese acoplamiento aún no se observa con la intensidad necesaria.
Por tanto, el calentamiento costero actualmente registrado constituye una condición oceánica relevante que debe mantenerse bajo vigilancia permanente, pero no corresponde, en sentido estricto, catalogarlo todavía como un Niño Costero.
Este tipo de precisiones no busca minimizar el riesgo. Todo lo contrario. Busca preservar la credibilidad de los sistemas de alerta temprana evitando que conceptos científicos específicos sean utilizados fuera de su contexto.
Existe además un elemento estratégico que debe formar parte del análisis nacional.
Aun cuando El Niño lograra consolidarse durante los próximos meses, los impactos hidrometeorológicos más significativos para el Perú no ocurrirían durante nuestro invierno. La climatología nacional muestra que las mayores precipitaciones asociadas a estos eventos se desarrollan principalmente durante la temporada lluviosa, entre diciembre y marzo, cuando la atmósfera tropical alcanza condiciones mucho más favorables para la formación de sistemas convectivos intensos.
Esto significa que el país dispone todavía de varios meses para reducir vulnerabilidades.
Cada semana que transcurre antes del inicio de la estación lluviosa representa una oportunidad para ejecutar obras de prevención, fortalecer el monitoreo hidrometeorológico, actualizar planes de contingencia, proteger infraestructura crítica y mejorar los sistemas nacionales de alerta temprana.
La diferencia entre un desastre y una adecuada gestión del riesgo rara vez depende únicamente de la intensidad del fenómeno natural. Depende, sobre todo, del tiempo que una sociedad haya sabido aprovechar para prepararse.
Por ello, el mensaje que hoy debería transmitirse desde la comunidad científica hacia las autoridades no es de tranquilidad complaciente ni de alarmismo anticipado. Es un mensaje de responsabilidad técnica.
Existe un escenario que merece toda nuestra atención. Pero también existe incertidumbre científica, y esa incertidumbre debe administrarse con inteligencia. Prepararse para un evento intenso no implica asumir que el peor escenario ocurrirá inevitablemente; significa utilizar el tiempo disponible para que, cualquiera sea la intensidad final de El Niño, el Perú llegue mejor preparado.
Porque, al final, la incertidumbre no es una debilidad de la ciencia; es precisamente la razón por la cual un Estado responsable debe actuar antes de que las certezas lleguen.