Escribe: Fernando Peña Aranibar

Lo que estamos viendo no es una simple decisión política. Es una conducta. Es una manera de actuar que revela hasta dónde puede llegar un político cuando su prioridad deja de ser el interés público

Hay políticos que, con el paso del tiempo, dejan de ser una decepción para convertirse en una advertencia. Rafael López Aliaga ha terminado encarnando, para muchos, la expresión más auténtica del politicastro: ese personaje que hace de la palabra un instrumento descartable, de las promesas una mercancía y del poder una obsesión que termina justificando cualquier maniobra. Lo que hoy protagoniza en torno a la Alcaldía Metropolitana de Lima no transmite liderazgo ni convicción; transmite una forma profundamente degradada de entender la política.

Lo que estamos viendo no es una simple decisión política. Es una conducta. Es una manera de actuar que revela hasta dónde puede llegar un político cuando su prioridad deja de ser el interés público y pasa a ser su propia permanencia en el poder. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser servicio y se convierte en una sucesión interminable de jugarretas.

Lima no merece un alcalde de esa ralea. La capital de la República necesita una autoridad que respete a sus ciudadanos, que honre su palabra y que entienda que el respaldo electoral no es un cheque en blanco para satisfacer ambiciones personales. La ciudad más importante del país no puede estar sometida a los vaivenes de un proyecto político construido alrededor de un solo hombre.

Resulta imposible olvidar que López Aliaga afirmó públicamente que no renunciaría al cargo para el que fue elegido. Lo dijo con énfasis, con la seguridad de quien pretendía presentarse como un político distinto. Hoy, sin embargo, pretende volver a la Alcaldía Metropolitana mediante mecanismos que muchos consideran una artimaña. Esa contradicción no es un detalle menor. Es el retrato de una forma de hacer política donde la palabra vale exactamente lo que conviene en cada momento.

Quien promete una cosa y luego hace otra no solo rompe un compromiso; rompe el vínculo de confianza con los ciudadanos. Y la confianza es el principal patrimonio de una democracia. Cuando los políticos descubren que pueden incumplir sus promesas sin pagar ningún costo, la política comienza a pudrirse desde adentro.

Pero hay un aspecto todavía más grave López Aliaga despreció el respaldo de cerca de 300 mil peruanos que confiaron en él en las recientes elecciones al Senado. Esos votos representaban expectativas, esperanzas y una apuesta política concreta. No eran un simple peldaño para reposicionarse donde más le conviniera. Eran un mandato ciudadano que exigía coherencia y responsabilidad.

Ese desprecio por sus propios electores revela una convicción profundamente preocupante: que los ciudadanos son instrumentos y no sujetos de respeto. Que los votos sirven mientras alimentan un proyecto personal y pueden ser ignorados cuando aparecen nuevas oportunidades de poder. Esa es la lógica del político mal intencionado, no la de un estadista.

Lo que se intentaría hacer con la Municipalidad Metropolitana de Lima resulta aún más inquietante porque todo indica que se buscaría convertirla en un bastión político desde el cual ejercer un contrapeso al Poder Ejecutivo. Esa no es la misión de un alcalde. La Municipalidad no puede transformarse en un cuartel político ni en el escenario de una confrontación impulsada por ambiciones personales.

Lima enfrenta problemas gigantescos: inseguridad desbordada, transporte caótico, crecimiento urbano desordenado, contaminación, déficit de infraestructura y servicios públicos que siguen sin responder a las necesidades de millones de personas. Frente a esa realidad, resulta inadmisible que la principal preocupación de quien aspira a dirigir la ciudad parezca ser el cálculo político y la preservación de una cuota de poder.

La grandeza de un líder se mide por su capacidad para cumplir su palabra, incluso cuando hacerlo implica sacrificios. La pequeñez de un político turbio se mide por su capacidad para sacrificar principios con tal de conservar una posición. Y es precisamente esa pequeñez la que hoy queda expuesta.

No se trata únicamente de una discusión jurídica o administrativa. Se trata de una discusión ética. ¿Puede un político utilizar los cargos públicos como piezas intercambiables de una estrategia personal? ¿Puede prometer una cosa y hacer exactamente la contraria sin ofrecer una explicación convincente? ¿Puede tratar a los votantes como simples escalones de una carrera política? Quien responde afirmativamente a esas preguntas ha renunciado hace tiempo a cualquier idea de servicio público.

Lima no puede seguir siendo utilizada como plataforma para proyectos personales. La capital necesita estabilidad, gestión, planificación y autoridades concentradas en resolver problemas concretos. Necesita un alcalde que gobierne para los limeños, no un político atrapado en una campaña permanente.

El Perú merece una política decente. Merece dirigentes que entiendan que el poder es un instrumento para servir y no un botín que debe conservarse mediante maniobras, cálculos y guarrerías. Porque cuando la ambición personal sustituye al compromiso público, las instituciones se debilitan y la ciudadanía termina pagando el precio de esa degradación.

Rafael López Aliaga ha demostrado, una vez más, que para muchos ciudadanos su conducta política despierta serias dudas sobre su coherencia y sus prioridades. Y esa es, quizás, la conclusión más preocupante. Porque las ciudades no solo son gobernadas por decisiones; también son gobernadas por ejemplos. El ejemplo que hoy se proyecta es el de un político dispuesto a tensar todos los límites con tal de no alejarse del poder.

Y esa es, precisamente, la marca indeleble del más indigno político: aquel que cree que el poder le pertenece, que la palabra no obliga y que cualquier cochambre puede justificarse si el resultado es mantenerse en la cima.