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OPINIÓN/ No a la corrupción

Por Francisco Diez-Canseco Távara (*)

 

Resulta inaceptable que en un debate presidencial no se obligue a los candidatos a explicar con claridad cómo enfrentarán este cáncer nacional

Debo, en primer término, recordarle a Keiko Fujimori que, en el acuerdo político al que llegamos el 2016 -en cuya elección Fuerza Popular perdió la elección presidencial pero obtuvo 73 congresistas- se comprometió a apoyar la exigencia fundamental de mi partido: la creación del Consejo Nacional de Moral Publica,  institución indispensable para terminar con la corrupción en el Perú. No cumplió con la palabra empeñada.

El debate presidencial de la segunda vuelta debería ser una oportunidad histórica para discutir los grandes problemas nacionales y confrontar propuestas concretas frente a la dramática situación que vive el Perú. Sin embargo, la agenda planteada evidencia una grave distorsión de prioridades. Se habla de economía, seguridad, salud e infraestructura, pero se omite el tema más destructivo y decisivo para explicar la crisis peruana: la corrupción.

Esa omisión es profundamente preocupante. El Perú enfrenta una crisis moral e institucional originada en décadas de corrupción sistemática que ha penetrado el aparato del Estado, debilitado la democracia y destruido la confianza ciudadana.

La corrupción no es un asunto secundario. Es la madre de gran parte de los males nacionales. Sin corrupción no existirían mafias enquistadas en las instituciones públicas, obras paralizadas, hospitales inconclusos ni carreteras convertidas en monumentos al robo y la impunidad. Con corrupción es imposible eliminar la terrible inseguridad ciudadana.

Resulta inaceptable que en un debate presidencial no se obligue a los candidatos a explicar con claridad cómo enfrentarán este cáncer nacional. El pueblo peruano tiene derecho a saber qué reformas concretas impulsarán para destruir las redes corruptas que capturaron el Estado y cómo garantizarán una justicia verdaderamente independiente.

En ese contexto, Keiko Fujimori tiene la obligación política y moral de asumir un compromiso claro y hoy inexistente en la lucha contra la corrupción, si quiere efectivamente ganar esta elección pese al evidente antivoto que la acompaña y frente a Sánchez que encarna a una izquierda corrupta y radical.

El Perú ya está cansado de promesas electorales que desaparecen apenas terminan las campañas. El país necesita voluntad política real para enfrentar un problema que ha destruido la credibilidad de las instituciones y profundizado el divorcio entre ciudadanía y clase política.

Un debate presidencial que evade este tema fundamental termina siendo un ejercicio incompleto y artificial. Quien aspire a gobernar el Perú tiene la obligación de enfrentar frontalmente la corrupción. Callar sobre ella no es neutralidad: es complicidad.


(*) Presidente de Perú Acción
Presidente del Consejo por la Paz


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