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OPINIÓN/ Patear el tablero: cuando perder deja de ser una opción

Escribe: Eco, José Soto Lazo 

jsoto2503@gmail.com

 

La democracia no termina cuando se cuentan los votos ni cuando se proclama a un ganador. Ese momento es apenas el inicio de una etapa mucho más importante: la construcción del futuro del país.

Sin embargo, en el Perú parece repetirse un patrón preocupante: tras meses de confrontación política, discursos polarizantes y una campaña que divide a la ciudadanía, sobreviene una calma engañosa.

Se aceptan los resultados electorales, baja la tensión y muchos dan por concluido su deber ciudadano. Pero queda una pregunta pendiente: ¿qué puede esperarse de un país que deja de pensar en su porvenir apenas termina una elección?

Aceptar el veredicto de las urnas es un principio fundamental de toda democracia; sin ese respeto no habría estabilidad política ni legitimidad para gobernar. Pero aceptar un resultado no significa renunciar al análisis, al debate ni a la exigencia de un proyecto nacional. Cuando la conformidad reemplaza a la reflexión, el país corre el riesgo de caer en una inercia peligrosa, donde los problemas de siempre permanecen intactos mientras la atención pública se desvanece.

Durante las campañas abundan las promesas de cambio: crecimiento económico, lucha contra la inseguridad, mejor educación, mejores servicios de salud. Pero una vez concluido el proceso electoral, gran parte de ese debate desaparece. La discusión sobre soluciones de largo plazo cede paso a los conflictos cotidianos, las disputas políticas y los escándalos de turno. El país sigue reaccionando a las urgencias, sin construir un rumbo compartido.

Esta actitud es especialmente preocupante en un país con desafíos estructurales de larga data. La informalidad laboral sigue afectando a millones de peruanos, la inseguridad ciudadana continúa en aumento, la inversión pública y privada enfrenta incertidumbre constante, la calidad educativa muestra brechas profundas y las instituciones arrastran bajos niveles de confianza. Ninguno de estos problemas se resolverá solo porque haya un nuevo gobierno: requieren políticas sostenidas, acuerdos nacionales y una ciudadanía vigilante que exija resultados.

El verdadero valor de una democracia no reside únicamente en la posibilidad de elegir gobernantes mediante elecciones libres, sino también en la disposición de la sociedad para participar activamente en la vida pública una vez terminada la campaña. Gobernar no es un espectáculo que los ciudadanos observan desde la tribuna; es una tarea que exige fiscalización, propuestas, diálogo y una exigencia permanente de transparencia y eficiencia.

Cuando la ciudadanía deja de mirar el largo plazo, los gobiernos tienen menos incentivos para impulsar reformas profundas. Resulta más sencillo administrar el día a día, responder a presiones inmediatas o privilegiar medidas de impacto político antes que emprender transformaciones cuyos beneficios se verán recién dentro de varios años. Así, cada elección se convierte en un nuevo comienzo que termina reproduciendo las mismas limitaciones del pasado.

El Perú necesita romper ese ciclo. La estabilidad política no debe confundirse con resignación, ni el respeto por los resultados electorales con indiferencia frente al futuro. Una democracia madura exige ciudadanos capaces de apoyar cuando corresponde, criticar cuando es necesario y, sobre todo, mantener viva la discusión sobre el país que quieren construir.

Las elecciones deben entenderse como un punto de partida, no como el final del compromiso ciudadano. El verdadero desafío empieza cuando terminan las campañas, porque es entonces cuando las promesas deben transformarse en políticas públicas, las expectativas en resultados y las esperanzas en oportunidades concretas para todos. Solo una ciudadanía con la mirada puesta en el futuro podrá evitar que el país siga atrapado entre la polarización de las campañas y la conformidad de los años de gobierno.

El Perú necesita mucho más que aceptar resultados: necesita construir, entre todos, una visión compartida de desarrollo que trascienda gobiernos, intereses particulares y coyunturas políticas.

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