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OPINIÓN/ Perú elige entre dos riesgos: orden con historia o cambio sin red

Escribe: Eco. José Soto Lazo

No es habitual que una elección presidencial en el Perú se plantee en términos tan nítidos. Esta segunda vuelta no enfrenta a dos candidatos con matices intercambiables, sino a dos concepciones de país que apenas se tocan.

Keiko Fujimori y Roberto Sánchez representan proyectos antagónicos sobre el rol del Estado, la distribución de la riqueza y los límites del poder. Lo que hace tan compleja la decisión no es la falta de información, sino el exceso de ella: ambos diagnósticos son lógicos, ambos contienen promesas verosímiles y ambos arrastran sombras que ningún programa oficial disipa.

La propuesta de Fujimori parte de una premisa que los mercados y amplios sectores urbanos comparten: el Perú crece cuando las reglas son estables, el déficit fiscal se controla y la inversión privada fluye sin trabas. Su plan incluye independencia del Banco Central, simplificación administrativa y un fuerte respaldo a la minería, el turismo y la agricultura de exportación. En teoría, ese cóctel genera empleo formal y reduce la informalidad. Pero el apellido Fujimori nunca ha sido neutral. La memoria colectiva acumula décadas de autoritarismo, corrupción sistémica y violaciones a derechos humanos. La pregunta que la candidata no termina de responder es cómo garantizar que un gobierno de orden no derive en una nueva concentración del poder. Su verdadera batalla no es económica; es política: convencer a una ciudadanía escéptica de que la eficiencia no se impondrá a costa de las libertades.

Sánchez, por su parte, construye su campaña sobre una crítica igualmente fundada: el actual modelo ha generado crecimiento, pero no inclusión. La desigualdad estructural del Perú está documentada, y el mercado por sí solo no la corrige. Su receta incluye reforma constitucional, mayor intervención estatal en recursos estratégicos, industrialización nacional y una política tributaria que grave más a los sectores de altos ingresos. Para millones de peruanos excluidos del boom económico, ese discurso resuena como justicia largamente postergada. Sin embargo, en otros frentes despierta alarma. Inversionistas, organismos multilaterales y sectores urbanos formales temen que «reforma constitucional» y «mayor presencia del Estado» sean eufemismos de inestabilidad fiscal o erosión institucional. América Latina ofrece ejemplos recientes, desde Venezuela hasta Bolivia, donde procesos de cambio mal gestionados terminaron en crisis profundas. El desafío de Sánchez es demostrar que transformar no implica destruir las reglas de juego, y que los cambios pueden construirse sobre consensos, no contra ellos.

Más allá de los cálculos económicos, esta elección fuerza a los votantes a enfrentar un dilema poco confortable: elegir entre dos tipos de riesgo. Con Fujimori, el riesgo es histórico: la tentación de concentrar el poder cuando se tiene, avalada por la actuación de su padre. Con Sánchez, el riesgo es de ruptura: implementar reformas radicales sin la suficiente acumulación política puede fracturar las instituciones que se pretende mejorar. Ninguno de los dos escenarios está garantizado –la política tiene grados de libertad impredecibles–, pero ambos son lo suficientemente plausibles como para merecer un examen serio.

Lo curioso es que la discusión pública ha tendido a moralizar la contienda, como si se tratara de un combate entre el bien y el mal. No lo es. Se trata más bien de un voto de riesgo calculado, similar al que enfrentan los ciudadanos en muchas democracias jóvenes cuando la oferta electoral es polarizada. Lo que realmente define esta elección no es la bondad intrínseca de un candidato, sino el tipo de incertidumbre que cada peruano está dispuesto a tolerar: ¿una estabilidad que puede volverse opresiva, o una transformación que puede volverse caótica? No hay respuesta correcta universal, pero hay una exigencia común independientemente del resultado.

Gane quien gane, la fortaleza democrática del Perú en los próximos años dependerá de un factor que ningún candidato puede controlar por completo: el respeto a la separación de poderes, la tolerancia a la disidencia y la capacidad de negociar en lugar de imponer. La historia reciente de la región muestra que los gobiernos con amplios márgenes de poder tienden a erosionar las garantías democráticas si no encuentran una ciudadanía vigilante y una oposición efectiva.

Por eso, más allá de las urnas, lo que realmente estará en juego después del domingo es si los peruanos mantienen viva la exigencia de rendición de cuentas. El presidente que resulte elegido no recibirá un cheque en blanco, o al menos no debería. Recibirá un mandato limitado, fiscalizable y temporal. Eso no lo asegura ningún candidato. Lo asegura una ciudadanía informada, organizada y dispuesta a recordar que el voto no es un acto de fe, sino el inicio de una supervisión cotidiana. El domingo no se elige un redentor. Se elige un gobernante. Y esa diferencia, en un país con la memoria del Perú, es más importante que todas las promesas de campaña juntas.

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