Sin una línea base clara, el país seguirá actuando improvisadamente cada vez que aparezca un nuevo calentamiento en el Pacífico.
En las últimas semanas el debate climático volvió a instalarse con fuerza. Nuevamente aparecen titulares sobre un posible “súper Niño”, un “Niño extraordinario” o un eventual “Niño costero”.Las redes sociales se llenan de mapas oceánicos, imágenes de anomalías subsuperficiales y proyecciones de modelos globales que parecen anunciar un evento histórico. Y, como suele ocurrir, el Perú empieza otra vez a discutir etiquetas climáticas antes que impactos reales.
El problema es que el sistema ENSO (El Niño-Oscilación del Sur) es muchísimo más complejo que una sola imagen de temperatura superficial del mar.
Actualmente, varios centros climáticos internacionales coinciden en que el Pacífico ecuatorial viene acumulando una importante cantidad de calor subsuperficial. La NOAA Climate Prediction Center mantiene un “El Niño en vigilancia” y estima una alta probabilidad de desarrollo del ENSO es su fase El Niño hacia la segunda mitad de 2026. Sus reportes muestran que el contenido de calor subsuperficial ha aumentado durante varios meses consecutivos y que existen anomalías cálidas importantes bajo la superficie del Pacífico ecuatorial.
Sin embargo, la propia NOAA también reconoce que el sistema océano-atmósfera todavía refleja condiciones ENSO-neutrales y que el acoplamiento atmosférico aún no se consolida completamente.
Y aquí aparece un detalle fundamental que muchas veces se pierde en el debate público: el calentamiento subsuperficial representa potencial energético, pero no garantiza automáticamente un evento extremo en superficie.
De hecho, varios grupos de investigación vienen observando que parte de ese “combustible térmico” podría estar perdiendo intensidad o evolucionando más lentamente de lo inicialmente proyectado. Algunos modelos dinámicos europeos mantienen escenarios agresivos, mientras otros enfoques estadísticos y de complejidad climática sugieren escenarios más moderados e incluso la posibilidad de neutralidad prolongada.
La incertidumbre actual no es un error científico. Es parte natural de la complejidad del ENSO.
Además, el Perú posee una dinámica oceánica regional que muchas veces modula o amortigua parcialmente estos procesos. La corriente peruana o corriente de Humboldt, el afloramiento costero y la estacionalidad fría austral favorecen mezcla oceánica y enfriamiento superficial frente a la costa peruana. En otras palabras, mientras el Pacífico ecuatorial central muestra señales cálidas importantes, el sistema costero peruano todavía puede resistir temporalmente parte de ese calentamiento.
Eso es justamente lo que muchos analistas observan hoy: un océano ecuatorial claramente más cálido, pero con una atmósfera aún cautelosa y con mecanismos regionales que siguen limitando una respuesta costera explosiva.
Y es aquí donde el Perú suele cometer uno de sus errores más recurrentes.
Nos obsesionamos con definir si el evento será “extraordinario”, “súper” o “costero”, cuando operacionalmente la verdadera pregunta debería ser otra:
¿Qué impactos concretos podrían afectar a la población peruana durante la próxima temporada de lluvias?
Porque al ciudadano no le destruye la vida el nombre técnico del fenómeno. Lo que destruye viviendas, carreteras y medios de vida son las lluvias extremas, los huaicos, las inundaciones, la erosión y la falta de preparación territorial.
Históricamente, los impactos más severos asociados al ENSO en el Perú aparecen cuando coinciden tres factores fundamentales:
calentamiento costero significativo,
atmósfera favorable para convección,
y temporada lluviosa activa.
Por eso resulta peligroso interpretar las actuales señales moderadoras como una razón para relajarnos. Que hoy exista incertidumbre sobre la intensidad final del evento no significa ausencia de riesgo. Mucho menos en un país donde las vulnerabilidades estructurales siguen prácticamente intactas.
Las lluvias intensas no esperan a que terminemos de discutir categorías climáticas.
Y quizá ahí radica uno de los principales problemas de nuestra gestión pública del riesgo: seguimos reaccionando ante el nombre del fenómeno en lugar de prepararnos frente a los impactos recurrentes que conocemos desde hace décadas.
Sabemos dónde se inundan las ciudades.
Sabemos qué quebradas activan huaicos.
Sabemos qué carreteras colapsan.
Sabemos qué sistemas de drenaje fallan.
Sabemos qué cuencas son críticas.
Sin embargo, cada evento extremo parece sorprendernos nuevamente.
El debate climático moderno debería ayudarnos justamente a cambiar esa lógica. Hoy los principales centros climáticos internacionales ya no evalúan únicamente temperatura superficial del mar. También analizan contenido de calor oceánico, dinámica atmosférica, vientos, convección, acoplamiento océano-atmósfera y, cada vez más, impactos esperados sobre la sociedad.
El Perú necesita avanzar hacia esa misma visión: menos obsesión por la etiqueta climática y más enfoque en meteorología de impactos.
Eso implica fortalecer urgentemente:
vigilancia hidrometeorológica,
sistemas de alerta temprana,
monitoreo de cuencas,
protección de infraestructura crítica,
comunicación clara del riesgo,
y articulación entre ciencia y toma de decisiones.
Sí, debemos gastar en prevención a corto plazo, aunque suene redundante. Porque sigue siendo infinitamente más barato prevenir que reconstruir.
Pero también debemos entender que la prevención reactiva ya no es suficiente.
El verdadero desafío es construir una planificación climática de largo plazo. Y para lograrlo necesitamos primero establecer una línea base nacional seria y técnica: conocer con precisión nuestras vulnerabilidades, infraestructura expuesta, niveles de riesgo y capacidades reales de respuesta.
Sin una línea base clara, el país seguirá actuando improvisadamente cada vez que aparezca un nuevo calentamiento en el Pacífico.
Al final, el problema no será únicamente si llega o no un “súper Niño”. El verdadero problema será cuánto tiempo más seguiremos permitiendo que las mismas vulnerabilidades de siempre conviertan eventos naturales recurrentes en desastres nacionales previsibles. Digo Yo.