Larry Fink, el multimillonario director de BlackRock durante casi cuatro décadas.

La junta directiva de BlackRock, encargada de tomar las decisiones de la empresa, está liderada por su presidente y director ejecutivo, Larry Fink, junto a otros 16 miembros.
Con la enorme cartera de inversiones que posee a lo largo y ancho del planeta, y sus estrechas conexiones con gobiernos de todos los colores, ¿qué hay de cierto en lo que dicen algunos de que «son los dueños del mundo»?
«No es una idea descabellada», dice Graham Steele, académico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Stanford, quien lideró la Oficina de Instituciones Financieras del Departamento del Tesoro de EE. UU. (OFI, por sus siglas en inglés) hasta enero de 2024.
«BlackRock ha acumulado un poder financiero descomunal», argumenta Steele en diálogo con BBC Mundo.
«Son tan poderosos como algunas naciones soberanas», señala el experto, incluso antes de considerar el valor estratégico de algunos de los activos que poseen.
Ese poder financiero viene de reunir billones de dólares de inversiones de trabajadores y empresas y usar esos fondos para controlar grandes corporaciones e infraestructura física estratégicamente importante, explica Steele.
Y junto al poder económico, el mayor fondo de inversión del mundo, acumula un enorme poder en el terreno político en EE.UU. y otros países en los que ha invertido.
«Ejerce influencia política a través de un lobby agresivo», comenta Steele, al crear relaciones con funcionarios gubernamentales y prestar servicios a agencias de gobierno.
Según su análisis, BlackRock es una versión moderna de los poderosos «trusts» (fideicomisos basados en un acuerdo para que una persona o una entidad administre los activos de otra) que existieron a inicios del siglo XX.
Ese tipo de acuerdos comerciales, apunta, dieron origen a algunas de las leyes antimonopolio fundamentales de Estados Unidos, enfocadas en regular la concentración del poder económico, dice Steele.
Las críticas a BlackRock
Desde que se fundó en Nueva York en 1988, BlackRock siempre ha estado en la primera fila de los grandes acontecimientos.
Cuando la Reserva Federal necesitó la ayuda de Wall Street para su plan de rescate durante la pandemia, acudió directamente a Larry Fink.
Y así también ocurrió después de la crisis financiera de 2008, cuando la Reserva Federal contrató a BlackRock para deshacerse de los títulos hipotecarios tóxicos de algunos bancos.


La firma ha sido criticada por sectores republicanos y demócratas.

En los últimos años, la firma ha intentado proyectar una imagen de liderazgo en materia ambiental, social y de gobierno corporativo, pero sus detractores señalan que se trata tan solo de marketing.
Las críticas más recurrentes señalan que la firma opera con un doble estándar: habla de compromiso con el cambio climático y continúa invirtiendo en combustibles fósiles; predica la libertad en los mercados, pero distorsiona la competencia por su gigantesco tamaño.
Tampoco favorecen su imagen sus gigantescas inversiones en la industria armamentística y en empresas acusadas de violar los derechos humanos.
En EE.UU., algunos desde el Partido Republicano acusan a BlackRock de ser una empresa «woke», es decir, demasiado liberal para los estándares tradicionales. Incluso estados como Virginia Occidental, Florida y Luisiana, han evitado hacer negocios con BlackRock por considerarla negativamente progresista.
A los conservadores les molesta que BlackRock se haya mostrado flexible en temas como equidad racial y de género, o abierto a conversar sobre límites de emisiones.
Por otro lado, en Wall Street, las firmas más pequeñas ven a BlackRock como invencible y pese a las advertencias sobre posibles prácticas anticompetitivas, el fondo de inversión continúa expandiéndose.
En Europa y otras regiones del mundo, el fondo es visto con recelo por las inversiones que ha realizado en sectores estratégicos, como el de la energía o las telecomunicaciones, y por las adquisiciones que ha realizado, por ejemplo, de empresas públicas en países con finanzas públicas en crisis.
Ahora, con Donald Trump en la Casa Blanca, cuyas políticas apuntan a desregular los mercados, y tras el acuerdo comercial elogiado por el presidente para hacerse con el control de los puertos panameños, pareciera que BlackRock tiene una vez más el terreno fértil para seguir consolidando su poder.