“Ama tu límite” decía Goethe, alguno debería comenzar por intentar eso. La población está harta de los principistas disfrazados de salvadores.
Si de cometer errores políticos se trata, este lustro -que comenzó con Castillo, continuó con Boluarte, siguió con Jerí y terminará (¿terminará?) con Balcázar- ha sido indudablemente pródigo. Y digo “errores” porque hasta los afanes golpistas fueron comedia bufa. Incluso los herederos de Sendero resultaron una gran banda de pájaros fruteros.
Pero en la otra esquina de la arena, los imitadores de Milei tampoco fueron distintos. En su afán de demostrar las virtudes de su liberalismo- eclesiástico produjeron una cosa malaguosa que no fue capaz de generar nada, salvo insultos grotescos, ni siquiera un indicador que exprese la viabilidad de sus propuestas.
En el medio, todo tipo de mafias camaleónicas y cacofónicas, cleptocráticas y coprofágicas. Por supuesto, hay breves excepciones que, justamente por lo breves, apenas se notan.
Nadie se salva. O es culpable o es comparsa. Tanto así que no es un asunto de limpieza profunda si no de fumigación total.
Falta poco para llegar a las elecciones generales, falta mucho para tener un atisbo de esperanza. Pero por poco que falte para arribar al sufragio universal (otra vez) primero hay que nadar hasta la orilla. La ausencia de ilusión nos invita a rendirnos y a morir en la playa.
El líder de las encuestas (si se puede llamar líder a quien cuenta con el voto precario de menos de un ciudadano y medio por cada diez) lanza la consigna de negar el voto de investidura al nuevo gabinete. Ya derribó un gobierno sin tener alternativa alguna (con la entusiasta ayuda del resto de filibusteros) y nos puso al borde del precipicio y ahora quiere paralizar al país en medio del proceso electoral. Ya basta.
Todos podemos equivocarnos, pero no aspiramos a dirigir los destinos del país. Quien así lo pretenda, no puede cometer error tras error, gobernado por sus impulsos incontrolables o por sus instintos insatisfechos. Así como Jerí se perdió en el descontrol, otro (otros) se pierden en la autoflagelación.
Quien nos gobierne debe ser una persona normal, con más virtudes que defectos, con olfato político y con visión de estadista. Y lo más importante, que sepa rodearse de gente talentosa, que compense sus propias ignorancias e incompetencias.
“Ama tu límite” decía Goethe, alguno debería comenzar por intentar eso. La población está harta de los principistas disfrazados de salvadores. Desconfía de ellos porque intuye la mentira. Miren si no a una ex alcaldesa de Lima que usaba chalina verde.