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OPINIÓN/ El despertar social de una generación

Escribe: Fernando Peña Aranibar

 

A propósito del 3 de octubre

Hay épocas que no se eligen, pero que nos eligen para siempre. Mi adolescencia transcurrió entre 1968 y 1975, años en que el Perú vivía bajo un gobierno militar y nosotros, muchachos aún en formación, aprendíamos a mirar el mundo con una mezcla de asombro, rebeldía y esperanza. No sabíamos entonces que estábamos siendo marcados por una época que insuflaba, casi sin pedir permiso, un romántico compromiso social que nos acompañaría toda la vida.

Éramos adolescentes cuando los tanques reemplazaron a los discursos, cuando la palabra “revolución” empezó a circular en los patios de los colegios, en las sobremesas familiares y en los murmullos de las calles. El gobierno militar no era un bloque uniforme en nuestras cabezas juveniles; era, más bien, un telón de fondo denso, contradictorio, cargado de símbolos. Mientras los adultos discutían poder, legalidad y autoritarismo, nosotros discutíamos justicia, igualdad y futuro.

Crecimos oyendo hablar de la reforma agraria, de la recuperación de recursos naturales, de la dignidad nacional. No entendíamos del todo los alcances económicos o políticos, pero sí captábamos algo esencial: el país estaba cambiando y nosotros también. En esa adolescencia marcada por uniformes verdes y consignas solemnes, comenzó a gestarse una sensibilidad distinta, una manera de sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.

La escuela y el barrio se convirtieron en espacios de descubrimiento. Leíamos con avidez, escuchábamos canciones que hablaban de pueblos, de luchas, de sueños colectivos. El compromiso social no era una consigna vacía; era una emoción. Tenía algo de ingenuo, algo de épico. Creíamos -y queríamos creer- que el Perú podía ser otro, que la historia no estaba escrita de una vez y para siempre.

Había miedo, por supuesto. No éramos ajenos al silencio impuesto, a las miradas cuidadosas, a las palabras que se decían en voz baja. Pero incluso ese miedo convivía con una sensación intensa de despertar. La adolescencia ya es, por naturaleza, un territorio de preguntas y rupturas; vivirla en esos años la convirtió en una experiencia profundamente política, aunque no todos usáramos esa palabra.

Nos formamos en la contradicción: entre la autoridad y la rebeldía, entre el orden impuesto y el deseo de transformación. Aprendimos temprano que el país era desigual, que había ausencias históricas, que la justicia no llegaba a todos por igual. Y esa conciencia, nacida más desde la emoción que desde la teoría, nos empujó a mirar al otro, al olvidado, al que no tenía voz.

Con el tiempo entendí que ese “romántico compromiso social” no era solo una moda generacional. Era una respuesta vital a un contexto que nos obligaba a posicionarnos, aunque fuera desde la intuición adolescente. Muchos de nosotros militamos, marchamos, escribimos manifiestos; y algo se sembró. Una semilla que nos hizo desconfiar de la indiferencia y sentir que el país también nos pertenecía.

Hoy, al mirar atrás, no idealizo el gobierno militar ni sus métodos. La historia exige matices y memoria crítica. Pero tampoco puedo negar que mi adolescencia estuvo atravesada por una energía colectiva singular, por la sensación de que el Perú estaba en ebullición y que nosotros éramos parte de esa transformación, aunque solo fuera como testigos sensibles.

Crecimos, maduramos, nos dispersamos. La vida nos llevó por caminos distintos. Pero algo de aquellos años permanece: una manera de mirar la realidad con inquietud social, con una pregunta constante por el otro, con la nostalgia de un tiempo en que creer parecía más fácil.

La adolescencia en el Perú del gobierno militar fue eso: una etapa dura y luminosa a la vez. Un tiempo en que aprendimos que la historia no solo se estudia, también se vive. Y que, incluso en medio de las botas y los silencios, el corazón juvenil puede encontrar razones para comprometerse, soñar y no renunciar del todo a la esperanza.

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