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OPINIÓN/ Cuando debatir no alcanza para convencer

Escribe: José Soto Lazo

jsoto2503@gmail.com

el voto razonado sigue esperando. Y quizá, en tiempos de tanta polarización y decepción, exigir más antes de decidir sea una de las formas más valiosas de responsabilidad democrática.

El debate técnico de la segunda vuelta llegó el domingo por la noche envuelto en la expectativa de ofrecer claridad, certezas y señales de madurez política. Sin embargo, terminó dejando una sensación mucho más familiar para millones de peruanos: la de haber presenciado un acontecimiento importante que, otra vez, se quedó a mitad de camino. Hubo escenario, cámaras, tiempos medidos y discursos preparados, pero faltó aquello que realmente buscaba el ciudadano: profundidad, convicción y respuestas concretas para un país agotado de incertidumbre.

Durante más de dos horas, los equipos de Fuerza Popular y Juntos por el Perú recorrieron seis bloques temáticos —economía, salud, agricultura, infraestructura, juventud y reforma del Estado— intentando defender sus propuestas y marcar diferencias. Pero al final del debate quedó flotando una pregunta incómoda, casi inevitable: ¿cuál de los dos proyectos está realmente preparado para gobernar un Perú fragmentado, desconfiado y golpeado por años de crisis?

La verdad es que ninguno logró despejar completamente las dudas. Hubo intervenciones lúcidas, diagnósticos acertados y algunos cruces que elevaron momentáneamente el nivel de la discusión. Pero esos momentos fueron superados por una práctica que parece haberse convertido en el idioma oficial de la política peruana: convertir el ataque al rival en sustituto de las ideas propias.

En demasiados pasajes del debate, los argumentos no buscaron explicar cómo resolver los problemas del país, sino recordar los errores, contradicciones o sombras del adversario. Como si el fracaso ajeno bastara para justificar una candidatura. Como si el ciudadano tuviera que elegir no al mejor proyecto, sino al que parece menos cuestionable. Esa lógica empobrece el debate público y alimenta una democracia defensiva, donde se vota más por miedo que por esperanza.

Pero quizás lo más preocupante no fue lo que se dijo, sino lo que prácticamente no se dijo. La corrupción y la inseguridad ciudadana —las dos heridas que más golpean la vida cotidiana de los peruanos— apenas aparecieron en la discusión. Resulta difícil comprender cómo temas que condicionan la tranquilidad, la economía familiar y hasta la confianza en el futuro pudieron quedar relegados en un encuentro que buscaba mostrar capacidad de gobierno. Esa ausencia revela una desconexión inquietante entre quienes aspiran al poder y quienes enfrentan la realidad desde las calles, los mercados y los barrios.

También quedó en evidencia la fragilidad de varias propuestas cuando se les exigió precisión. Muchas sonaron atractivas en el discurso, pero comenzaron a diluirse frente a preguntas elementales: ¿de dónde saldrá el dinero?, ¿cómo se ejecutarán?, ¿en qué plazos?, ¿quién garantizará que se cumplan? El Perú ha escuchado demasiadas promesas impecables en campaña que luego se desmoronan ante el primer choque con la realidad económica y administrativa. Por eso el elector de hoy ya no entrega su confianza con facilidad. Ha aprendido, muchas veces a golpes, que las palabras pueden entusiasmar, pero solo los planes viables transforman un país.

El debate, en buena medida, el reflejo del deterioro de los partidos políticos en el Perú. Organizaciones sin ideologías sólidas, sin formación técnica consistente y sin cuadros preparados difícilmente pueden producir discusiones de gran nivel. Lo que se vio el domingo fue el síntoma visible de una crisis institucional que lleva décadas acumulándose.

Por eso, el debate presidencial del 31 de mayo adquiere ahora un peso mucho mayor. Ya no serán equipos técnicos ni voceros quienes intenten convencer al país. Seránlos candidatos presidenciales frente a frente, sin intermediarios, obligados a mostrar no solo propuestas, sino liderazgo, serenidad y capacidad real para conducir una nación tensionada y cansada.

Ese será el verdadero examen. El momento en que el Perú podrá mirar más allá de los discursos preparados y descubrir si alguno de los dos está realmente a la altura de los desafíos históricos que enfrenta el país.

Mientras tanto, el voto razonado sigue esperando. Y quizá, en tiempos de tanta polarización y decepción, exigir más antes de decidir sea una de las formas más valiosas de responsabilidad democrática.

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