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OPINIÓN/ El Niño no espera: el Perú aún está a tiempo de convertir una amenaza en una oportunidad

Escribe: Alberto Carpio Ávila

Coronel FAP

La diferencia entre una tragedia y una oportunidad no la decidirá la intensidad de las lluvias. La decidirá la capacidad del Estado para anticiparse.

Cada vez que el Fenómeno El Niño se aproxima, el Perú revive el mismo libreto. Se anuncian lluvias intensas, se declaran estados de emergencia, se aceleran compras de maquinaria, se limpian cauces y se levantan muros de contención. Después llegan las inundaciones, los huaycos, la destrucción de puentes, carreteras y viviendas. Finalmente, comienza la reconstrucción. Este ciclo se repite una y otra vez desde las épocas del Virreinato.

Sin embargo, este año existe una circunstancia adicional. Si bien es cierto el actual gobierno ha destinado más de S/. 4200 millones de soles para financiar acciones de prevención y reducción de riesgos a nivel nacional; dicho monto está orientado la descolmatación de ríos y quebradas, despliegue de maquinarias, activación del estado de emergencia en 22 departamentos y asistencia técnica y despliegue de sistemas de mensajería, el nuevo gobierno asumirá sus funciones a fines de julio, precisamente cuando el tiempo disponible para preparar al país comienza a reducirse.

Si las decisiones estratégicas se postergan hasta después de que aparezcan las primeras lluvias extraordinarias, nuevamente estaremos reaccionando cuando el daño ya sea inevitable.

El verdadero desafío no consiste -como se viene haciendo desde la época virreinal- únicamente en reducir pérdidas, viendo este fenómeno solo como una amenaza. Consiste ―por el contrario― en ver el fenómeno como una oportunidad, comprender que el agua que hoy amenaza con destruir puede convertirse en la principal inversión hídrica de las próximas décadas.

Cada avenida extraordinaria representa millones de metros cúbicos de agua dulce que, en lugar de infiltrarse y recargar los acuíferos, terminan arrastrando sedimentos hasta el océano. Cada huayco es también la evidencia de una energía hidráulica que no fue desacelerada oportunamente en las partes altas de las cuencas.

El Perú no puede seguir enfrentando El Niño únicamente con maquinaria pesada. Debe enfrentarlo con inteligencia territorial.

La prioridad inmediata debería ser intervenir las cuencas antes de que lleguen las lluvias intensas. Allí donde nace el problema también nace la solución. Es indispensable construir miles de pequeñas obras de desaceleración del flujo: diques permeables, gaviones, zanjas de infiltración, restauración de andenes, qochas, amunas y bofedales, además de recuperar la cobertura vegetal en las cabeceras de cuenca. Ninguna de estas obras elimina las lluvias; todas reducen la velocidad del agua y aumentan la
infiltración de la misma en la capa freática.

En las partes medias y bajas deben identificarse y habilitarse zonas de inundación controlada y áreas de recarga artificial de acuíferos. El agua que exceda la capacidad de los ríos no debería ser vista únicamente como una amenaza, sino como una oportunidad para almacenar, bajo tierra, una reserva estratégica que abastezca al país durante los años secos. El mejor reservorio no siempre es una represa donde el agua se pierda por evaporación; muchas veces es mejor el propio acuífero.

Las ciudades también deben prepararse. Es urgente limpiar drenajes, proteger infraestructura crítica, reforzar puentes vulnerables, sectorizar redes de agua potable, asegurar el funcionamiento de hospitales, disponer reservas de emergencia y establecer sistemas modernos de monitoreo y alerta temprana. La preparación salva vidas antes de que llegue el desastre.

La experiencia internacional demuestra que las sociedades más resilientes no son las que construyen los muros más altos, sino las que administran mejor cada gota de agua.

Pero la respuesta no puede limitarse a la ingeniería. Debe convertirse en una política de Estado. El próximo gobierno tiene la oportunidad de romper un ciclo histórico que se repite desde hace generaciones: reaccionar después del desastre en lugar de prepararse antes de él.

La experiencia internacional demuestra que las sociedades más resilientes no son las que construyen los muros más altos, sino las que administran mejor cada gota de agua. Israel diversificó sus fuentes; los Países Bajos aprendieron a convivir con las inundaciones; Etiopía restauró millones de hectáreas degradadas mediante obras sencillas de infiltración. El Perú posee además una ventaja extraordinaria: el conocimiento ancestral de amunas, qochas, andenes y sistemas hidráulicos como Tipón, que enseñan a
desacelerar el agua antes de que se convierta en desastre.

El Niño no debe ser visto únicamente como una amenaza climática. También es una oportunidad excepcional para recargar acuíferos, recuperar humedales, restaurar suelos degradados, fortalecer la agricultura, asegurar el abastecimiento futuro de agua y construir una verdadera memoria hídrica nacional.

El agua que hoy puede destruir nuestros pueblos será la misma que mañana hará falta para nuestras ciudades, nuestros cultivos y nuestra industria.

La diferencia entre una tragedia y una oportunidad no la decidirá la intensidad de las lluvias. La decidirá la capacidad del Estado para anticiparse.

El Niño llegará, como ha llegado siempre. La pregunta no es si vendrá. La pregunta es si, esta vez, el Perú habrá aprendido a transformar la abundancia temporal del agua en seguridad para las próximas generaciones.

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