Escribe: Fernando Peña Aranibar


Los principios son los que sostienen el liderazgo cuando soplan vientos adversos. Si esos principios cambian con la dirección del viento, dejan de ser principios para convertirse en simples consignas de ocasión.

En política, los errores pueden corregirse. Lo que resulta mucho más difícil de recuperar es la credibilidad. Y cuando un líder construye su discurso sobre determinadas convicciones para luego actuar exactamente en sentido contrario, el juicio de la ciudadanía suele ser implacable.

Hace apenas unas semanas, Jorge Nieto aseguraba con firmeza que no integraría ninguna alianza con quienes representan el sector político que llegó al Congreso a través de Juntos por el Perú. Su mensaje era claro: marcar distancia de una izquierda radical -que entre otros agrupa a los epígonos del delictivo Sendero Luminoso, así como del delirante antaurismo- y presentarse como una alternativa de equilibrio, capaz de convertirse en el llamado «fiel de la balanza» dentro del escenario político nacional.

Sin embargo, esa narrativa parece haber quedado archivada con una rapidez sorprendente. Hoy, la decisión de suscribir una alianza con aquellos mismos sectores que antes rechazaba plantea una inevitable pregunta: ¿Qué cambió realmente, los principios o las conveniencias?

Se podrá argumentar que la decisión responde a la necesidad de preservar el equilibrio de poderes o de construir mayorías parlamentarias. Pero cuando ese argumento contradice de manera frontal declaraciones recientes, deja de ser una explicación política para convertirse en una justificación poco convincente. La gobernabilidad no puede edificarse sobre la renuncia a la palabra empeñada.

La política peruana atraviesa una profunda crisis de confianza precisamente porque demasiados dirigentes prometen una cosa durante la campaña y ejecutan otra apenas encuentran una oportunidad de supervivencia. Esa conducta ha terminado erosionando la fe ciudadana en las instituciones y en quienes aspiran a conducir el país.

El problema no es únicamente la alianza. El problema es la inconsistencia. Quien se presenta como un referente de moderación no puede terminar abrazando aquello que hasta hace poco señalaba como incompatible con sus propios principios sin ofrecer una explicación transparente y convincente. De lo contrario, transmite la impresión de que las convicciones son negociables cuando las circunstancias políticas así lo aconsejan.

La ciudadanía tiene derecho a preguntarse si el objetivo era realmente defender un equilibrio democrático o, simplemente, permanecer en el centro del escenario político. Porque cuando el afán de mantenerse vigente pesa más que la coherencia, la política deja de ser un espacio de servicio para convertirse en un ejercicio de cálculo permanente.

Los principios son los que sostienen el liderazgo cuando soplan vientos adversos. Si esos principios cambian con la dirección del viento, dejan de ser principios para convertirse en simples consignas de ocasión.

Los peruanos necesitan dirigentes previsibles, capaces de sostener sus compromisos incluso cuando ello implique costos políticos. La confianza pública no se construye con discursos bien elaborados, sino con coherencia entre lo que se dice y lo que finalmente se hace.

Jorge Nieto deberá explicar a quienes confiaron en su palabra por qué aquello que hace tan poco consideraba inadmisible hoy resulta aceptable. Mientras esa explicación no llegue, será inevitable que muchos ciudadanos concluyan que el supuesto «fiel de la balanza» terminó inclinándose no por sus convicciones, sino por la conveniencia política del momento.