OPINIÓN/ Serenella Metteucci, la fuerza del arte
Escribe: María del Pilar Tello

Serenella pintaba lo que sentía, la espiritualidad de sus obras surgía espontánea. No había una frontera rígida entre la artista y la mujer sensible e íntegra coherente con sus objetivos y sus ideas,
El Perú no ha perdido a una extraordinaria artista, integral de enorme sensibilidad, cuya obra es reconocida más allá de nuestras fronteras. Serenella Matteucci, viuda del gran médico e historiador Alejandro Graña , fue pintora, escultora, creadora de máscaras y diseñadora de trajes venecianos.
Su imaginación nunca se dejó encerrar en una sola disciplina: pasó de la pintura a la escultura, del modelado de máscaras, siguiendo la necesidad de expresar lo que sentía. Su biografía une dos orillas. Nació en Italia, llegó al Perú muy niña y pasó una etapa en países escandinavos, donde recibió nuevas influencias, antes de regresar al país que hizo suyo. En ella convivían la herencia italiana y europea, el conocimiento de otros mundos y el amor profundo por el Perú.
Las carencias y las injusticias la movían profundamente; no podía contemplarlas con distancia. Encontraba en el arte su cauce, pero también en su amabilidad y en su capacidad de acercarse a las personas más humildes.
Serenella pintaba lo que sentía, la espiritualidad de sus obras surgía espontánea. No había una frontera rígida entre la artista y la mujer sensible e íntegra coherente con sus objetivos y sus ideas, su mundo interior, sus inquietudes y sus convicciones pasaban a su obra.
Su arte de máscaras venecianas fue inigualable en el panorama peruano. La máscara le permitía explorar las distintas expresiones que la interrogaban y la distancia entre el rostro que mostramos y lo que somos. Sus máscaras tenían una fuerza singular: reunían destreza plástica, imaginación, misterio y una pregunta sobre la identidad.
Entre sus hitos está «Ocultar o revelar», la exposición de la Fundación Guayasamín, en 1998 en Quito. Allí se mostraron sus máscaras «Hija de la Luna» y «El Bosque», además de un busto de Oswaldo Guayasamín. El maestro ecuatoriano quedó fascinado por sus máscaras y quiso conocer personalmente sus obras. Su trayectoria expositiva la llevó a Roma, Dinamarca, Finlandia y Miami. Construyó vínculos con artistas y espacios culturales de distintas tradiciones.
Sus maestros le dieron esa formación plural: Soren Visby, Miguel Gayo, Mario Piacenza y el escultor peruano Luis Orozco. El taller de Gayo la vinculó con un entorno artístico en el que se encontraban figuras como Oswaldo Viteri y Guayasamín. Serenella recibió esas influencias sin renunciar a su voz propia; su obra convirtió el cruce de culturas en una posibilidad de creación. La conocí en el taller de Lucy Angulo gran artista muy reconocida donde encontré también a Humberto Collazos y Giancarlo Tealdo, jóvenes valores a quien Serenella impulsó.
En 2009 organizó «Unidad en la diversidad en espacio tomado», una exposición con cuarenta artistas peruanos y dos extranjeros, además de poetas y un fotógrafo. Reunió pintura, escultura, máscaras y su colección de trajes venecianos. Compartimos aquel encuentro y su convicción de que el arte debía convocar y acercar a las personas. Colaboró con Alan García en la cultura. Desde el 2005 se expusieron permanentemente obras suyas y de la joven pintora Vania Gonzalez-Tello, en la sala de directorio vinculada a García.
Su compromiso social tuvo expresiones concretas: participó en iniciativas benéficas con «Sembrando» y formó parte del comité que seleccionó obras para CongresArte, una subasta destinada a apoyar a niños necesitados del país. Su identidad italiana le permitía mirar el Perú desde una sensibilidad amplía, profundamente comprometida con su gente. Fue europea e italiana por origen, peruana por elección y por amor.
Hemos perdido, el Perú ha perdido, una gran artista. Serenella dejó pinturas, esculturas, máscaras, trajes, iniciativas culturales y una enorme huella de humanidad. Reconocerla como creadora integral, hacer conocer su obra y darle el lugar que merece en nuestra memoria cultural es agradecerle lo que dio al país. Honor al honor.

